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ABC MIÉRCOLES, 4 DE MAYO DE 2011 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL RECUADRO ANTONIO BURGOS REBUJITO DE BIN LADEN Ni borracho me puedo alegrar como cristiano por una muerte. Aunque sea la muerte de un asqueroso moro asesino M E recordaban cuando España ganó el Mundial de Fútbol y, con banderas y las caras pintadas en rojigualdo, la gente se echó a la calle cantando con música del Kalinka ¡Español, español, soy español! Ellos, tan enfervorizados como los españoles, armando parejo tumulto por Washington o en Times Square de Nueva York, lo decían en inglés, y sin músiquita, pero coreaban a compás el deletreo de las siglas de su nación: ¡Yiú es ei, yiú es ei! ¿Habían ganado los Estados Unidos el Mundial de Fútbol acaso, con lo malamente que juegan los americanos a la pelota, aunque paguen millonadas por el ocaso de los dioses de todas las viejas glorias? No, padre. ¿Era que habían ganado una Copa Davis, un Mundial de Automovilismo, un algo? No, padre. Eraquehabían matadonounaruiseñor, sino a un pajarraco. Toda la algarabía celebraba una muerte. Porque Obama se había cargado a Osama, cuya foto estaba colgada en el cartel del saloon no sólo del Salvaje Oeste, sino del Civilizado Este, no sé si puesta por Gary Cooper o por John Wayne, con el letrero de Se busca, vivo o muerto Que conste que el tal Bin Laden, el que dio nombre a nuestros escondidos billetes de 500 euros, aparte de unmoroasquerosoyzarrapastrosomeparecíauncri- minal, un asesino y un genocida. Y que figure en acta también que tengo puesta todas mis complacencias enelsistema delibertadesyde sentimientosnacionales que representan los Estados Unidos. Sentado lo cual como se dice en perfecto idioma tertulianés, he de dejar también constancia de que esos americanos saltandoporlascalles, gritandoenfervorizadosydando botes de alegría por la muerte de un ser humano, todo lo vil y deleznable que quieran, pero una vida al fin y al cabo, me recordaron los peores tiempos de la másoscuraEspaña. a los condenados por herética pravedad. La de la antigua farsa para dar garrote vil a los liberales que defendían la Constitución. La España de la chiquillería subida a las ventanas para presenciar un fusilamiento en trágico paredón de la guerra civil. La España de la aplicación de la ley de fugas. Esa España que, luego, en la taberna, reía al comentar cómo el reo de muerte sacó la lengua cuando le dieron garrote o cómosuspiernasseagitabancuandolasogadelahorca le ahogaba. Esa España pintada en los cuadros de lasejecuciones, retratada unasfotosdeamanecer, neblina y largas capas de guardias civiles. Mas no era esa oscura España de los pecados de nuestra Historia, sino los preclaros Estados Unidos de todas las grandezas. Una nación entera se alegraba por una muerte. Y casi el mundo entero también celebraba esta pena de muerte sin juicio previo. Estos que se alegran de una muerte ordenada por Obama, aunque sea la muerte de un moro zarrapastroso y criminal, ¿hubieran hecho lo mismo si la hubiese mandado Bush? Lo que más me sorprende es que los que tanto se alegran son los mismos que dicen que Estados Unidos debe cerrar su chiringuito penal de Guantánamo; que son pocas todas las garantías para los criminales de la ETA; que el GAL fue la institucionalización del crimen de Estado. Los del Estado garantista se parten las manos aplaudiendo la ejecución sumaria de Bin Laden. ¿Esto no es terrorismo de Estado? No entiendo nada. Absolutamente nada. Será que, como estamos en Feria, me he pasado con el rebujito. Pero ni borracho me puedo yo alegrar como cristiano por una muerte. Aunque sea la muerte de un asqueroso moro asesino. UNA RAYA EN EL AGUA IGNACIO CAMACHO LOS DERECHOS DE OSAMA Qué malos modales los de Obama: cómo se le ocurre mandar liquidar a Bin Laden sin leerle sus derechos H MÁXIMO AY una parte de la opinión pública española y europea a la que causa desagradable consternación la decisión de Obama de eliminar a Bin Laden por las bravas, connocturnidad, violacióndomiciliariaymuymalos modales. Para estos espíritus biempensantes, la superioridad moral de los occidentales ante el terrorismo consisteen mantener una contemplativa actitud zen y dejarse asesinar preguntándose qué habremos hecho para merecerlo. En esa pusilanimidadintelectual, capaz de imputar el atentado de las Torres Gemelas a la política internacional estadounidense, encuentran los terroristas el sostén para su determinacióncriminal, que no sólocausaun dañofísicoinmediato sino que provoca graves fisuras en la sociedad democrática como demostró el indudable éxito político del 11- M. Los norteamericanos, que son un pueblo consciente del valor de su libertad, lo entienden deotromodo; piensanquesusistemadevida, delque sesientenseguros yorgullosos, hasidoobjetodeuna declaracióndeguerra. Yestánresueltosadefenderse para hacer ver, como dijo el presidente al anunciar la ejecución sumarísima del archimalvado, que la verdaderasuperioridadmoralconsisteen nodejarse intimidar ni permitir que la democracia ofrezca puntos débiles a sus enemigos. MenosmalquehasidoObamaelautorintelectual ypolíticodelaliquidacióndelmegaterrorista. Silollega a pillar Bush estaríamos ante un escándalo mundialconpeticionesde procesamiento- deBush, node BinLaden- enelTribunaldeLaHaya. Elactualinquilino de la Casa Blanca, que está apurado de popularidad y necesitaba un golpe de efecto para reponerla, no ha dudado siquiera en aprovecharse de losllamadosinterrogatoriosdeGuantánamo- -torturas, enromán paladino- -para descubrir el escondite del villano. Acontinuaciónhaaplicadolalógicadeunactode guerra, asumiendo laresponsabilidad sin parapetarse en la confusa trama de las operaciones encubiertasylarazóndeEstado. Esoesloquediferencialaexpeditiva eliminación de Bin Laden de un episodio de guerra sucia: fue ordenada desde la legalidad constitucional y conforme a poderes autorizados por el Congreso. Suevidentecondicióndevenganzapunitiva está respaldada por la legitimidad que el derecho internacional concede a determinados actos de represalia. Para algunos exquisitos progresistas de salón lo procedente hubiese sido detener a Osama con mucho respeto, trasladarlo con delicadeza a una prisión no demasiado incómoda y abrirle un juicio en el que pudieseexponer con detalle losmotivos de su cruzada antioccidental, no sin antes consumir varios años enunprolijodebateinternacional- -conlacorrespondiente intervención de los garzones de turno- -sobre la instancia o tribunal que debería juzgarlo. Lástima queaObama, tanocupadoconlas cosas delpoder, se le olvidase mandar que le leyesen sus derechos.