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14 OPINIÓN AD LIBITUM PUEBLA SÁBADO, 11 DE JUNIO DE 2011 abc. es opinion ABC MANUEL MARTÍN FERRAND INDIGNANTES E INDIGNADOS El Cristo de Cotino ha irritado a quienes siempre están dispuestos a ello y ha complacido a quienes suelen gustar de la provocación A LGÚN encanto político, además de sus virtudes personales, tendrá José Cotino para que tanto Jaime Mayor Oreja como Mariano Rajoy, en sus respectivos días al frente de Interior, le confiaran la dirección general de la Policía y, después, Francisco Camps le haya tenido y mantenido entre los personajes de su principal confianza. Ahora Cotino, en la constitución de las renovadas Cortes Valencianas, ha tenido la ocurrencia de llevar a la mesa presidencial un Cristo de buen tamaño que, como suele ocurrir con los gestos confesionales, ha irritado a quienes siempre están dispuestos a ello, ha desconcertado a la mayoría, especialmente a los creyentes que entienden la distancia que debe mantenerse entre Dios y el César, y ha complacido a quienes suelen gustar de la provocación innecesaria para, al servicio de sus virtudes privadas, tratar de convertirlas y proyectarlas en ostentación pública. En sentido inverso a la reciente profecía de Carme Chacón, en Valencia están ocurriendo cosas maravillosas Mientras un enjambre de imputados se instalaba en las Cortes y, en uso aplastante de su mayoría, el presidente Camps marcaba el territorio para una nueva legislatura, los indignados algunos con antecedentes policiales, se manifestaban allí con especial virulencia. Las tres provincias de la Comunidad son, en lo económico, un portento de prosperidad y crecen mejor y más rápido que la mayoría de las restantes Autonomías y, sin embargo, el descontento es grande y la frecuencia de los escándalos políticos, insoportable. Quizás nos ayude a entender tan singular estado de cosas la evocación del muy atrabiliario canónigo y pintoresco ultra conservador Juan Escóiquez al que Manuel Godoy encomendó la formación de Fernando VII. Recién llegado a la Corte, al poderoso preceptor le dio por las intrigas. Godoy, atribulado, le pidió a Leandro Fernández de Moratín- -el de El sí de las niñas- -su valoración del personaje. Moratín, liberal y afrancesado, le respondió al todavía primer ministro de Carlos IV: Sería asunto de gran especulación mercantil comprarle en lo que vale y venderle por lo que él se justiprecia Por ahí andamos. Los españoles estamos indignados, sin necesidad de comillas, por la dejación de responsabilidad de quienes son nuestros representantes y, en el poder o en la oposición, suelen anteponer sus pequeños intereses partidistas a los generales de la Nación. El crucifijo de Cotino es un ejemplo que invita a repetir, cruzando los nombres, la valoración precisa que de ese modelo de arribistas hizo, ¡hace dos siglos! un personaje tan admirable como don Leandro. HAY MOTIVO TOMÁS CUESTA JORGE BERLANGA, EL NUESTRO Un servidor de ustedes, a trancas y barrancas, ha procurado cumplimentar la tradición y despabilar el eco del gran Jorge Berlanga, el cómplice, el maestro Q UITÁNDOSE importancia; sin hacerse notar; como pidiendo, o casi, perdón por las molestias, Jorge Berlanga se nos murió anteayer en el dintel de esa hora incierta que apuntilla la noche o propicia el desvelo. Murió tal cual vivió: inasequible al aspaviento. Plantado ante el dolor con un mohín altivo, con lumbre en la mirada, asceta a la par que esteta. Berlanga- -otro Berlanga; de todos, el más nuestro- -se regaló a sí mismo, repartió entre los pobres (de espíritu, se entiende) el capital de su talento y, al cabo, por ser pródigo, no profesó de genio. Jorge Berlanga fue un personaje irrepetible y así se ha subrayado hasta el bostezo durante este apresurado oficio de tinieblas. No es necesario, pues, hozar en lo evidente. Existe el riesgo, empero, de encadenarle al ámbito de un tiempo y un lugar, de embutirle en las galas de un Max Estrella posmoderno, de convertir en un poseur (a su pesar) a quien pecó, mira por dónde, de discreto. Berlanga- -el gran Berlanga, el cómplice, el maestro- -era un anacronismo luminoso en el corral de abrojos de la cotidianidad mostrenca. Era un especialista en avistar el mundo desde la cofa insomne del distanciamiento. Era alguien, en fin, que perdía batallas no por falta de empuje, sino par délicatesse Con las mismas virtudes y mayores defectos, Jorge Berlanga habría sido un figurón con pujos académicos; un cruce de caminos entre el pasado y el presente; un firme candidato a sucumbir escabechado en los análisis de texto. Si hubiese hecho el trasbordo de lo risueño a lo solemne estaría instalado en un altar de papel prensa. Si en vez de entretejer metáforas al vuelo, de urdir endecasílabos sobre una servilleta, de hilvanar un artículo en un chisporroteo... Con las mismas virtudes y mayores defectos, Jorge Berlanga no sería el que era. El que se nos murió anteayer, en el umbral de una hora incierta. El que nos enseñó a descifrar la madrugada y nos ha madrugado, al irse, los adentros. Berlanga fue, en cuerpo y alma, un escritor (dicho sea a su estilo, un gigoló del verbo) y sólo echaba el ancla en la rabiosa actualidad por exigencias del guión, por solventar una emergencia o para no gastar saliva con los redactores- jefes. Y no marraba el tiro, pese a sacar los pies del tiesto. La verdadera actualidad es la que alienta al margen de previsiones y de fechas; es la que brota de un fulgor visto y no visto, la que se desenvuelve al bies de los presentimientos. Según mandan los cánones de este oficio inclemente, a los colegas les dan tierra los colegas. Un servidor de ustedes, a trancas y barrancas, contra viento y marea, ha procurado cumplimentar la tradición y despabilar el eco del gran Jorge Berlanga, el cómplice, el maestro. Si no con gloria, con pena.