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90 CULTURAyESPECTÁCULOS DOMINGO 22 s 6 s 2008 ABC JAZZ Festival Móstoles a Todo Jazz Conciertos de Richard Galliano y Larry Martin Band. Lugar: Teatro del Bosque (Móstoles) Sónar, locura y verbena Los británicos Madness aportaron el viernes por la noche el espíritu retro y desenfadado a un festival que bajó ayer el telón de su XV edición con un balance artístico algo discreto y unas cifras de asistencia similares a las del año pasado POR DAVID MORÁN BARCELONA. Ni la crisis ni el exceso del festivales parecen haber hecho mella en un Sónar que, pese a todo, mantiene su tirón y bajó ayer el telón de su XV edición con unas cifras de asistencia similares a las del año pasado. Poco importa que al festival le haya entrado este año una ligera flojera artística: el gancho del Sónar es tan evidente que incluso sin grandes nombres el festival mantiene una estabilidad que, según pronósticos de la organización, se traduciría en cerca de 80.000 personas deambulando por todos los escenarios. A falta de que la noche de ayer acabara de redondear las cifras, aún hubo tiempo en el Centre de Cultura Contemporànea para que Matmos exhibieran los hallazgos de Supreme Ballroom con una esquiva y angulosa ración de crujidos, frecuencias aleatorias, ritmos burbujeantes y ruiditos varios. Tambié se pudo ver al japonés Ove Naxx azotando el Complex con una enfermiza sesión de terrorismo digital y machetazos rítmicos que dejaron el drum n bass a la altura del muzak de ascensor. El viernes por la noche, el Sónar retrocedió varios lustros para dar voz y voto a Madness, simpáticos intrusos que, a fuerza de llevarle la contraria al calendario, se han plantado en 2008 con disco nuevo- -en breve aparecerá The liberty of Norton Folgate -y un espíritu festivo que, a la postre, fue lo que menos desentonó en el Sónar de Noche. Con sus impecables trajes negros, sus gafas de sol, su colección de relucientes trompetas y trombones y, sobre todo, con ese repertorio bicolor que les hizo grandes cuando la música electrónica andaba aún gateando y con pañales, los británicos transformaron el SonarClub en una nostálgica y entrañable verbena que, nada más empezar, ya exhibió todas sus cartas con One Step Beyond A partir de ahí todo fue rodado: sobredosis retro, continuos guiños a la música jamaicana y una marea humana ajustándose al traqueteo de House Of Fun Our House e It Must Be Love con cadenciosos movimientos de rodilla y contagiosa euforia de fiesta mayor. Aún así, lo de los británicos no dejó de ser un simpático anacronismo comparado con lo que se cocía al mismo tiempo los escenarios vecinos: a un lado, la francesa Yelle oficiaba un fiestorro rave pasado revoluciones gracias a la sutileza con la que el bombo aniquilaba su repertorio; al otro, el hiperactivo Jamie Cullum exhibía su faceta más traviesa con un proyecto de fusión entre jazz y house. Con su hermano Ben entretenido con el moog y el ex Underworld Darren Emerson lanzando bases de houses pedregoso y acelerado, Cullum trasteó- -poco- -con los teclados, agarró el micrófono en un par de ocasiones y paseó sin pena ni gloria por una noche que tocó techo con los espléndidos revolcones de Shackleton y Flying Lotus. Del segundo, familiar de John Coltrane, se esperaba una sesión algo más humeante y tranquila, y algo de eso sí que hubo hasta que se le cruzaron los cables y empezó a retorcer ritmos con endiablada habilidad. De los primeros, en cambio, se esperaba una vibrante y rompedora relectura del dubstep y eso fue precisamente lo que ofrecieron. Ni más ni menos. ¿Y Justice? Pues como siempre: verbena con cortada tecnológica, hits convenientemente afeados por el sonido de los filtros, una cruz luminosa presidiendo el escenario y el público, como loco, dando a la razón a quienes aún creen que Daft Punk debería hincharse a royalties cada vez que estos otros franceses pisan un escenario. A Roisin Murphy, en cambio, se la vio encantada de haberse conocido alternando los buenos momentos house de sus álbumes en solitario y los tibios ramalazos acid jazz que se le escapan en directo. CONTEMPORÁNEA Operadhoy Lachenmann: La cerillera Int. E. Keusch, s. Laonard, Y. Sugawara, T. Hemmi, T. Kiba, H. Lachenmann, Coro y Orquesta de RTVE. Dir. M. Hermann. Lugar: