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82 CULTURA VIERNES, 24 DE SEPTIEMBRE DE 2010 abc. es cultura ABC Las ruinas de la utopía EL CERCO DE LENINGRADO Autor: José Sanchis Sinisterra. Director: José Carlos Plaza. Escenografía e iluminación: Francisco Leal. Vestuario: Pedro Moreno. Música: Mariano Díaz. Intérpretes: Beatriz Carvajal y Magüi Mira. Teatro Bellas Artes. Madrid JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Los cinco intérpretes de Días estupendos DAVID RUANO Días estupendos prolonga el verano en el Valle- Inclán B Alfredo Sanzol presenta la tercera parte de su trilogía sobre la identidad JULIO BRAVO MADRID Gerardo Vera, director del Centro Dramático Nacional, define a Alfredo Sanzol como una voz necesaria e imprescindible del teatro español actual. No es extraño, pues, que le haya abierto las puertas del teatro Valle- Inclán para que ponga en pie Días estupendos una obra con la que Sanzol cierra una trilogía que arrancó hace cuatro años en la Sala Cuarta Pared con Risas y destrucción y siguió con Sí, pero no lo soy estrenada en el teatro María Guerrero. Sanzol ha repetido el proceso de trabajo que utilizó en sus anteriores obras. La última frase de Sí, pero no lo soy es el punto de partida de la escritura y el título de la nueva obra. Les jours magnifiques era la frase, que el autor ha traducido por esos Días estupendos El paso siguiente es introducir la frase en el buscador de internet Google y a partir de ahí comenzar el trabajo de escritura y dramaturgia. Al introducir la frase- -explica Sanzol- vi que casi siempre se asocia días estupendos al verano, a las vacaciones, así que decidí escribir sobre esa época El autor dice que el verano es un tiempo en el que la personalidad sufer el cambio más brusco de todo el año. Proyectamos fantasías, realidades que nos gustaría vivir, esperanzas de paraísos... y queremos que todo se realice en ese breve espacio de tiempo en el que podemos romper con la actividad habitual, para meternos en una especie de burbuja Días estupendos es, dice su autor y director, una historia sobre la pérdida de la inocencia Como en los anteriores montajes, está escrito con estructura del sketch. En total son dieciséis historias, pero no van una detrás de otra sin más; se yuxtaponen de manera que al final tienes la sensación de que tener una historia larga. De esta manera tienen más sentido los giros imprevistos o bruscos. Son- -añade- -historias duras, todas ellas bajo apariencia de superficilidad, y siempre desde el humor. El humor es la guía de mi trabajo, quizás porque permite huir de la realidad Incluso hay en esta obra una canción del verano escrita por Fernando Velázquez Sanzol ha trabajado en este montaje con cinco actores que ya han participado en las dos anteriores partes de la trilogía: son Paco Déniz (el del teléfono) Elena González (la nudista) Natalia Hernández (la que canta) Juan Antonio Lumbreras (el del tronco) y Pablo Vázquez (el del melón) El trabajo con los actores- -dice Sanzol- -ha sido fundamental para la creación de ese lenguaje propio que hemos logrado. Existen con ellos una relación de complicidad La butaca de Godot El morbo no sostiene la función ALFONSO ARMADA No se atreve el autor, no se atreve el adaptador (hace lo que puede) no se atreve el director, no se atreven los actores. En el Lara el idioma de los equívocos es tan obvio que el público que aplaude lo hace a su morbo satisfecho, a su pacatería. Pastora Vega y Juan Ribó nos cuentan (porque ni siquiera la encarnan: no hay un gramo de pasión en escena. Solo melancolías) una supuesta relación pornográfica que no es más que juego de palabras, como lo es el juego de sábanas que encubren lo que no hay: carne verdadera ¿Para qué hacer teatro entonces? ¿Para qué hacer el gasto, el esfuerzo si lo que queda es una sucesión de poses? Falta Bergman, falta el desgarro y la verdad del deseo que duele cuando quema. Una pena, porque hay momentos, pero ni una lengua de fuego. José Sanchis Sinisterra comenzó la redacción de El cerco de Leningrado a partir de una anécdota real que le contó Tito Cosa: para evitar el cierre de la sala donde un hombre de teatro de izquierdas ya fallecido intentó mantener una línea teatral comprometida, dos viejecitas, viuda y amante del finado, se habían encerrado en el local. Mientras Sanchis trabajaba en ese argumento de tanta fuerza metafórica, caía el muro de Berlín en noviembre de 1989, acelerando el proceso de desapego político de muchas personas que, con la coartada de la fidelidad a las viejas utopías traicionadas, habían defendido- -o al menos disculpado- -los regímenes comunistas. Todos esos referentes palpitan en la atmósfera de esta comedia. El eco de aquellos sucesos ha adelgazado hoy su peso en la trama, cuyas significaciones probablemente se amplían y universalizan. El director de este nuevo montaje de la obra, José Carlos Plaza, alude en el programa de la función al desconcierto ante el descalabro de la utopía igualitaria en una Europa justa frente a la soberanía inhumana del mercado y los intereses del capital Mientras buscan afanosamente el texto de El cerco de Leningrado la obra que antes de morir ensayaba el hombre de teatro de izquierdas, Priscila y Natalia, la viuda y la amante y primera actriz, se alzan tozudas entre las casi ruinas del local amenazado por la piqueta, guardianas del fantasma de una memoria utópica que convierte el teatro en metáfora de una sociedad que ha dado la espalda a todas las utopías. Plaza dirige con fluidez el mano a mano, atento al vuelo de los ágiles y divertidos diálogos sabiamente descoyuntados por Sanchis Sinisterra: una esgrima de palabras en la que cada una de las interlocutoras parece no escuchar a la otra y el conjunto adquiere una rara y poderosa armonía significativa. Ajetreadas entre los cachivaches que pueblan la trabajada escenografía de Francisco Leal, Beatriz Carvajal y Magüi Mira se encuentran a sus anchas administrando ese rico magma verbal cargado de referencias metateatrales, crítica social e intención política. Categórica la primera, la viuda, juguetona la otra; bien las dos.