Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO, 11 DE DICIEMBRE DE 2010 abc. es opinion OPINIÓN 15 EL ÁNGULO OSCURO JUAN MANUEL DE PRADA CONTROLADORES AÉREOS En una cosa se parecen los batasunos y los controladores, en que el principio de seguridad jurídica no rige para ellos A FIRMABA Baudelaireque cualquierapuede tiranizar una gran nación, apoderándose del telégrafo y de la imprenta nacional Esoseríaantañoyenunagrannación; hogaño y en una nación hecha unos zorros como la nuestra, y televisivas, que son el oráculo de la llamada opinión pública. Sabemos que tenemos en contra a la opinión pública repite compungido un portavoz de los controladores aéreos; y, en efecto, no hay tertulieta radiofónica o televisiva donde no los pongan nevaditosdegargajos, comolosestudiantesdeAlcalápusieron al Buscón. Y así, nevaditos de gargajos por los prohombres y prohombras de las tertulietas, los controladoressonentregadosalaplebe, paraquedesahogue con ellos su resentimiento, mientras el tirano hace lo que le peta. Españaesesanaciónhechaunoszorrosdondeeltirano puede dejar sin subsidio de subsistencia a seiscientosmilparados, sinquela opiniónpública seinmute; en cambio, dejan sin avión a los excursionistas y en las tertulietas no hay prohombre ni prohombra que no eche su gargajo sobre los controladores aéreos, que ya se han convertido en el muñeco de pimpampumfavoritodelrégimen. Ynolefaltarazónalré- gimen, puesloquehicieronlos controladoresfuealterar la paz social del puente de la Maculada Constitución, cuandoelnúmero (decreciente) delosquetrabajan y el número (creciente) de los parados se funden en una misma masa fraterna e igualitaria, en la que Silautopíadelsocialismoantañóneralasociedad sin clases, la utopía de esta gran fábrica de paradosqueeselsocialismohodiernoes lasociedad devacaciones, donde los parados llegan a creer que disfrutan de un domingo perpetuo; y donde quedarse sin puente jode más que quedarse sin subsidio de subsistencia. Por perturbar esta utopía, el régimen castiga a los controladores aplicándoles la ley militar. España es esa nación hecha unos zorros donde a los mientras a los batasunos se les aplican todo tipo de tretas leguleyas para sacarlos. En una cosa, sin embargo, se parecen los batasunos y los controladores: y es en que el principio de seguridad jurídica no rige para ellos. A los batasunos elrégimen los considera hombresde paz o delincuentes según convenga a sus cálculos electoreros, hasta lograrque ellos mismosse haganla picha un lío cuando se miran en el espejo cada mañana, sin saber si ese día les toca ser el doctor Jeckyll o míster Hyde. Y a los controladoreselrégimenlescambiasuestatutojurídico hasta diez veces en un año, mediante sucesivos decretazos que los condenan al limbo de la indefensión; y si se rebelan contre este baile de San Vito legal, les aplican la ley militar. Zapatero, con esa jeta en fase de derretimientoque exhibeúltimamente (yano sólolos papitos, hasta las cejas le blandulean) ha dicho muy solemnemente que nadie puede tomar como rehenes de sus reivindicaciones a los ciudadanos en lo que miente como un bellaco, pues eso es lo que hicieron los empleados del metro de Madrid, para regocijo de Rubalcaba. Claro que, en aquella huelga del metro, seconsiguió quelos trabajadoresse tuviesenquequedarencasa, comosiestuviesenparados, loqueredundaen beneficio de esa utopía del socialismo hodierno, queesla sociedaddevacaciones. Lahuelgadeloscontroladoresaéreos, encambio, conspiracontraesautopía, lo que los convierte en reos de alta traición. De estemodosetiranizaaunanaciónhechaunoszorros, Baudelaire. UNA RAYA EN EL AGUA IGNACIO CAMACHO LA ODALISCA Matisse en el corazón de la Alhambra: memoria de una revelación sobre los misterios del tiempo y de la belleza A M. V. alcaidesa del palacio más bello del mundo H MÁXIMO ACE en la Alhambra un frío suave y como distraído, más húmedo que gélido, más traicionero que evidente; bien distinto del que aquella mañana glacialdediciembre, hoy hace justo un siglo, teñía de un blanco de escarcha la barba de un aterido Henri Matisse cuando subió por primera vez a la fortaleza roja de los nazaríes para sumergirse con la curiosidad de un flâneur en el retorcido universo ornamental de la sebka, el arabesco, la lacería y el mocárabe. En los tres días de esa visita invernal a una Granada envuelta en el halo aúnromántico del orientalismo se incuba enla mirada del pintor un cambio trascendente atravesado por un flechazo de seducción perdurable. Fascinado por la luz tamizada entre celosías, por el diálogo de rumores entre el agua y los árboles, por el retorcimiento geométrico de las yeserías y el contraste de coloresde losazulejos, Matissese entregaaunaexperiencia contemplativa que reconocerá más tarde como la señal de una revelación capaz de transformar todo su caudal expresivo. La memoria centenaria de ese viaje iniciático que seiniciaenSevillaparaseguirporCórdoba, Granaday Toledo compone un sugestivo relato visual colgado entre los muros del palacio renacentista de Carlos V. La firma del artista enel registro de entrada precede a un majestuoso despliegue de sensualidad orientalizante en el que las célebres odaliscas semidesnudas adquieren un sentido inédito al proyectarse sobre un nuevo contexto histórico y creativo. Composiciones florales, gitanas andaluzas, paisajes campestres reconstruidos según el imaginario memorial del olivar español, Yelimpresionante, portentoso Rincón del artista prestado por el Museo Pushkin y desplegado como un fabuloso inspiradaspor aquellainmersión en la estética del interiorismo árabe. Debajo, en la cripta del palacio, los doce leones más famosos del arte universal desafían recién restaurados el asombro del visitante, relucientes y como inaugurales tras desvestirse a golpe de láser de los estragos de la Historia, a la espera de su recolocación en la fuente del patio central del monumento. Allí los vio también Matisse justo hace cien años, envuelto en la fascinación de un enclave mágico que sigue ysus misterios. Granada, diciembre, susurrosde hojas escarchadas de cipreses, un frío leve de piedra umbría que parece detenerse en el umbral palaciego para no destemplar la piel sedosa de la odalisca del pantalón rojo cuya negra mirada atraviesa los pliegues del tiempo como una flecha de fuego.