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ABC LUNES 16- -6- -2008 81 cia la enfermería con las trofeos en las manos era épica descarnada. La batalla también había sido de bayoneta calada en el anterior, un toro de Puerto de San Lorenzo cinqueño, con mucha cara y manso navajero. A José Tomás, a tumba abierta desde que pisó el ruedo, apenas le salió nada limpio con el capote. Se imponía la actitud de la quietud por encima de la limpieza en chicuelinas o gaoneras. La apuesta caminó siempre por la cuerda floja del terror y el vacío de vértigo de un precipicio tenebroso. Tenebrosa la gloria de José Tomás. Rodilla en tierra abrió faena. Pronto se echó la muleta a la zurda. La colada de la bestia avisó; en la siguiente no perdonó. O sí, porque las astifinas astas empalaron al torero sin ensartarlo. La sangre de su rostro era del morrillo, de la caída a plomo sobre las banderillas. Cambió de mano, y hacia adentro, a tablas, en el 4 el toro se los tragaba; hacia las afueras, las dentelladas rozaban las femorales y la faja. Las distancias se habían reducido. La gente no respiraba. Y cuando parecía que el miedo tocaba a su final volvió a presentar la izquierda en una llamada terrorífica. Tropezó el toro a José Tomás, como lo había tropezado uno de El Fundi en un quite de capote a la espalda hasta tirarlo con los cuartos traseros. Demasiado. Vivíamos la versión B de José Tomás, distinta a la bella del pasado día, a puro huevo ésta, pasase lo que pasase, patetismo trágico belmontista de la Edad de Oro. Otra oreja, que había sido la primera de las tres. Puerta Grande abierta, Puerta Grande cerrada y cambiada por la enfermería. Los cuatro toros de Puerto de San Lorenzo que pasaron el reconocimiento fueron desiguales y plenos de mansedumbre. El tercero humilló más y con nobleza aunque se vino abajo en la muleta de Juan Bautista; el altísimo primero derrotaba siempre por encima y sin fijeza del estaquillador de El Fundi, que realizó un esfuerzo último. Los remiendos de Victoriano del Río, con el hierro de Toros de Cortés, tampoco alcanzaron ni de lejos la excelsitud de otros ejemplares suyos lidiados recientemente. Feo el cuarto, andarín y pendenciero; sin clase ni ritmo el sexto, aun manejable. A José Tomás le falló su equipo de campo. La séptima Puerta Grande se descerrajó para JT. Pero la salida a hombros fue por la enfermería, sobre una camilla, con tres cornadas, intactos el honor, el prestigio, la dolorosa gloria de una crucifixión voluntaria. MARCAJE AL MITO Y la Séptima fue de sangre ANTONIO ASTORGA MADRID. Delirium tremens en el Palace y en Las Ventas, principio y continuación de la epopeya tomista de ayer. El público, con el corazón encogido, brama de miedo al ver a su ídolo caído, herido, enganchado, rehecho, corneado, vuelto a cornear, resurgido de las cenizas de la arena, y operado en la enfermería de la plaza de tres cornadas. El miedo no lo paga ningún salario comenta un tomista de pro. José Tomás, bañado en sangre, dedica su primer triunfo a la afición, y visita por su propio pie la enfermería a las ocho de la tarde. Allí permanece un cuarto de hora. Es asistido de un puntazo en su mano izquierda, y de una herida en la cara. El Godot de Galapagar regresa a la arena, y una hora después retorna a la enfermería enhiesto, con las orejas en las manos, para ser operado. Las heridas luminosas clavadas en su cuerpo como carnívoros cuchillos no cambiarán su gesto. Al gentío se le saltan las lágrimas. No puede con tanta tensión. Piero, un italiano que llegó para ver a JT desde Roma, lo define: ¡Questo gladiador es un extraterrestre! Mientras JT es operado el pueblo rodea la plaza con silencio expectante. A las seis y diez de la tarde salía el torero del Palace camino de las Ventas. El monovolumen azul marino le espera en la puerta principal. Un puñado de ciudadanos hindúes se confunde con marabunta de españoles que le asaetean a fotografías, le abrazan, le piden autógrafos y le besan. José Tomás pasa delante de nosotros con el rostro abstraído, pero amable. La abstracción de Santo Tomás provenía de abs- trahere que significa sacar, separar, extraer. José Tomás firmaba autógrafos pero ese fetichismo no estaba en su mente. Sacaba, separaba, extraía su pensamiento y miraba al infinito. Hombres y mujeres se enganchan al torero y, queriendo repetir la apoteosis del 5- J, casi le desnudan antes de llegar al coso. Se abrazan a su chaqueta corta, luego a sus alamares y bordados en oro, plata y seda, se descuelgan de las hombreras. quieren tocar, besar, aplaudir, animar, darle suerte al ¡torero! ¡torero! ¡torero! emblema con el que se enronquecían, pero su cohorte de protectores guarda en seda al diestro de tabaco y oro, con la taleguilla muy ajustada. Los aficionados, hambrientos de deidad, rodean las borlas y sus hombreras. Casi le tiran del corbatín, una cinta muy fina que se anuda como corbata, y porque no nos dejan que si no casi le cortamos la coleta amenazaban. Mientras camina por los pasillos del Palace en dirección al coche José Tomás piensa, abstraído, en las puertas de la gloria, de la leyenda, del cielo. Al pie de la escalera le aguarda su cuadrilla, encabezada por Miguel Cubero, hermano de Yiyo. La escolta pretoriana traslada a su general al coche, que se sienta en el centro, entre el piloto y el copiloto. Con la Castellana cortada la mejor ruta es bajar hacia Atocha, girar por Alfonso XII y subir por la calle Alcalá camino de la Séptima Copa en las Ventas. Allí llega a las 18: 40. La multitud aguarda ansiosa, quiere que el coche le deje tocar la carne del torero. José Tomás entra estrujado, apretujado en abrazos, palmas, vítores, santificado para la epopeya en sangre, oro y arena. Saluda a las cuadrillas, a los jornaleros del toro, esos grandes hombres que protegen como ángeles de la guarda a sus maestros, no entra en capilla, y enfila la puerta de caballos para colarse por la rendija derecha de una madera rojiza y tardía camino del paseíllo. Mientras, en la soledad del burladero, José Tomás beberá agua en el fondo de un vaso dorado, liso, el llamado cáliz de la sangre y del triunfo, de los héroes sacrificados, del alma en vilo, del corazón en un puño. En las paredes doradas de ese vaso los ojos del matador verán reflejado su rostro serio, con la mirada perdida, abstraída, como ha permanecido toda la semana en Estepona, su sanctasanctorum. Después llegarán las heridas luminosas del ídolo, del mito. Y los aficionados, con los ojos vidriosos orillados en lágrimas, le confesarán a la fotografía dedicada de JT: Me has hecho emocionarme. Esto es lo más bonito que me puede pasar mientras salían del coso mudéjar toreando calle Alcalá arriba, calle Alcalá abajo, recordando la Séptima, que fue de sangre. José Tomás, a su salida del hotel Palace camino de la plaza BOTÁN Patetismo trágico belmontista Del burladero al callejón IGNACIO GIL Inicio de faena, doblándose por bajo IGNACIO GIL Vuelta al ruedo tras cortar una oreja al segundo IGNACIO GIL