Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
56 CULTURAyESPECTÁCULOS DOMINGO 28 s 12 s 2008 ABC La fragua del arte El camino entre la idea y el proyecto de un escultor y la obra artística final pasa por una fundición como Magisa en la que desde la maqueta hasta la escultura se realiza un complejo proceso de transformación. En Magisa, desde primera hora el arte está al rojo vivo POR MANUEL DE LA FUENTE FOTOS: IGNACIO GIL MADRID. Quién dijo que el arte hervía y se cocía en los cenáculos de la noche, en las tabernas fantásticas de la madrugada al amparo de un vaso de ajenjo, al socaire de una botella de absenta. Quién dijo que el arte sólo nacía y prosperaba a orillas del Moulin Rouge o sobre las mesas del Café de Pombo. O que estaba reñido con los monos azules de Vergara de los trabajadores, con la radial y el martillo neumático, con el soplete y la broca. Porque se puede afirmar categóricamente que el arte hierve y se cuece (aluminio a 1.200 grados centígrados, por ejemplo) al pie de la letra en un polígono industrial del noreste de Madrid, a apenas un par de kilómetros de donde los pájaros metálicos le echan un último vistazo a las pistas de Barajas, antes de que sus pezuñas de caucho pisen el asfalto. Allí el arte se mezcla con los aceites de silicona, con el grafito, con la arena de sílice, con el acero inoxidable, con el cortén, materiales que la alquimia de la fundición acabará por convertir en una obra de arte, ésa misma que ustedes ven desde el coche cuando van por una autopista, ésa misma que por obra del recordado César Manrique podrán contemplar entroncada con un paisaje canario, ésa misma que pasó por alguna Bienal de Venecia... Porque el arte madruga, vaya que si madruga, en Magisa, una fundición artística, para muchos la mejor de España y, sin lugar a dudas, una de las más experimentadas y valientes, porque no todas se atreven con trabajos de tanta envergadura como los que aquí se hacen. Magisa es una empresa cincuentenaria que, hace años, muchos años, sus fundadores, los hermanos Laureano y Francisco Ponce, concibieron como una fundición de piezas industriales, una más. Pero el destino, en la forma y la persona de artistas como Pablo Serrano, José Luis Sánchez y Amadeo Gabino, se cruzó en la vida de otro Ponce, Guillermo, continuador de la saga y actual propietario, y la empresa, poquito a poco- -como él mismo dice- -de estar haciendo piezas mecánicas nos fuimos pasando al mundo del arte Y se pasaron con todo el equipo, desde finales de los años cuarenta, primeros cincuenta. Pronto dieron su primera gran vuelta al ruedo, con el citado Pablo Serrano, en la Bienal veneciana de 1962, y luego con una lista de nombres que es también la del arte contemporáneo español: Lorenzo Frechilla, Amadeo Gabino, Fernando Mignoni, Gustavo Torner, Gerardo Rueda, Canogar... Con Frechilla pusieron otro hito en su camino: ser los pioneros en hacer esculturas en chapas de acero inoxidable. A primera hora de la mañana, en la nave de Magisa se fragua el arte. Los hornos ponen al rojo vivo, vivísimo, los materiales (aluminio, plomo... que irán a parar al crisol y de éste a los moldes. No es una operación sencilla. Con estos materiales están hechos los sueños de muchos artistas, pero la precisión no sólo es necesaria, sino imprescindible. Detrás de las gafas y los petos protectores, los obreros, como una afinadísima orquesta, realizan la operación. La fragua de Vulcano no sólo está en un memorable cuadro de Velázquez. Saltan chispas, y los moldes se enfrían en la arena, fina, finísima, como de una playa canaria, como el también canario César Manrique, alguien encantador y maravilloso, pero de genio volcánico, que a Guillermo Ponce se las hacía pasar canutas, como durante la construcción de La Vaguada, en Madrid, que el lanzaroteño diseñó: Cuando le veían aparecer, muchos obreros salían de estampida recuerda Ponce. El ruido de los enormes ventiladores sirve de música de fondo a la especialísima coreografía de los operarios. Cincuenta años al rojo Grafito mezclado con alcohol para suavizar el bronce, ganchos, grúas, baños de cera, sopletes, calor infernal, calor diabólico, la visión del aluminio fundido remite y transporta al observador a un mundo primigenio y telúrico, a un big bang en miniatura donde la materia es todavía informe, energía sin cristalizar, arte sin modelar. La fragua, la zona de fundición de Magisa, parece el querido Timanfaya del propio Manrique, donde es posible freír un huevo con sólo ponerlo sobre las piedras de origen volcánico. Aquí sería posible, pero los obreros no están todavía para almuerzos. Se mueven a unos centímetros de las brasas como un diminuto ballet, con giros exactos, y una puesta en escena en la que cada uno tiene una misión asignada en cada momento de la operación de vertido, como las ruedas de un reloj suizo que al engarzarse unas con otras hacen el milagro de medir el tiempo. Aquí hay otros milagros. Muchos realizados mediante alta tecnología y precisas máquinas. Pero es un hombre Una exacta coreografía Sopletes y soldadores, forjas, brocas, ajustadores, cinceladores, moldes de escayola, láminas de acero cortén... en el taller de mecánica de la fundición Magisa se retoca y se ajusta, se modelan las piezas y los materiales con los que la escultura cobrará vida. En definitiva, se da forma real a los sueños concebidos por los artistas