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10 OPINIÓN SÁBADO 14 s 6 s 2008 ABC AD LIBITUM LA PATRAÑA RESUMÍA Víctor Hugo de nombrar a las cosas por su nombre, sin los innecesarios rodeos acostumbrados por sus colegas y contemporáneos. J ai nonmé le cochon par son nom. Llamarle cerdo al cerdo es admirable y, aunque en la Historia son muchas las grandes plumas que se han perdido por vericuetos sin salida, en nuestros días se hace imprescindible que el pan sea pan y vino el vino. La excepción de la norma es un privilegio gubernamental en el que se afanan, junto a José Luis Rodríguez Zapatero, gran maestre de la orden del eufemismo y el disimulo, los chicos y chicas de su M. MARTÍN alegre e insolvente comFERRAND pañía. Los miembros y las miembras de una troupe sin precedentes en el mundo del espectáculo, artistas singulares capaces de reír cuando las circunstancias requieren llanto e incapaces para la lágrima cuando el dolor la requiere y justifica. Sólo la propaganda y el fatalismo mantienen a Zapatero en la cresta de la ola, en el machito. Nadie, ni el mismísimo Joseph Goebbels, manejó con tanto garbo y maestría las artes de la propaganda como lo hacen los expertos del líder socialista que en eso, hay que reconocérselo, resulta único y admirable. Zapatero miente por la barba y por la mitad de la barba; pero lo hace con tanto aplomo y seguridad, en la actitud de quien nunca ha roto un plato, con la machacona insistencia que es capaz de convertir las mentiras en verdades, que resulta verosímil para quienes, en la inercia del acatamiento, priman al poder establecido, independientemente de su color y maneras, con el canon de su incondicionalidad. Lo de la fatalidad es obvio. Cada país tiene el Gobierno que se merece y está claro que nosotros, consentidores y complacientes, devotos del mal menor e irresponsablemente acríticos, hemos fraguado un monstruo que, rodeado de otros- -y otras- -de parecida condición integran un conjunto chapucero y engañoso, distante de la realidad, incumplidor de cuanto promete y dispuesto a aceptar los órdagos que le presentan los acontecimientos. Conocedores de que la merienda la pagaremos nosotros, sólo se ocupan de seguir ahí, sobre el pedestal de su acreditada incapacidad. Saben que la magia de no nombrar las cosas por su nombre les basta para saltar de la primavera al otoño y del otoño a la primavera. Me decía Jaime Campmany, de quien ya lloramos tres años de ausencia, que Zapatero podría llegar a ser una enfermedad crónica para España a poco que colaborase el PP y las circunstancias no le pusieran en evidencia. Lo del PP ya está hecho, incluso con insensata demasía, y las circunstancias han quedado obviadas con la mentira permanente. En la crisis económica que no es crisis y en la huelga de transportes que no es huelga tenemos la prueba evidente. No hay mal que dure cien años, pero noventa y nueve ya son muchos. Incluso ocho lo son. EL ARTE DE P HAY MOTIVO SOLBES, LOS LAPSUS Y LOS TRABALENGUAS N un súbito arranque de desesperación, o de sinceridad, o de vergüenza, el vicepresidente Solbes ha dicho, por fin, crisis con absoluta claridad y sin comerse ni una letra. Si Solbes ha decidido dar la cara después de haberle echado tanta jeta, es porque los hechos son tozudos- -ya lo advertía el camarada Lenin- -y tienen, además, muy mala leche. El responsable de las cuentas sabe (lo ha sabido siempre) que ese cuento de hadas del optimismo patriótico que insiste en colocarnos Rodríguez Zapatero puede acabar tan mal como el de la lechera. Lo mismo que no ignora que el principal intérprete de la farsa burlesca, el autor del libreto, el director de escena, el jefe de la claque, el attrezzista, el acomodador y el taquillero, se parecen muchísimo a ese señor que el señor Solbes se encuentra cada día cuando se mira en el espejo. Él fue el que echó a rodar la bola, el que trucó la báscula y falseó los pesos, el que afirmó que el terremoto era un tembleque, el que, amen de mentir, elaboró el argumentario para que los demás mintieran sin incurrir en titubeos. Pero don Pedro Solbes, que, al cabo, es perro viejo, sabe que, en la polítiTOMÁS ca española, los mentirosos reinan soCUESTA bre el mentidero y que engañar al personal, según el reglamento, ni tan siquiera es falta, sino un lance del juego. Y si ha mentado la bicha a bote pronto, dejándolo caer, con la boca pequeña, es por cubrirse las espaldas y porque no le hagan de memo. Meterse en la piel del tonto útil (un papelón sobradamente acreditado en el dramatis personae de la izquierda) exige condiciones, vocación y madera. Véase el caso de doña Bibiana Aído, por poner una ejempla. Merced a sus desbarres idiomáticos y al desparpajo obsceno con que le da gusto a la lengua, la risa floja ha destensado las mandíbulas cuando ya se mascaba la tragedia. ¿Tonta? Quizá; pero, por el momento, dejémoslo en analfabeta. ¿Útil? Más que una llave inglesa. E El señor Solbes (que se ha prestado a todo- -y a todos, por supuesto- que ha comulgado con ruedas de molino y tragado con carros y carretas) no se presta a ejercer de tonto útil y prefiere enmedalla en vez de sostenella O sea, que, aprovechando que el Pisuerga pasaba por la puerta del Congreso (porque los ríos, desde que tienen dueño, pasan de todo y por donde mejor convenga) ha roto el tabú, quebrantado los sellos, nombrado lo innombrable, violado el silencio. Crisis, ha dicho Solbes: una palabra al vuelo que ha dejado a los suyos a culo pajarero. El ex ministro Alonso, que, más que un portavoz, es la boca de ganso por la que habla Zapatero, se ha acogido al lapsus sin perder un momento. Otrora, los que se hallaban en apuros- -bien fuesen culpables o inocentes- -se acogían a sagrado en las iglesias, pero el señor Alonso, un sans- culotte del laicismo, prefiere lo del lapsus que, siendo un latinajo, le suena más moderno. Alonso, en efecto, está que trina, que grazna y que gansea. Y hay que convenir, por no pecar de injustos, que le sobran motivos para ello. Porque, después de haber logrado sintetizar la coyuntura en un resplandeciente trabalenguas, la rajada de Solbes le ha puesto en evidencia. ¿Con qué va a despacharse en las ruedas de prensa? Mira que le ha costado soltarlo de corrido, sin trabucarse ni una pizca, sin ningún balbuceo: La desaceleración se ha acelerado ¿Quién la desacelerará? El desacelerador que la desacelere buen desacelerador será Áteme usted esa mosca por el rabo y los que quieran más que vuelvan. Claro que, si el guión se altera, huelgan los comentarios, huelgan los camioneros, huelgan los trabalenguas (está visto que aquí, o nos toman el pelo, o nos sacan la lengua) Aceptemos que Solbes es un lapsus (un lapsus de una pieza) pero lo de la crisis ni fue un lapsus ni un arrebato honesto. Fue la manera de recordarle al presidente que su estimado Sebastián, por muy zorro que sea, tendrá que contentarse con contemplar la parra y afirmar que las uvas todavía verdean.