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92 CULTURAyESPECTÁCULOS DOMINGO 29 s 6 s 2008 ABC ÓPERA Festival Mozart Mozart: Las bodas de Fígaro Int. Gallo, Papatanasiu, De la Merced, Regazzo, Belfiore, Mathéu, Borowski, Peña, Atxalandabaso, Saitua, López Galindo, Coro del Palau de la Mús. Catalana, Orq. Sinf. de Galicia. Dir. escena: G. Strehler. Dir. musical: Víctor P. Pérez. Lugar: Palacio de la Ópera, La Coruña. Fecha: 27- VI Luz y armonía ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Luz y armonía paran la última propuesta escénica del Festival Mozart de La Coruña. La luz tenue, cálida en el tono y sutil en las sombras, entrando en escena por ventanas, puertas y lucernarios, planteando un espacio cargado de sugerencias, melancólico, evocador de un tiempo perdido. La armonía afín a la proporción de las cosas, al encuadre de la escena, la racionalidad y el orden, la posición de los elementos y sus encuentros. En uno y otro caso la genialidad de Giorgio Strehler, aquel director teatral que quiso rehacer la historia. En el Festival Mozart se le ha homenajeado, como se ha hecho con Herbert Wernicke, quizá para volver a demostrar que las obras maestras son intemporales. Las bodas de Fígaro que Strehler firmara en 1973 lo es porque hace creer al espectador que está ante una mera reconstrucción cuando, en realidad, la trasciende y explica hasta el punto de que nada de lo que contempla es verosímil. No puede serlo esa galería desnuda, exagerada en su perspectiva, cargada de soledad, habitada por un clave y donde la Condesa se lamenta Dove sono un punto culminante que también lo es de la obra. Incluso de esta representación, porque Myrtò Papatanasiu consiguió alguna media voz cargada de intención, bien sostenida por la Orquesta de Galicia y su maestro Víctor Pablo Pérez. No fue el único momento de interés. El gran concertante de cierre del segundo acto ratificó que había orden, criterio y musicalidad. Mereció una mejor acústica que la del Palacio de la Ópera coruñés. El éxito se habría multiplicado. Con todo, Elena de la Merced ratificó en el matiz que es una Susanna con gracia, pureza en la emisión y un punto de malévola ingenuidad. Como que Lorenzo Regazzo canta un Figaro con planta, medios y un punto engolado, o Marta Mathéu hace una conseguida y perfilada Marcellina. Y que todos supieron habitar la conmovedora, eterna, y virtual irrealidad teatral que Giorgio Strehler dejó entre lo mejor de su legado. Un éxito. Amaral, durante su actuación anoche en el festival abulense Músicos en la Naturaleza EFE Dylan y Amaral: sermón (del rock) en la montaña de Gredos Once mil personas siguieron en el Festival Músicos en la Naturaleza el concierto del presdigitador de Minnessota y el dúo aragonés, recién llegado del homenaje a Nelson Mandela en Londres POR MANUEL DE LA FUENTE GREDOS. John Ford, uno de los arquitectos de la mitología popular norteamericana, lo dejó meridiana y cinematográficamente claro en El hombre que mató a Liberty Valance por certera boca del abogado y senador Ranse Stoddard (James Stewart) En los Estados Unidos, cuando tenemos que elegir entre la historia y la leyenda, siempre preferimos la leyenda De la leyenda al mito hay un paso, y algunos han sabido darlo. Tal que Bob Dylan, la nota más alta de la música popular del siglo XX y lo que va del XXI. Aunque otros se han llevado más fama (los Beatles, los Stones, Elvis) pocos han cardado la lana como Dylan. Su corazón y su cabeza albergan más pentagramas que el Smithsonian Institute, y más versos que la Biblioteca del Congreso. La leyenda dice que Robert Zimmerman es hosco, huraño, frío, callado, caprichoso, genial, irascible, distante, egocéntrico, narcisista, autoparódico viperino, y quién sabe si no hará buenas y mefistofélicas migas con el diablo. Pero Bob no es Beethoven, ni falta que le ha hecho. Dylan es un juglar, casi al pie de la letra según la definición que da el Diccionario de la Real Academia: Hombre que por dinero y ante el pueblo cantaba, bailaba o hacía juegos y truhanerías dos, la misma que en unos días lo llevará a Rock in Rio, en Arganda) desde hace más años de los que él mismo recuerda, probablemente. De carretera en carretera, como Jack Kerouac, como los viejos cómicos de la legua y de la lengua, en una huida hacia delante descarada y casi suicida, Dylan parece estar diciendo a los gentiles del rock and roll: quien quiera seguirme, que me siga. Y no siempre es fácil. Porque Bob ya no anuncia ninguna buena nueva como en los tiempos de la canción protesta- -ni Blowin in the wind ni The times are changing ni With God on our side ni Masters of Wars suelen aparecer en su repertorio de estos días- -aunque sí lo hace su chapliniano Modern times la palpable deconstrucción de su propio estilo, el agua depurada de la tradición que Dylan copia, imita, recrea y manipula a su antojo. Sombrero bajo el que bulle un cerebro que se mueve como la rueda gigante de esas barcazas del Mississippi ya citado. Anoche la prédica fue de blues correoso, pantanoso, afinado, como si se hubiese bebido todo el bourbon de Kentucky, salpicado con algún clásico como Lay lady the lay Home sick blues y la piedra filosofal del rock and roll, que es Like a rolling stone con la que cerró su actuación. Lo de Dylan es un torrente de sensaciones, de cuestiones de estilo, de continuas citas a sí mismo y a su leyenda, que es lo mismo que decir que cita a los grandes cantores de todos los tiempos: de Leadbelly a Kurt Weill y Bertolt Brecht, de la Familia Carter a los bluesmen analfabetos del Delta. Luego, directamente desde Hyde Park, llegaron Amaral. Pero esa es otra historia. Una historia de himnos poperos que la mitad del auditorio celebró con algarabía, jolgorio y juventud, divino tesoro, ya saben. Más manías que Lecter De dinero, baste con decir que no será de los que no duermen por la crisis. En cuanto a la truhanería (sí, a veces parece un tahúr del Mississippi, el río, por otra parte, que inunda su desbordante imaginación como a Huckleberry Finn y Tom Sawyer) es verdad que no le gustan las fotos, que tiene más manías que Hannibal Lecter, que no se anda con milongas, ni con entrevistas, que no duerme nunca en la ciudad en la que toca, que coge carretera y manta, y rock and roll hasta que la muerte les separe. Que por algo está de gira (la misma que ayer le trajo al Festival Músicos en la Naturaleza, en Gre- Tal vez, como un protagonista de Star Trek (toma del frasco, Carrasco, más mitología popular) llegó a Gredos teletransportado, tal vez sea un marciano, tal vez sea el más común de los mortales. Anoche, en Gredos, Bob Dylan, hombre de fe, devoto lector de la Biblia, se presentó en cuerpo y alma, resucitado de nuevo (lo del pacto con el Diablo no parece broma de Íker Jiménez) para anunciar a creyentes, agnósticos y ateos del rock and roll la buena dicha de que su música, parece eterna. Dylan, el sermón (rockanrolero) de la montaña de Gredos, con Amaral como discípulo más cercano. En cuerpo y alma