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14 OPINIÓN FUERA DE MICRÓFONO PUEBLA LUNES, 7 DE FEBRERO DE 2011 abc. es opinion ABC FÉLIX MADERO DE DIOSES Y HOMBRES Es una invitación que va más allá de convicciones religiosas y que nos pregunta hasta dónde somos fieles con lo que creemos N O lo tomen como un ejercicio moral, que quién soy yo para ir por ahí, acepten esta reflexión como la necesidad de escribir sobre lo que veo. Y noto en lo que veo, que una de las primeras consecuencias de nuestra vida política es el embrutecimiento, resultado del discurso corto imperante. Embrutece comprar la mercancía averiada de un Gobierno que hace mucho tiempo juega con cosas que no tienen repuesto. La verdad de las cosas, por ejemplo. La España de Zapatero no es solo una España más pobre que la anterior, algo que ningún socialista de fuste- -los hay créanme; callados, pero los hay- niega. La que este hombre ofrece es débil y descreída; recelosa y malencarada. Acaso lo peor sea la dificultad para creer algo. Los únicos resquicios para recuperar la fe los ofrece el mal menor, y así es difícil atender la llamada del compromiso. Quizá sea Egipto el lugar que envía mensajes de cómo se articulan hartazgos y agobios con dignidad; quizá la manifestación de las víctimas del terrorismo nos dice que ante la mentira y el despropósito la calle invita y llama. He salido del embrutecimiento de las noticias y las declaraciones y he tropezado con dos horas aprovechadas frente a una pantalla. Tengo un amigo, Fernando Rodríguez Lafuente, que siempre que habla de un libro, una taberna o una película me dan ganas de comprar el libro, tomar un vino o ir al cine. Bien, he visto la película de Xavier Beauvois, De dioses y hombres, y he sentido el alivio de encontrar espacio lejos del embrutecimiento. Ya, ya se que el efecto dura poco, pero es tan reconfortante irse un rato de la vulgaridad que se la recomiendo encarecidamente. Es una invitación que va más allá de convicciones religiosas y que nos pregunta hasta dónde somos fieles con lo que creemos, a lo que somos y a lo que pertenecemos. Ocho monjes cistercienses viven en un monasterio del Magreb en armonía con sus hermanos musulmanes. Quieren y son queridos. El terrorismo, que convierte en miedo lo que toca, hace que los monjes se planteen irse. Y es aquí, entre hacer lo que se debe o lo que el miedo dicta, donde se despliega con grandeza un relato en el que la fe y el heroísmo juegan en el mismo terreno. Los religiosos se quedan, vencen el miedo y descubren que su fortaleza crece cada día. Así hasta que esta fábula moral, basada en hechos reales, nos pone delante el peor final para el espectador, aunque no sé si para los monjes. Si fue como se cuenta, terminaron arrimados a la felicidad que da aceptar los principios que la fe guarda: la entrega y el servicio sin esperar nada. Y la oración. Palabras todas gastadas que, ahora que las mentiras cotizan como verdades, son necesarias. Y urgentes. Tanto como la lectura de un poema de Claudio Rodríguez que empieza así: Me he puesto tantas veces al sol sin darme cuenta... CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC MOTÍN Y REVOLUCIÓN Si los Hermanos vencen, Egipto romperá su tratado de paz con Israel. Y estallará la tempestad U N motín popular no es una revolución. Para que acabe siéndolo se requiere el soporte institucional que garantice el paso de un Estado a otro. De la tentación de confundir movilización con democracia, los europeos deberíamos estar vacunados tras la deriva de los movimientos de masas en los años de entreguerras hacia los dos grandes totalitarismos de Hitler y Stalin. Una multitud fervorosa en la calle resulta siempre algo exaltador para la estética humana. Pero, en sí misma, no dice nada, salvo el placer de estar juntos frente al común enemigo. Multitudes enfervorizadas han traído las democracias más respetables y los despotismos más odiosos. E incluso cuando esas multitudes se sueldan en torno al rechazo de un tirano, nada garantiza que no acaben por traer un tirano peor. El derrocamiento del Shah en 1979 por lo mejor de la juventud teheraní no podría enmascararnos que, tras ese tirano, vino otro mil veces peor, mil veces más mortífero: la República Islámica de Jomeini. Y que fue esa República de clérigos la que acabó muy pronto ejecutando a la vanguardia del motín estudiantil del 79. Debiéramos ser cautos ahora con lo que pasa en todo el sur del Mediterráneo. Aunque solo fuera porque del modo en que se solventen sus desgarros pende la más importante amenaza de guerra del último medio siglo. De Turquía a Marruecos- -con prolongación en Al- Ándalus, esto es España- se extiende el básico territorio waqf del Islam. Waqf: don de Dios a sus fieles, eterno e irrevocable. La añoranza del califato, reposa hoy sobre dos pilares: la Turquía rescatada del laicismo al Islam por Erdogan y la posibilidad de un paralelo desplazamiento de los militares por los islamistas en Egipto, por primera vez verosímil en más de medio siglo. La cháchara sobre Islam radical e Islam moderado no debiera hacernos perder demasiado el tiempo en política. En política, la univocidad del Islam es insoslayable. Ni el Corán, libro dictado por Dios que no admite modificación o puesta al día, puede pasar por la atribución de igualdad jurídica ciudadana (para empezar, eso está vetado a las mujeres) ni tolerar la existencia de Estadosnación en el área única de la comunidad de los creyentes que la ummah constituye. A partir de eso, la cuestión de la laicidad no es siquiera un problema: aquel que se excluya de esa fraternidad es reo de aniquilación, y, si alguna vez fue musulmán, su condena a muerte debe- -no puede, debe- -ser ejecutada por cualquier buen creyente que se cruce en su camino. Podemos jugar a engañarnos como queramos, pero el Islam- -en cualquiera de sus variedades- -es teológicamente incompatible con la universalidad ciudadana. Omar Suleiman es la clave del laberinto egipcio. Jefe de los poderosísimos servicios de inteligencia militar, el General Suleiman es hoy quien de verdad gobierna. Si retiene la caída de Hosni Mubarak es porque atisba lo que vendrá luego de una derrota épica de esa dictadura militar de medio siglo: la república de los Hermanos Musulmanes. No hay otra fuerza institucional que pueda capitalizar la justa rabia de los jóvenes: ejército o mullahs. Si los Hermanos vencen, Egipto romperá su tratado de paz con Israel. Y estallará la tempestad en el Cercano Oriente.