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10 OPINIÓN LUNES 30 s 6 s 2008 ABC CON CAJAS TEMPLADAS TRASPLANTE DE CUERPO OS cirujanos todavía no se aventuran a trasplantar rostros completos. Por el momento injertan sólo medio, el triángulo de nariz y boca, y dejan al paciente con sus lágrimas. Si al mirarse al espejo, le frustra ignorar a quién besaron sus labios, o le disgusta su sonrisa ajena, se puede consolar con el llanto: es todo suyo. Para que recupere la mirada de los otros, le dejan la propia. Los médicos afirman hacerlo por temor a que la complicada operación dañe la visión del paciente, aunque más aterradora que una ceguera resulta la sospecha de que el IRENE injerto de una cara LOZANO completa podría llamarse trasplante de cuerpo subsisten las dudas sobre quién sigue viviendo, si el que pone el cuerpo o el que pone el rostro. Incluso podría tratarse de un tercero. Todo se andará, no obstante. Trasplantarán caras enteras hasta hacer irresoluble la vieja cuestión de si la cara es o no el espejo del alma, y de paso nos echarán encima una palada más de confusión, signo inequívoco de que nos hallamos ante un debate de nuestro tiempo. No tardará en llegar a España, pues está previsto que en los próximos meses se realice el primer trasplante de un rostro, también incompleto, que será el tercero del mundo. Hay dos posibles receptores, un hombre y una mujer, y presumo que elegirán al que coincida con el sexo del donante. ¿Es así de sencillo? ¿Las almas femeninas tienen siempre rostros femeninos? ¿Y las masculinas? La cara de Margaret Thatcher, ¿provocaría más rechazo a una mujer o a un hombre? A mí, desde luego, me daría menos urticaria el semblante perplejo de Woody Allen. Y ¿qué decir de las almas más valiosas, las andróginas, que pueden presentarse con cara de hombre o de mujer, como le pasó a Virginia Woolf? En todo caso, el meollo del asunto estriba en si uno es responsable de su cara o no. Siempre he pensado que esa responsabilidad se adquiere, poco más o menos, a la misma edad que otras, por eso un semblante diabólico infunde mucho más pavor en un niño que en un adulto. Uno no es responsable, claro, tener la nariz aguileña o los ojos saltones, pero los gestos, los guiños y las muecas son la expresión del carácter. Todos los frunces del alma y los golpes de la vida cicatrizan en la cara: sus relieves y accidentes son la geografía de nuestra historia. A partir de los treinta, a los tipos siniestros se les retuercen los pliegues del rostro y se les asfixian los poros; luego crían patas de gallo como aguijones venenosos. Por eso el sistema inmunitario se defiende con más violencia de un rostro extraño que de un riñón ajeno, como si el cuerpo supiera que, en el fondo, es él quien está siendo trasplantado. L POSTALES ¿NACIONALISMOS O LOCALISMOS? OR qué se critican nuestros nacionalismos y, en cambio, se ensalza el nacionalismo español? viene siendo una de las principales quejas de los nacionalistas periféricos, redoblada últimamente por el clamor alzado en torno a los éxitos de nuestra selección. Sé por experiencia que discutir con los nacionalistas son ganas de perder el tiempo. Estamos ante gentes de piñón fijo e idea única, por lo que todo intento de establecer con ellos un debate dialéctico sólo conduce al absurdo o al aburrimiento. Pero como algún lector puede encontrarse ante tan contundente pregunta, le ofrezco una réplica de la misma. La queja nacionalista esconde, tras lo que parece de una lógica irrefutable, un supuesto erróneo que la invalida. Nada tiene que ver el actual nacionalismo español con el nacionalismo catalán, vasco, gallego o similares. Son estos nacionalismos cerrados, restrictivos, con un grado más o menos grande de xenofobia y un prurito de superioridad sobre los demás que les hace no sólo antimodernos, sino también peligrosos. Su principal y a veces su único ingrediente es el odio a España, del JOSÉ MARÍA que se alimentan para sacar pecho. CARRASCAL Aunque el mayor odio lo reservan hacia sus convecinos pro españoles, que ponen al descubierto su desnudez. El resto no es mucho más que leyenda que pretende ser historia, ambición personal de sus dirigentes y violencia contra todo el que no es como ellos. Estamos, por tanto, ante un nacionalismo de rebote, estéril y raquítico, que ni siquiera existiría si no existiese España. Es verdad que en España existió también un tipo de nacionalismo elemental y hermético, del que quedan aún rastros. Era el nacionalismo del ¡Santiago y cierra España! el del España luz de Trento y martillo de herejes que simbolizó en su día la idiosincrasia de nuestro país. Pero el alejamiento a que nos llevó del mundo moderno y los conflictos internos y externos que nos ¿P produjo hicieron que fuese surgiendo junto a él otro nacionalismo infinitamente más universal y abierto, mucho más crítico y profundo. El nacionalismo de los ilustrados del siglo XVIII, el de los liberales del siglo XIX, el de Joaquín Costa, el de Ganivet, el de la Generación del 98, el de Unamuno, el de Ortega, el de Marañón, y ya en nuestros días, el de la Constitución del 78, que reconoció la pluralidad de España como pieza clave de su ser como país y como nación. Esa es la enorme, la insalvable diferencia entre el nacionalismo español y los nacionalismos surgidos en su seno: el actual nacionalismo español siente como suyo lo catalán, lo vasco, lo gallego, lo andaluz, lo valenciano, lo castellano, lo extremeño y cuantas variedades encierra, mientras esos nacionalismos no reconocen la parte que tienen de españoles. Es más, la combaten con tal saña que llegan a autolesionarse y a atentar contra sus propios intereses, como ocurre con el idioma común, que es el de cuatrocientos millones de personas. El nacionalismo español es, en suma, abarcador, se enorgullece de los éxitos ocurridos en cualquier punto de su territorio, goza de su variedad de paisajes, costumbres, climas, cocinas, presume de tener un pequeño continente como patria. Mientras el nacionalismo local mira al vecino como enemigo, le amargan sus éxitos y se alegra de sus fracasos, aunque esos fracasos repercutan desfavorablemente sobre él. Nada hay de malo en el amor a la tierra que nos vio nacer y en enorgullecerse de sus hechos y sus gentes. Pero cuando ese amor y ese orgullo se alimentan de rechazo, de odio, de cerrazón y de soberbia, lo que era sentimiento positivo se torna negativo. Dicho de otra forma: a nuestros nacionalismos les falta su 98, su depuración crítica, su bagaje universal. Es incluso posible que nunca lo tengan, al ser en realidad localismos. Creo que con ello queda contestada la pregunta del principio. Aunque puede que no hubiese necesitado tantas palabras, que me hubiera bastado apuntar lo que están haciendo Ibarretxe, Carod y Quintana con sus respectivas comunidades.