Teatro Monumental. Madrid. Cierre diamantino LUIS MARTÍN Hablar de Richad Galliano es hacerlo de un erudito de la memoria musical del acordeón. A punto estuvo este hombre de perderse en la orquesta del vocalista Claude Nougaro, si no es porque el patriarca argentino Astor Piazzolla le hace reflexionar acerca de las posibilidades de su técnica. Desde entonces, Galliano es un intérprete irreductible, un músico que investiga en la elegancia y en la sutileza del sonido, un creador que no ha cedido un ápice de sus compromisos musicales en los últimos veinte años. Ha venido acompañado por el Tangaria Quartet que es gente cuya filosofía tiene la misma escuela: mucha frescura y ninguna trampa. Es una verdadera delicia ver cómo estos músicos se escuchan, cómo se estimulan mutuamente y cómo se divierten. En el violín, un técnico de enorme expresividad, Alexis Cárdenas. Y en el contrabajo, Philippe Aerts, capaz de salir y entrar en la concepción del ritmo a su antojo, sin recurrir para ello al turno de solos. Su propuesta es simple y contundente: abandonar la función convencional de acompañamiento, expandiendo el ritmo con un centelleo de comentarios en torno a la melodía dominante. Poco antes, compareció el grupo del baterista Larry Martin. Este quinteto elabora un estimulante cruce entre el blues vivido en el itinerario profesional de cada uno de los músicos, y la decisión tácita de evolucionar mirándose y probándose en el jazz. Y la posible complejidad de esa mezcla en otros, se viste, sin embargo, de facilidades en ellos cuando se aprecia el magnífico entendimiento en el desarrollo del muestrario de hallazgos que revelan siempre sus presentaciones. Ambos conciertos han sido las notas finales de un encuentro jazzístico que ha llegado a su cuarta edición proponiendo un programa equilibrado y de un eclecticismo envidiable. El resultado ha sido brillante. Dos de las reuniones quedarán para el recuerdo. Galliano y Abdullah Ibrahim han ofrecido noches inolvidables, pero también Benny Golson y Frank Lacy dejaron el poso benéfico de su grandeza artística. Náufragos ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE No hay duda de que la voz del compositor Helmut Lachenmann (Stuttgart, 1935) es potente, irreductible y radical. Impide cualquier diálogo pues sería tanto como reconocer que hay otro mundo posible. Cuando de hecho lo hay: la propia no música de Lachenmann sólo tiene verdadero sentido frente al aparato estético al uso, al que desdice como lo hace el hijo del padre. Es la botella en el mar sobre la que escribió Adorno, algo digno de admiración porque siempre lo es el náufrago superviviente, el eremita orante y el romántico idealista. Desde hace un tiempo, en España, el eco de su alegato debe mucho al trabajo del ciclo musicadhoy, ampliado a operadhoy, responsable ahora de la programación en versión de concierto de La cerillera ópera que toma como base el cuento de Andersen. En este sentido, el esfuerzo programador de su director artístico Xavier Güell está haciendo historia, al margen de las toneladas de caspa que cubren los teatros de ópera españoles, según expresa la boutade interesada que Tomás Marco incluye en su presentación del ciclo. De manera que durante dos horas, el Teatro Monumental ha acogido un alarde apabullante de medios, bocina de sonidos sin articulación y voces de mensaje encriptado en el efecto. Obviamente, no caben referencias al uso ante La cerillera forzada a sostenerse en un estadio sonoro previo a cualquier tradición. Sí ante un patio de butacas rodeado de voces e instrumentos, ante el control preciso del director Matthias Hermann, las voces de Elisabeth Keusch y Sarah Leonard desdobladas para una cerillera sin palabras o frente al inserto narrado en la voz del propio Lachenmann, seco, rotundo y paradójicamente emocionante. Se le aplaudió mucho al autor y a sus intérpretes. De pie, pero sin esa chispa que levanta al público como un resorte, sólo con el convencimiento de haber asistido a la experiencia de lo único. La desbordante realización de una imaginación portentosa, disuelta, atemporal y de admirable conciencia. Roisin Murphy alternó los buenos momentos house de sus álbumes en solitario y los tibios ramalazos acid jazz Alarde de medios Un momento de la actuación de Madness EFE