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14 OPINIÓN AD LIBITUM MARTÍNMORALES MIÉRCOLES, 7 DE JULIO DE 2010 abc. es opinion ABC M. MARTÍN FERRAND OTRO CONFLICTO ESTÉRIL En las repúblicas bananeras, cada cual hace lo que le viene en gana, pero no lo proclama a los cuatro vientos E L Tribunal Constitucional, ese mueble inservible en nuestra decoración democrática, vuelve a ser génesis de crispación y enfrentamiento entre españoles. Tras cuatro años de espera y excitación ciudadana a propósito del nuevo Estatuto de Cataluña, a partir de la entrada en vigor de la nueva ley del aborto, nos corresponde esperar ahora a que- -sin prisas, por favor, no se atropellen- -el nunca bien ponderado TC dictamine sobre la suspensión cautelar de la ley hasta la sanción de su constitucionalidad. Es, si vamos al fondo del problema, mera cuestión de estilo. Las leyes se hacen en el Parlamento, se perfeccionan por su uso y se corrigen con el olvido; pero, siendo tan sensible el asunto en el que ésta se centra, cualquier resquicio es bueno para la polémica y no debiera ser una de las altas instituciones del Estado la que lo proporcionara. A quienes creemos en el derecho a la vida como el primero y principal de los derechos humanos, el único previo a la libertad, no puede gustarnos la nueva ley del aborto. Ni la vieja. No es una cuestión de matices y plazos, sino de principios; pero tampoco podemos ignorar, en tanto que demócratas, que esa ley se ha tejido en las Cámaras y la respalda una mayoría representativa. De no mediar la demora del TC no habría cuestión para el debate y, en consecuencia, ese debate tampoco es de mayores vuelos. Ramón Luis Valcárcel, el presidente de Murcia, se ha convertido en héroe nacional por no acatarla y eso es, al menos formalmente, de mayor gravedad que lo que lo motiva. Mientras, como ayer señalaba en estas páginas Valentí Puig, el presidente del Gobierno de España le busca un atajo a la Generalitat para burlar las limitaciones que la sentencia del TC señala al nou Estatut, el máximo representante del Estado en una Autonomía se permite el lujo de, por sí y ante sí- -sin ser desautorizado por sus jefes de fila- impedir en su territorio la vigencia de una ley de ámbito nacional. ¿Es esto un Estado de Derecho o se trata de una parodia bufa? En las repúblicas bananeras, esas que tanto protege Miguel Ángel Moratinos, cada cual hace lo que le viene en gana, pero no lo proclama a los cuatro vientos. En el caso Valcárcel la conjunción de una cuestión moral, como el aborto, con otra cívica y constitucional, tal que el acatamiento de la ley, complica el asunto hasta el infinito y coopera con las fuerzas que, por distintos motivos y con diferentes actores, trata de desencuadernar la frágil embarcación del Estado. Especialmente frágil cuando empieza a resultar difícil la definición de los límites geográficos de la Nación. CAMBIO DE GUARDIA GABRIEL ALBIAC ENTERRANDO A FARIÑAS Un muerto de hambre agoniza a cuatro pasos. Al ministro español, eso le trae, por supuesto, al fresco M ORATINOS no es nadie. Un nadie siempre acoplado en la foto del más visible. La alcurnia moral del elegido no cuenta. Y es que la luz mediática suele ser, en torno a los grandes asesinos, de primera calidad; así somos. Moratinos posa. A la vera sonriente de notables homicidas. De su nada logró hacer imagen planetaria, abrazado a Yassir Arafat crónicamente, en aquellos últimos sórdidos años del mayor ladrón y asesino del último tercio del siglo veinte. Todo pasa. A Moratinos se le murió el bien pagado caudillo terrorista. Y hubo de cambiar de padrino. Los hermanos Castro eran la única reliquia viva de aquel universal despotismo en cuya construcción cayera a plomo el imperio soviético. Allá que se fue el ministro de Zapatero. Cuba, la Cuba castrista, era eso a lo cual Aristóteles hubiera llamado su lugar natural aquel en el cual algo reconoce su propia esencia y a lo cual retorna siempre: moral, política y retóricamente, es el sitio natural de Moratinos. Un muerto de hambre agoniza a cuatro pasos. Al ministro español, eso le trae, por supuesto, al fresco. Ni más ni menos que al fresco le traían las cuentas personales de Arafat en Suiza, aquellas que desencadenaron la hilarante batalla entre viuda y lugartenientes del caudillo, tras su nunca aclarada extinción parisina. Fariñas se muere, anclado en su perseverante exigencia de libertad para los enfermos presos políticos. Moratinos, en entrañable arrebato, le larga al desdichado un preclaro consejo: Lo mejor para él es que abandone la huelga de hambre Hubiera podido, ya de paso, escupirle a la cara, pero no lo ha hecho. En realidad, ni siquiera se ha acercado al lugar en que agoniza para carcajearse un rato. Es un detalle. Si Fariñas va a morir, mejor no hacerle pasar el trago de aguantar la burla. La burla de quienes pavonean por la arruinada isla sus trajes caros, sus divisas, sus fantásticos negocios hoteleros con la banda de criminales que desangra a los cubanos desde hace ya algo más de medio siglo. Moratinos sabe que hay un dineral en beneficios para cuatro sinvergüenzas con pasaporte español, al benévolo precio de lamer las botas del Comandante. Y además están las fotos. Al costado de un dictador con sesenta años de ejercicio, cualquier cosa parece algo. Incluso un hombre. No son pocas las infamias que acumuló la diplomacia española en el último siglo. Su defensa del castrismo es la más perseverante. Atravesó los largos años de la dictadura, cuando todos los azules veían en aquellos tipos de uniforme verde oliva y letanía patria o muerte el calco de sus propias frustraciones: idéntica la consigna, idéntico el culto de los revólveres, más idéntico aún ese odio hacia la democracia en general y hacia la norteamericana en particular, que- -acento caribeño aparte- -hacía indistinguibles las arengas de Girón y las de Castro. Surcó intacta la transición y se fosilizó en la democracia: a Castro lo amaron indistintamente Suárez y González, Zapatero y Fraga, izquierda, derecha, centro, extremos todos de cualquier tipo, moderadísimos de la tendencia que fuere... No será un muerto más lo que le amargue el son cubano a Moratinos. Ni Hamas quien le impida luego dar lecciones a Israel de democracia.