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Martes 17 de Junio de 2008 Editado por Diario ABC, S. L. Juan Ignacio Luca de Tena 7. 28027 Madrid. Teléfono: 913399000. Publicidad: 902334556. Suscripciones: 901334554. Atención al cliente: 902334555 Diario ABC, S. L. Madrid 2007. Prohibida la reproducción total o parcial sin el permiso previo y expreso de la sociedad editora. Número 33.785. Depósito Legal: M- 13- 58. Apartado de Correos 43, Madrid Precios de ABC en el extranjero. Alemania: 2,05 Bélgica: 2,00 Estados Unidos: 2,50 USD. Francia: 2,05 Irlanda: 2,10 Italia: 1,75 Holanda: 2,00 Portugal: 1,35 Reino Unido: 1,20 LE. Suiza: 3.40 CHF. Marruecos. 16 Dh. COSAS MíAS Edurne Uriarte EUROPA GASEOSA E A la izquierda, Deborah Voigt en marzo de 2004; a la derecha, visiblemente más delgada, en mayo de 2006 AP La soprano ya entra en el traje Deborah Voigt vuelve al Covent Garden para cantar Ariadne en Naxos en la misma producción de la que la expulsaron por estar gorda. Ahora, la cantante pesa sesenta kilos menos que entonces POR JULIO BRAVO eborah Voigt ha vuelto al lugar del crimen. Lo ha hecho cuatro años después y sin muchos de los kilos que la convirtieron entonces en protagonista de un sonoro escándalo operístico. A Deborah Voigt- -estadounidense, una de las grandes sopranos dramáticas de nuestro tiempo- -la expulsaron de una producción de Ariadne en Naxos ópera de Richard Strauss, en el Covent Garden de Londres. Su crimen no fue desafinar ni estar por debajo de lo esperado musical y artísticamente (de hecho, es una de las grandes intérpretes de este papel) La razón fue que la soprano no cabía en uno de los trajes, un vestido negro de cóctel que no era de su talla. Los responsables del teatro, lógicamente, no achacaron la rescisión del contrato al excesivo peso de la, ciertamente, voluminosa cantante, sino que recurrieron a una exquisitamente británica explicación: no había discriminación, sino que Deborah Voigt no era teatralmente convincente para una producción que le obligaba, dijeron, a correr por el escenario, subir y bajar escaleras y tirarse al suelo. Una explicación muy polite que, sin embargo, no convenció a nadie y que generó un vivo debate en el mundo de la ópera, cada vez más mediatizado por la imagen. El director musical del Covent Garden, el italiano Antonio Pappano, llegó incluso a calificar como un montón de basura las informaciones que recogieron el incidente del vestido negro. Cuando se contrata a alguien para un papel determinado hay que tener en cuenta su apariencia y su interpretación. No es algo tan simple como decir que no cabe en el traje. Hay muchos otros factores Pero Deborah Voigt ya cabe en el traje, y ha vuelto al coliseo londinense para protagonizar la ópera que no pudo cantar entonces. En estos cuatro años su cambio físico ha sido espectacular; poco después del rechazo del Covent Garden la cantante se sometió a una operación para reducir su estómago y como consecuencia de esta intervención- -que ella tenía ya en mente desde hacía tiempo- -perdió más de sesenta kilos. No necesitaba- -ha dicho la soprano hace unos días- -que me lo dijeran en el Covent Garden para saber que estaba gorda La propia cantante reconoce ahora, y ella es el mejor ejemplo, que el mundo de la ópera ha cambiado mucho en los últimos años, y que pensar que uno puede seguir triunfando en los escenarios con 120 kilos de peso es una ingenuidad. Así se lo digo siempre a los cantantes jóvenes asegura. Y como prueba de que se ha tomado la cosa con humor ha colgado en Youtube un vídeo en el que coquetea con el vestido de la discordia. D s muy posible que la Europa gaseosa que estamos construyendo reciba tortazos como el irlandés cada vez que se consulte a los ciudadanos. Si es que alguien se atreve a seguir consultando. El portazo irlandés no parece un aislado capricho nacional, más bien la muestra de una desilusión creciente ante esta Europa que iba a ser una gran nación y no ha conseguido pasar de una idea gaseosa, sin alma, sin personalidad, sin fuerza, sin cohesión, sin pueblo. Una casa sostenida sobre cimientos de arena, como escribía ayer Juan Manuel de Prada. Una casa sin nación, que es el problema de Europa. Europa es una burocracia sin un pueblo detrás. No existe una nación europea que se sienta como tal, comprometida con su nación política, para el futuro y para los sacrificios del presente, si así fuera preciso. Qué nación puede haber en un parlamento europeo en el que los legisladores ni tienen ni quieren tener una lengua común y no pueden entenderse sino a través de intérpretes. Y qué nación puede haber en una Europa en la que las decisiones conjuntas salen de la guerra de estados y no de un interés común europeo, que, por supuesto, ni existe ni se le espera. Cuando Europa era una ilusión, una promesa de modernización, de desarrollo, de sofisticación, todo iba bien. Muy especialmente en países como el nuestro, deseosos de emparentar con un nombre social y políticamente tan prestigioso. Pero modernizados, desarrollados y sofisticados como ya estamos muchos países europeos, los irlandeses y nosotros, entre otros, Europa necesita un alma política para continuar. Una nación y no un artificio burocrático sostenido en traductores simultáneos.