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86 CULTURAyESPECTÁCULOS LUNES 23 s 6 s 2008 ABC CLÁSICA Giulio Cesare Int. L. Zazzo (contratenor) S. Piau (soprano) Ch. Dumaux (contratenor) M. Ernman (soprano) K. Hammarström (mezzo) N. Rivenq (barítono) Orq. Barroca de Friburgo. Dir. R. Jacobs. Auditorio Nacional. Haendel con encanto ANDRÉS IBÁÑEZ Nada que objetar a René Jacobs, un gran estilista de la interpretación histórica, y su magnífica y virtuosa Orquesta de Friburgo. Lo único, que todo sería mejor si se oyera todo. La presentación tiene mucho encanto: los violines se suben a las alturas de la sala para producir un efecto atmosférico de pájaros que trinan, y luego se van acercando hasta César, en un dúo pájaro- humano en que el virtuosismo de la solista y la exquisita musicalidad de Lawrence Zazzo creaban uno de los momentos estelares de la noche. Malena Ernman fue un intenso Sesto, con una voz hermosa y administrada con inteligencia, y Kristina Hammarström demostró una vez más que es de esas cantantes que no sólo poseen una voz bellísima, sino que saben adentrarse en el centro de la tierra del corazón del canto: sus arias fueron el centro emocional de la noche, y como diría un renacentista, moverían a llanto hasta a las duras rocas. Sandrine Piau, por su parte, tan deliciosa y coqueta como una especie de Betty Boop, muy humorística, habría sido una Cleopatra perfecta (tiene un timbre muy hermoso) si hubiéramos oído todas las notas que cantaba. La sospecha de que este es un Haendel con encanto puede parecer excesivamente maligna, dada la explosión de talento. Este comentarista percibe una suerte de histeria historicista en el exceso de ornamentación, que no deja tranquila ninguna frase (a la segunda repetición con puntillo, a la tercera con trino) y en la distribución algo frenética del continuo, que asigna un instrumento a cada personaje. Frente al Haendel grandioso de los coros tonantes que nos legó la tradición (en parte por una identificación británica del más grande de sus compositores con la grandiosidad de su monarquía) el historicismo nos ha entregado un Haendel muy ligero, transparente, sutil y delicado. Es enternecedor, por ejemplo, ver a las tiorbistas rasgar las cuerdas de su instrumento extraordinario como si acompañaran unas canciones entre amigos. Imagen de la serie sobre los últimos años de vida de su amiga Susan Sontag, realizada en París ANNIE LEIBOVITZ Annie Leibovitz total en París La primera retrospectiva de la fotógrafa en Europa reúne 500 instantáneas entre escenas familiares, reportaje o retrato JUAN P. QUIÑONERO CORRESPONSAL PARÍS. Se presenta por vez primera en Europa una retrospectiva total de la obra de Annie Leibovitz, A Photographer s Life, 1990- 2005 (Maison Européenne de La Photographie) cerca de quinientas copias donde se cruzan incontables caminos, la fotografía familiar, el reportaje de rompe y rasga, el montaje publicitario, el retrato íntimo, el retrato de encargo, la composición, la fábula fotográfica. Annie Leibovitz trabaja con muy diversos equipos, iluminaciones y cámaras de muy distinta envergadura. Y tira con insistencia, pero guardando siempre una distancia y un respeto, evitando el espectáculo gratuito, aunque la puesta en escena sea indispensable y espectacular en sus trabajos publicitarios o de encargo mejor conocidos y más recientes. Todas las etapas de la carrera de la gran fotógrafa están presentes. Su paso por Rolling Stone, su consagración en Vanity Fair y Vogue. Sus grandes campañas para American Express, Gap, Givenchy o la serie de los Soprano, hasta sus recientes retratos de la Reina de Inglaterra. Esas facetas bien conocidas de la obra de Leibovitz se matizan con una obra mucho más íntima y menos conocida, familiar, amorosa, púdica, personal, de dramatismo particular, atroz, con frecuencia. En verdad, Leibovitz comenzó fotografiando a su familia, sus conocidos, sus padres, su intimidad. Una familia judía. Un padre oficial del arma aérea de los EE. UU. con un largo historial, en Vietnam. Esos rostros mal conocidos ayudan a comprender y modificar la imagen convencional de toda su obra. Sus padres en bañador, en una playa de la costa Este. Una fiesta judía. La misma Leibovitz, embarazada, desnuda... son imágenes de una inmensa pureza, contemporáneas de las imágenes de Patty Smith tirada en una cama desvencijada, posando sin posar pero posando para la posteridad efímera de Rolling Stone. La noche de vino, rosas, hierba y vómitos que sigue a un concierto de rock puede tratarse con la misma limpieza gráfica que el rastro de un ciclista abatido por un sniper, en Sarajevo. La Leibovitz periodista de rompe y rasga tira sobre sus blancos desde muy cerca, con objetivos muy luminosos pero finalmente modestos. La belleza, violencia o el dramatismo de la imagen viene de la proximidad del objetivo. El drogata, el general de un cuerpo de ejército, la política arribista o el presidente en ejercicio durante una guerra atroz son tratados con la misma limpieza, ajena a los artificios del montaje. George W. Bush, sus generales y su equipo están inmortalizados en primeros planos muy luminosos: con la misma luminosidad implacable con la que se trata el rostro de un avejentado William Burroughs. En los retratos de composición, Leibovitz alcanza una maestría quizá única entre sus contemporáneos. El cisne que rodea el cuello de Leonardo Dicaprio, la serpiente que se enrosca en el cuerpo desnudo de una celebridad publicitaria, el dogal de joyas que se engarzan en el pecho de una actriz impúdica, nos revelan insondables misterios. En el trabajo de puesta en escena fotográfica, la tarea quizá más espectacular de Leibovitz, en sus campañas para Disney, grandes empresas o celebridades, la fotógrafa, se deja llevar por el fasto de la composición onírica: nada más real que la ilusión. A lo largo de veinte o treinta años de carrera y trabajo íntimo, hay muchos otros rostros de Annie Leibovitz. Y cada uno enriquece las más hondas tradiciones. Avedon fotografió a su padre, condenado por la enfermedad, durante varios años, utilizando siempre la misma luz cenital y el mismo fondo blanco inmaculado. Leibovitz fotografía la lenta agonía de su amiga Susan Sontag a lo largo de varios años... en muy distintos escenarios, interiores, exteriores, sin recurrir casi nunca a la iluminación artificial. Y ese relato fotográfico de la agonía de Sontag no cuenta un ocaso, el eclipse de una vida humana: cuenta la historia de una revelación y redención a través del gran arte, en un blanco y negro purísimos. La revelación y Susan Sontag