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26 ESPAÑA El acoso al castellano LUNES 30 s 6 s 2008 ABC DE NUEVO HAY QUE DECIR BASTA YA Los nacionalistas han comprobado la rentabilidad de convertir la lengua en un dominio exclusivo para discriminar o retribuirs Por ello, y por la inactividad del Gobierno, debe ser bien acogido el Manifiesto por la Lengua Común La lengua se debe tratar desde el sentido común Luis Mateo Díezs Escritor y miembro de la RAE RUBÉN DE VICENTE MADRID. La firma del escritor leonés Luis Mateo Díez se ha unido a la de otros intelectuales como Miguel Delibes o Antonio Gamoneda para apoyar el Manifiesto por la Lengua Común en defensa del castellano y de su convivencia con las lenguas regionales. -Lo he firmado porque me llamaron. Me parece un manifiesto ponderado, razonable, estricto, con mucho sentido común y que además coincide con mi pensamiento. La lengua es algo que se debe tratar desde el sentido común y se trata de potenciar el amor a la lengua propia y a la lengua común, por que reitero que es un sistema de sentido común. El manifiesto es muy ponderado, hace propuestas de entendimiento, no de desentendimiento, sino de defensa de un bien común como es el castellano. Alberto González Troyano Escritor y catedrático A ¿Qué le llevó a añadir su firma al manifiesto? -La mezcla de la lengua con la política puede dar resultados fatales. Los postulados de este manifiesto son razonables y entendibles por todo el mundo, o casi todo, porque da la impresión de que hay gente que no se entera de que ya llevamos muchos años con la Constitución, unos cuantos años en democracia, y no se dan cuenta de que lo que hacen son disparates pues no se puede entender una pugna entre lenguas. Hubo un tiempo de incomprensión que ya se ha superado. Ahora hay que convivir. -Para mí tener varias lenguas es como tener dos o tres casas, que está muy bien tener varias casas, pero que no hay que mantenerlas cerradas, sino que hay que habitarlas, especialmente la casa común, en la que vivimos todos, que es el castellano. No creo que las lenguas se expandan por su ensimismamiento, sino por la apertura a la convivencia con otras lenguas. ¿Estima que con el manifiesto se generen polémicas políticas por el tema de las lenguas? unque se haya comentado muchas veces, conviene repetirlo: al desaparecer el franquismo, durante la transición, muchos españoles demócratas consideraron que los partidos nacionalistas, por un cierto afán reparador y de justicia histórica, debían ser compensados por la represión y obligado silencio que, durante años, les impuso la dictadura. Surgió casi de forma instintiva, como una especie de solidaridad entre los que habían compartido un pasado común de lucha y exclusión. Ese mismo deseo de recuperar y enaltecer se proyectó sobre las lenguas minoritarias de la península que habían sufrido humillaciones y marginación por parte de los que pretendieron, ilusamente, crear un anacrónico nuevo imperio enarbolando la bandera del castellano. Por tratarse de unos valores- -los de esas lenguas propias- -que estuvieron tan expuestos a la desaparición, merecían convertirse en el mayor bien patrimonial que catalanes, vascos y gallegos debían recobrar y difundir, sin trabas, con la ayuda incluso de los restantes pueblos de España. En principio, ese fue un planteamiento y una actitud bien acogida y llevada a cabo sin más recelos que el de los nostálgicos del antiguo régimen. Nacía un nuevo clima democrático, en el que los oscuros recuerdos anteriores, facilitaban una grata comprensión hacia los que, dentro del país, cultivaran ideas, culturas y, sobre todo, lenguas diferentes. Pero esa línea se quebró y aunque resulte difícil concretar el momento, cabe pensar que surgieron las primeras fisuras cuando, en las luchas por el poder político, una serie de partidos nacionalistas quisieron añadir a otros legítimos instrumentos de persuasión y clientelismo, la apropiación y monopolización interesada del uso de sus lenguas. Por su valor simbólico, por su fuerte carga atávica y sentimental, por el lugar que ocu- pan en la memoria colectiva, las lenguas están expuestas a ser utilizadas como un medio muy mecánico de identificación y autocomplacencia para unos y de separación frente a otros. Ante la carencia de propuestas sociales y cívicas más creadoras y con mayor capacidad de arrastre, el nacionalismo político encontró en sus lenguas un fácil dispositivo de movilización apasiona- da de su electorado. A su vez, estas medidas nacionalistas fueron derivando hacia posturas étnicas, que suelen exigir un enemigo exterior para continuar alimentando sus fantasmas. Se inició entonces, paulatinamente, un proceso que un psicoanalista irónico podría explicar muy bien. Ante la necesidad constitutiva de todo nacionalismo de un enemigo al que culpabilizar, y dado que el franquismo resultaba ya demasiado lejano, se provocó una transferencia, un desplazamiento: el nuevo enemigo sería España y su lengua común. Se alteró incluso, sin pudor, el sentido de la Guerra Civil. Se trataba de volcar el rencor y el resentimiento- -que exige la maquinaria étnica- -contra unas instituciones- -a pesar de ser ya democráticas- -a las que había que demonizar para que desempeñaran el papel de culpables de la paralización de unos sueños convertidos en meta imaginaria e idealizada por los políticos nacionalistas. Pero lo más triste de esta triste historia es la función a la que han sometido a sus propias lenguas- -y, consecuentemente, a la lengua común- -convertidas en cabezas de turco de sus delirios. Unos valiosos instrumentos de comunicación y gozo han pasado a ser medios para excluir y, lo que es aún peor, para ascender en la escala laboral y social, cuando otros méritos no lo posibilitaban. Una perversa finalidad que, precisamente, recuerda la vergonzosa utilización franquista del reparto lingüístico de premios y humillaciones. Este solo recuerdo debía haber sido suficiente para que los sufridores y víctimas del pasado- -muchos de ellos ahora en el poder- -no consintieran esta nueva manipulación de unos objetos hechos para la solidaridad y no para relegar a unos frente a otros. El clima de concordia que en los momentos de transición pudo darse, parece, pues, perdido. La voracidad política nacionalista ha comprobado que nada le resulta más rentable que el convertir la lengua en un dominio propio y exclusivo con el que discriminar o retribuir. Por ello, y porque el poder político, representante de toda la nación, no toma las iniciativas necesarias y convincentes para conjurar los peligros que se ciernen sobre la tolerancia y la solidaridad entre todos los españoles, no puede ser menos que bien acogida la iniciativa cívica de hacer llegar a la opinión pública el reciente Manifiesto por la Lengua Común. Sólo queda esperar que estas reflexiones encuentren en la calle y en las instituciones el eco necesario. Alberto González Troyano es catedrático de Literatura de la Universidad Hispalense Cabezas de turco de sus delirios Monopolización de las lenguas ¿Es partidario de la conservación de las lenguas vernáculas? TELEPRESS Rosa Díez defiende el castellano en Bilbao La diputada de UPyD, Rosa Díez, participó ayer en una recogida de firmas en el centro de Bilbao para el Manifiesto por la Lengua Común. La fundadora de UPyD destacó que no es el castellano el que está perseguido, sino que están discriminadas las personas que quieren utilizarlo