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12 OPINIÓN LUNES 8 s 3 s 2010 ABC FUERA DE MICRÓFONO Y TOROS MENTIRAS O me gustan las prohibiciones, tampoco los blindajes. Los españoles tenemosdesdesiglosuna relaciónespecial con la libertad, o mejor, con el uso que de ella hacemos. Pocas cosas nos explican como la tauromaquia. Unos piden que se prohíba en Cataluña y otros la blindan en Madrid, en Murcia y Valencia. Unos hablan de carnicería, otros de arte; unos evocan la España de las moscas y la pandereta, pero otros vienen de Francia a decirnos que es una manifestaciónartística apreservar. Eldebate nosentretiene tanto como a nuestros abuelos, o más, porqueahoralapolémica trasciende a la sangre y el arte y se instala de lleno en la política. Y todo cuanto tocala política en Españacorre el riesgo de empeorar. FÉLIX Al final no veo distinMADERO ción entre el blindaje y la prohibición. Sólo desprecio por la libertad y el aficionado. ¿Por qué no dejan a los toros que se mueran si han de morirse? No prohíban, si creen que las calles están llenas de desafección y rabia, no prohíban, esperen y verán cómo los ciudadanos sin necesidad de leyes solucionan tanta porfía. Esta forma de hacer de unos yde otros, en Barcelonay Madrid, sólo ahonda en un sentimiento que nos fractura cada vez que leemos atentamente la historia del siglo XX. Dice IgnacioGonzález, vicepresidentedelaComunidad de Madrid, que los toros no son de derechas ni de izquierdas. No, son de la ignorancia, la antiespaña y la mezquindad. Escribió Caballero Bonald aquí en ABC que él no prohibiría ni los toros ni nada. Y yo, a quien opiniones así me asustaban hasta ayer, empiezo a considerarlas con serenidad. Estamos ante un asunto que tiene que ver con la libertad. Lo demás es la vuelta del estado tutor y nervioso, de esos que gastan Cuba y Venezuela. Dejen que sean los aficionados los que digan hasta dónde y cuándo. Dejen a los taurinos en paz, y a España también. Porque ese es el debate: el encaje de España en la propia España que es Cataluña. Pura metafísica taurina. Los toros se caen; algunos políticostambién. Y eso en España empieza acarecer de relevancia. ¿Por qué hemos de prohibir sólo los toros? A los detractores les digo que se calmen. Que dejen de insultarnos. Que esperen. Todo es cuestión de tiempo. Si ganaderos, torerosy empresariossiguenvendiendo entradas para corridas que luego son sesionesdecircocon monosmalayos, eltiempo les dará la razón. Pero ¡ay! si espabilan; ¡ay! si hacen bien las cosas. Ni prohibiciones ni blindajes. Habrá toros porque no cabrá la mentira. Como habrá fútbol mientras el Madrid haga lo que hizo ante el Sevilla la noche del sábado. Por lo demás, ¿han reparado qué entretenidosestamos? Cataluñatiene 600.000 parados y pronto elecciones. El debate no es el paro, son los toros. Hay que reconocer que son lo que obsesivamente quieren ser: antiespañoles, antitaurinos y... listos ¡Pero qué listos, Señor! N CAMBIO DE GUARDIA UÁNDO empezó a torcerse todo? Porque se torció, no hay duda. Hasta llegar a este cínico malvivir, soportando a una impune casta de políticos corruptos que acumula en sus manos todos los poderes. Sin contrapeso. Que un grupo numeroso de jueces haya hecho explícito lo que es la maldición de este país puede que sea el acontecimiento moral más serio de estos años. Porque lo que los 1.400 proclaman en su Manifiesto por la despolitización y la independencia judicial es seca constancia de aquello sobre lo cual se han erigido los ya tres decenios de corrupción, y sobre cuyo blindaje se asienta el privilegio de los partidos. También, la ruina de la nación. En lo moral como en lo económico. Nada extraordinariamente nuevo dice este Manifiesto. Fecha el punto de inflexión. Es todo. 1 de julio de 1985. Ley Orgánica del Poder Judicial. A la medida del PSOE de un Felipe GonzáGABRIEL lez cuya mayoría absoluta se maquinaALBIAC ba entonces ilimitada en el tiempo. Hasta ese día, la Constitución de 1978 había logrado salvar, al menos, esa tabla del colectivo naufragio abierto por el populismo neoperonista que teorizara Alfonso Guerra, al llamar a poner en marcha la máquina de hacer decretos y a enterrar, de una vez, a Montesquieu y su maldito constitucionalismo. Sieyès formuló un día de hace más de dos siglos que un Estado que no garantiza y blinda la autonomía de los poderes no posee Constitución; todo lo más, un remedo o una máscara. Es, con toda exactitud, lo que aquella nefasta Ley Orgánica puso en pie frente al texto constitucional que, en el 78, garantizaba la elección por los jueces de su órgano de gobierno. A partir del 85, el Consejo General del Poder Judicial fue nombrado directamente por los partidos con ¿C ¿CUÁNDO SE TORCIÓ LA DEMOCRACIA? representación parlamentaria, en proporción exacta a sus propios escaños. Con las palabras, ahora, de los 1.400 jueces, la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985 procedió a desposeer a los jueces y magistrados de su originario derecho a elegir a 12 de los 21 miembros integrantes del CGPJ (derecho que ya venían efectivamente ejerciendo conforme a su precedente Ley Orgánica de 1980) transfiriendo íntegramente al parlamento la elección de todos ellos Y, sí, claro que sí, el Consejo General del Poder Judicial pasó desde ese día a ser eso que el Manifiesto describe como un clon o un calco del mapa parlamentario y un brazo ejecutor de los partidos en él representados. Todo juez español sabe que el destino de su carrera depende, en muy buena parte, del Consejo. Y que el Consejo pertenece a quien pertenece: a quien nombra a sus miembros. Los nocivos efectos de este degradado uso partidista del nuevo sistema no se hicieron esperar. Rápidamente fueron quedando impregnadas del mismo tinte político las más relevantes decisiones del órgano así elegido La locura va camino de consumarse en farsa, mediante su multiplicación por 17, para que también los caciques de cada Comunidad Autónoma se sepan tan invulnerables cuanto sus jefes nacionales. Podemos jugar a engañarnos. Aunque somos lo bastante adultos como para saber que nos estamos engañando y por qué miedos o intereses lo hacemos. Podemos seguir llamando a esto en lo cual vivimos democracia. Pero sabemos que cuando Moratinos, a las órdenes de su jefe, busca torcer el auto judicial que molesta a un caudillo bananero con el cual se hace jugoso negocio es porque ni siquiera puede pasársele por la cabeza que un juez sea otra cosa que un subordinado del Gobierno. Del cual pende, en cada instante, el futuro- -o el no futuro- -de su carrera. Sí, en 1985 se torció todo. Hasta llegar al borde del abismo. En donde estamos.