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10 OPINIÓN LUNES 23 s 6 s 2008 ABC CON CAJAS TEMPLADAS MUERTOS, ¿NO? de repente, no sé qué les contaré a mis nietos europeos. Acaso nada. Quizá para entonces haya enronquecido si, al revisar el estadillo de cuentas de mi vida, la abrumadora realidad me inclina por fin a discurrir con sensatez en términos de coste y beneficio. Así, al desnudo, brutalmente, como haría un contable, obviando en el balance los jirones de piel de hombre que quedaron en la valla de Melilla; o cómo contribuyó al superávit aquel otro ahogado en el Atlántico, tan gentil que se pagó su propio entierro. Tal vez para entonces, los surcos de las líneas que escribo sean tierra de barIRENE becho, agostada por LOZANO años de aullidos estériles, demasiado tenues para llegar al cielo, por lo visto, si es que no estamos completamente solos. Será mejor enmudecer con puntualidad para evitarles a mis nietos europeos el relato de estos tiempos, la siniestra historia de cómo el miedo volvió a ser una idea política en un viejo continente ineficiente, algo así como Europa entre dos guerras civiles. Batallitas a escote con Gil de Biedma. Será preferible no entrar en pormenores acerca del espanto que infundían aquellos bárbaros desarmados, no detallar cómo el temor nos hizo obedecer lo verdaderamente terrorífico: el otro, cuando viene calzado con las botas lustrosas del poder. Resultaría de mal gusto admitirlo: supimos a tiempo de la existencia de campos de concentración, perdón, quise decir de retención, para los bárbaros; estuvimos informados de que, por faltarles un papel, fueron condenados a la pena de un año y medio de privación de libertad, mientras los grandes ladrones de Marbella obtenían la ganga de tres años a la sombra. Y podrían preguntar mis nietos europeos, lo harán seguramente, si eso es la justicia. Y yo, si para entonces no he callado, les hablaré de la belleza del gesto literario, de mi vida afortunada: un periódico que hizo sitio a los surcos de mis líneas, y no muchos vicios, escuchar los cuartetos de cuerda de Haydn mientras escribo mis alaridos, fumar cigarrillos libres de aditivos, que matan algo menos. Se pudo vivir el tiempo del miedo plácidamente, les diré, siempre que uno mantuviera al día en su libro de cuentas el riguroso cálculo de los costes y beneficios de cada acto. La lectura ayudaba a sobrellevarlo, sólo había que sortear los títulos pantanosos. Por ejemplo, ése de Camus que explicaba cómo los teóricos del poder extraerían lecciones de los textos de Sade cuando tuvieran que organizar la época de los esclavos: Ya estáis muertos para el mundo O aquel otro que comenzaba afirmando algo así como que todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. En su día, llegué a considerarlo el párrafo más hermoso escrito por la humanidad, les diré, aunque hoy deba callarme porque a duras penas me viene a la memoria. YA ESTÁN Y ¡Por fin he vencido una vez, aunque haya sido a los míos! HAY MOTIVO FRAGA Y EL LOBITO BUENO EL señor Manuel Fraga puede decirse cualquier cosa, exceptuando aquello de a la vejez, viruelas Las viruelas de Fraga (que son las del poder; las del ordeno y mando, las del aquí estoy yo; las de la efervescente prepotencia) son su carné de identidad y, a la vez, su santo y seña. El caso es que ahí le tienen, tan pimpante, tan terne, pues quien tuvo retuvo y puede vivir de rentas. Hubo un tiempo en que a Fraga, según sus corifeos, le cabía el Estado en la cabeza; ahora, sin embargo, lo que le cabe es el honor de ser, en carne y hueso, un homenaje a Chesterton. Porque, por fas o por nefas, venga o no venga a cuento, siempre se encuentra en medio de todos los enredos y nadie como él puede lucir el título de El hombre que fue jueves Es el novio en la boda, el niño en el bautizo, el muerto en el entierro (que Dios le dé salud y ustedes que lo vean) aunque le crujan las cuadernas, la arboladura mengüe y los remos renqueen. A sus años, qué menos. Pero no ceja, el tío, sigue largando vela. Va de aquí para allá, con la cadencia tartamuda del marinero en tierra, dando pábulo a unos y a otros palos de TOMÁS ciego. Tronitonante, torrencial, atroCUESTA pellado, pendenciero... Don Manuel Fraga no abdica de sí mismo ni por recomendación del médico. Pese a los alifafes, los achaques, los baches, las goteras, don Manuel no claudica, todavía está valiente que es lo que dicen en Castilla cuando el abuelo se resiste a doblar la servilleta. ¿O no hay que tener valor, no hay que echarle bemoles, y fusas, y corcheas, para reencarnarse en gaitero del centro? Vamos, que el propio Chateaubriand (que entendió que la Historia no era sino un espejo ante el que los protagonistas de la comedia humana se mudaban la piel, los entresijos, el alma y la librea) incluso Chateaubriand, maestro de maestros, habría de agotar el manantial del genio si tuviese que dar cumplida cuenta de la impagable imagen del delfín olisqueando el perfume de la pólvora y soste- D niendo a la reliquia del bracete. ¿Han visto ustedes Apocalypsis now ¿Se acuerdan de aquel tipo que se ponía ciego con el olor del napalm a la hora del breakfast Pues se acabó la vista: reconstruyan la escena en versión fallera y a esperar el fallo de los acontecimientos. -Oiga, y si el delfín es Gallardón, el príncipe azul mahón, el heredero, ¿Fraga Iribarne sería la reliquia que piadosamente lleva del bracete? -Eso, querido amigo, es una ecuación perversa. Fraga es incorruptible, irreducible, irrepetible, en cualquier época que no sea la nuestra. Déjese de humoradas y de afilar la lengua ¿No será usted de esos aprovechados a los que les das la mano y, a la que te descuidas, se han llevado el brazo de recuerdo? -Calle, calle, que aún no he acabado. ¿Y el bracete incorrupto de Santa Teresa al que el Caudillo tenía tanto afecto? No irá a negarme que es un referente. ¡Lárguese en mala hora! ¡Provocador, blasfemo! Las bromas son de traca, las brumas son gallegas y, entre bromas y brumas, habrá que aceptar al señor Fraga como animal de compañía de un nuevo viaje a los predios del centro. El Manuel Fraga que se trató con Carl el que se anticipó a los neocon y hasta les mojó a la oreja, pretende, a estas alturas, ser el abanderado de la indefinición, del do ut des del chalaneo. Puesto que el señor Fraga, por las razones apuntadas al comienzo, no puede padecer lo que se llama vulgarmente a la vejez, viruelas el diagnóstico resulta más complejo. La mayoría de los síntomas indican que el enfermo estaría aquejado por un raro trastorno denominado el Síndrome del lobito bueno La peculiar dolencia, que afecta a los políticos con demasiada historia en la alacena, fue descrita por Lenin, en un libro plomizo, salvo en el encabezamiento. El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo se llamaba el engendro. Lo de Fraga es un calco, pero a la viceversa: El centro reformismo, enfermedad senil del conservadurismo Y la verdad es que el pronóstico en absoluto es halagüeño.