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ABC DOMINGO 22- -6- -2008 INTERNACIONAL 39 El laberinto de La Paz Es la ciudad más alta del mundo, y la más pobre añaden algunos de sus habitantes. Se puede recorrer de arriba abajo, de las calles más humildes e indígenas, a los barrios más acomodados de San Miguel o Colacoto, pero no acabas de conocerla nunca POR MIGUEL SÁNCHEZ- OSTIZ LA PAZ. La Paz es una ciudad en la que, en una mañana, en poco rato y sin recorrer muchas calles, te puedes encontrar con un desfile militar, con un entierro, con una violenta manifestación (o dos) de ponchos rojos y con una asombrosa procesión de San Antonio de Papua, escoltada por máscaras fantásticas, cholas de vestidos lujosos, sahumerios varios y pimpantes mozas que llaman. La Paz puedes recorrerla de arriba abajo, de los barrios más pobres e indígenas a los barrios más acomodados de San Miguel o Colacoto, pero no acabas de conocerla nunca. Por no hablar del fabuloso y bronco termitero de su apéndice, la ciudad de El Alto, puerta del altiplano, bajo las cumbres del Huaina Potosí, donde el mercado sin tregua se compagina con la bronca política algo más que brava: la ciudad más alta del mundo, y la más pobre añaden algunos de sus habitantes. La Paz es la ciudad de mayor presencia indígena, aymara, de Bolivia, con una clase media industriosa, mucha clase política que merodea a diario en torno al palacio presidencial, y una bohemia sombría como la llamaba Ramón Rocha Monroy, que sin embargo ha dado obras literarias notables: las del pintor Arturo Borda (El loco) la de Jaime Sáenz (Felipe Delgado) y la del maldito entre los malditos, Víctor Hugo Viscarra (Borracho estaba pero me acuerdo) convertidos en mitos de la literatura urbana que ha hecho de La Paz un protagonista literario de primer orden. La Paz es una ciudad en cuyas calles, además de perder el resuello, puedes dejar, como te descuides, el pellejo. Una ciudad hundida entre montañas lunares que pintó Tamayo, y presidida por las imponentes cumbres del lllimani nevado. El centro de La Paz es un inmenso zoco que parece no dormir nunca y en el que se comercia, se discute, se echan mítines y se comen platos suculentos para los que hay que dejar melindres en casa. En el laberinto de esas calles, los compradores de oro se dan la mano con los yatiris que adivinan el porvenir en las hojas de coca, y a quienes se ha dado carta de naturaleza en dispensarios públicos, y estos con las vendedoras de frutas, verduras, pescados del Titikaka, electrodomésticos, deportes, menaje casero, ferretería, y algo más lejos, los traficantes de armas del barrio Chino, cercanos a los que predican el fin inmediato del Mundo y a los comerciantes de polleras de lujo para las cholas o especializados en cosas de niños, esa menuda presencia de las calles bolivianas que a menudo encoge el corazón. Son demasiadas las cosas en Bolivia que encogen el corazón, es demasiado largo el recuento de los agravios y la forma periódica en que se avivan estos. juntarse en la plaza de San Francisco que hay quien define como un Hyde Park versión aymara. Ahí, el griterío político tiene un trasfondo cotidiano de jugos, asaduras, limpiabotas, cucos, saltimbanquis, oradores vibrantes, foros de discusiones, vendedores de remedios inverosímiles... Pocos días después, por ahí pasaron los cincuenta mil bailones de la morenada del Gran Poder y enseguida se celebrará con el amanecer, el año nuevo aymara. Apoyo a Morales Los extranjeros La mayor presencia indígena El pasado 4 de mayo, en la plaza de San Francisco los ponchos rojos, desfilando marciales, pedían sangre de los cambas, los habitantes de Santa Cruz de la Sierra, y de los extranjeros, mientras por los altavoces, las canciones acunaban la marea de cocaleros que bajaban de los altos del pulguero de la Avenida Argentina o subían a contracorriente Prado arriba, hasta Los ponchos rojos, desfilando marciales, pedían sangre de los cambas, los habitantes de Santa Cruz Esa fue una de las muchas concentraciones multitudinarias en apoyo del presidente Morales y en contra de las autonomías regionales. Hace unos días, los ponchos rojos cercaron la embajada norteamericana y hubo quien declaró de manera siniestra que solo era un ensayo general. Frente al mestizaje y su cultura se alza, cada vez más virulento, el katarismo del indigenismo más bravo. Muchos son los que aborrecen la injerencia de Hugo Chávez, y no pocos los que acusan a Morales de haberse rodeado solo de intelectuales; otros más ven que ha llegado su hora, la hora de los humillados, y actúan en consecuencia. Y se echa en falta un espacio de verdadera convivencia pacífica. Ahora mismo, Bolivia es un atolladero más que un laberinto y sus bloqueos de carreteras, los vibrantes discursos de sus líderes, su articulismo político y sus manifestaciones casi diarias, todo un símbolo y una expresión de una sociedad dividida, entre blancos e indígenas, entre partidarios de una economía neoliberal y los enemigos de esta, entre partidarios de una sociedad mestiza y partidarios de una sociedad indígena. Uno de los jóvenes que resultó muerto en la discoteca mexicana AP Doce muertos por una estampida en una discoteca de México D. F. MANUEL. M. CASCANTE CORRESPONSAL CIUDAD DE MÉXICO. Doce personas (entre ellas, dos policías, un agente judicial y siete menores de edad) murieron durante una operación policial desarrollada en la noche de viernes en una discoteca de la Ciudad de México. El antro, de nombre News Divine, se convirtió en una trampa mortal cuando 200 agentes intentaban ingresar al local. Según la primera versión oficial, cuando los policías accedían al recinto el dueño de la discoteca apagó la música y por la megafonía instó al público a abandonarlo. Las más de 800 personas congregadas (en su mayoría, menores de edad) intentaron salir en estampida por la única puerta del establecimiento. Al encontrarse en la calle con más agentes, muchos jóvenes intentaron retroceder sobre sus pasos, empujándose unos a otros mezclados con los agentes, lo que ocasionó la tragedia. Se concentró la gente en la salida, una salida muy pequeña, y fue allí donde se generó que murieraran por asfixia explicó el secretario de Seguridad Pública del Gobierno capitalino, Joel Ortega, quien culpó de los sucesos al dueño del garito. La operación policial se había puesto en marcha ante las denuncias de los vecinos sobre la supuesta venta de alcohol y drogas a menores de edad. Pero medio millar de parroquianos se congregaron después en el lugar y, entre gritos de ¡Asesinos! apedrearon a los cerca de 800 policías que lo resguardaban. Según informaciones de Prensa desmentidas por las autoridades, la desbandada pudo originarla un agente del orden, quien habría arrojado gas lacrimógeno en el interior del inmueble. Incluso un testigo aseguró que los policías habían llegado a disparar sus armas.