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ABC DOMINGO 22 s 6 s 2008 MADRID 67 Palacio de la Música: cerrado por defunción Tras 82 años forjando ilusiones y sueños, el Palacio de la Música cierra hoy sus puertas. El colaborador de ABC Enrique Herreros redacta el epitafio de este clásico de la Gran Vía que echó a andar con La Venus americana y que se detiene con Antes que el diablo sepa que has muerto POR ENRIQUE HERREROS MADRID. Hoy, 22 de junio, será su último día de existencia cinematográfica; cae- -en este caso cerrando sus puertas- sin fuerzas para seguir luchando; sucumbe fulminado como los puñetazos que propinaba Joe Louis, el Bombardero de Detroit. Desde el 14 de noviembre de 1926 hasta este domingo 22 de junio de 2008 ha mantenido un historial muy relevante con cientos de películas, muchas de ellas obras maestras del Cine, proyectadas en su dimensional y cuidada pantalla. Lógicamente, antes de que lo partieran en tres salas como si fuese un apetitoso queso de Cabrales. La codicia humana rompía el saco... Lo inauguró la SAGE (Sociedad Anónima General de Espectáculos) continuó la Gran Empresa Sagarra y culminó su esplendor la Organización Filmófono. Su primera película, La Venus americana, una cinta muda protagonizada por Mary Gray y Chip Armstrong, ambos conocidos en sus casas a la hora de merendar, y con la participación algo más renombrada de Louise Brooks en un papel secundario pero destacable; sus productores fueron pioneros del cine: Adolphe Zukor y Jesse Lasky. La última es Antes que el diablo sepa que has muerto. ¡Vaya título de clausura! ¡Ni adrede! Pero, detrás quedan otros inolvidables como Canción de cuna (Mitchell Leisen) Blanca Nieves y los siete enanitos (Walt Disney) Al servicio de las damas (Gregory La Cava) Las cuatro plumas (Zoltán Korda) Enviado especial (Alfred Hitchcock) ¡Qué bello es vivir! (Frank Capra) Escuela de sirenas (George Sidney) Gilda (Charles Vidor) La diligencia (John Ford) Lo que el viento se llevó (Victor Fleming) La túnica sagrada (Henry Koster) El pecado de Cluny Brown (Ernst Lubitsch) Los Diez Mandamientos (Cecil B. DeMille) La Enrique Herreros (centro) ayer en el vestíbulo con Juan José Daza (izq. y Manuel Casas, veteranos cineastas forjados en Dipenfa DANIEL G. LÓPEZ Desde el 14 de noviembre de 1926 ha tenido un historial muy relevante, con obras maestras del cine Esta noche seré testigo de su último pase. Nos reuniremos unos cuatro gatos... Pobre Palacio Depositaré una esbelta rosa blanca con espinas dentro de uno de los floreros dorados empotrados de Zuazo caída del Imperio romano (Anthony Mann) La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson) y un sin fin más. No olvidemos tampoco las buenas películas españolas, entre ellas: Don Quintín, el amargao (Luis Buñuel o Luis Marquina) Goyescas (Benito Perojo) El escándalo (José Luis Sáenz de Heredia) Huella de luz (Rafael Gil) La Orquesta Nacional Paralelamente, en la década de los cincuenta, la Orquesta Nacional tocaba todos los viernes por la tarde en el Palacio; en esa época, en la que uno estaba enganchado a un amor imposible- -como deben de ser los amores- -creció mi afición musical. Dentro de aquel amplio y bello escenario he visto y escuchado dirigir a Ataulfo Argenta, Eduardo Toldrá, André Cluytens, Carl Schuricht, Serge Celebidache, Igor Markevitch, Igor Stravinsky y tantos otros grandes maestros. Guardo encuadernados los programas, llenos de mis notas juveniles. Sin embargo, el principio de su desintegración se inició en 1956, cuando a un tal Juan Felipe Molina Mogorrón, desembarcado de Pedroñeras, le pusieron al mando de Filmófono que era como si hubieran designado en 1938 a Josip Vissarionovich Yugachvill- -nuestro padredicito Stalin- -Vicario de Cristo en la Tierra, en lugar de Pío XII; continuó la desmembración Rafael Mateo Tari, hijo del gran exhibidor del Capitol, Don Manuel, de quien guardo tan buenos recuerdos; aunque la caída final del Palacio- -como siempre lo llamábamos- -la pertrechan los ladrillos de nuestro tan concurrido Levante. ¿Otros tiempos? ¿Que los públicos ahora desprecian ir a los cines de la Gran Vía? ¿Mala programación? ¿La tan cacareada especulación? ¿Abandono y deterioro de un local que relucía como los chorros del oro? ¿Qué se yo? Lo cierto será que esta noche seré testigo entre pocos espectadores de su último pase, nos reuniremos unos cuatro gatos... Pobre Palacio, quién lo ha visto y quién lo ve. Además, será la primera vez que pase por taquilla. He crecido allí, mientras mi padre era un importante ejecutivo y yo un insoportable crío; después, un discreto estudiante y, más tarde, un abnegado peliculero. Me acompañarán dos veteranos cineastas: Juan José Daza y Manuel Casas, ambos forjados en Dipenfa por cuya casa de películas también pasamos mi padre y yo. Durante la proyección depositaré una esbelta rosa blanca con espinas dentro de uno de los flore- Uno de los pocos testigos ros dorados empotrados en las paredes laterales que diseñó el arquitecto Secundino Zuazo entre 1924- 26. Al dejar la flor me acordaré de Ricardo Urgoiti, forjador del invento; de Juan Pérez García, Marino Cuevas, Eduardo Flaquer, destacados ejecutivos; de Santiago Aguilar y Salvadorito Sanz, ambos del capacitado departamento de publicidad; de Cora, el gran proyeccionista, Juan Tomás, el incansable representante y, por supuesto, de Augusto, aquel primer abrecoches negro cuya sonrisa le abarcaba toda la cara, adornada con un bigotito a lo Clark Gable, que atendía a los escasos coches que venían por la Avenida de Pi y Margall, antes de julio de 1936. Pero, por encima de todos ellos, pensaré en mi padre, en sus campañas publicitarias; en las acertadas películas que elegía para aquel local incomparable y en las fachadas que se sacaba de la manga para impresionar a los que pasábamos por delante. Él me enseñó amar a las películas, sobre todo, las americanas; nunca me ha interesado el llamado cine de mensaje, me adormecía como si fuese un simple lirón. Lo siento mucho, Sr. Emir Kosturika...