Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC VIERNES 13 s 6 s 2008 VIERNES deESTRENO 95 Nikita Mikhalkov, director y uno de los protagonistas de la película ABC Cine, teatro, tele, Fonda, Rodero, blanco y negro El estreno de 12 en la Rusia de Mikhalkov es una sombra alargada y mísera del 12 angry men de Sidney Lumet en la Norteamérica de la guerra fría y de los 12 hombres sin piedad de Gustavo Pérez Puig en la España predemocrática E. R. MARCHANTE La naturaleza primera de esta historia es teatral (la obra de Reginald Rose) aunque la memoria se debata ahora entre su naturaleza cinematográfica o la televisiva. Doce hombres sin piedad es tanto Henry Fonda como José María Rodero, y ambos en blanco y negro, y ambos vistos en la pantalla de televisión. Sidney Lumet, un hombre que pertenecía al mundo de la televisión, convirtió esa obra en película en 1957, y Gustavo Pérez Puig, hombre eminentemente del teatro, convirtió la historia en pura televisión en 1973 (aunque tal vez aquellos Estudio 1 fueran más teatro que televisión) Pero, sea cual sea su naturaleza, si teatral, cinematográfica o televisiva, la esencia de esta historia es diáfana y mira fijamente a un lugar inequívoco: la inocencia del hombre. Tal vez un asunto que se ha de ir zanjando siglo tras siglo, pero que en el nuestro ha tenido una importancia capital. Por principio, se es inocente. Es curiosa la contradicción en el doble sentido de la palabra: cuanto menos inocentes (simples) somos, más inocente (no culpable) ha de considerarse al individuo. Se pierde candidez para ganar exculpación. Pérez Puig nos abría de par en par, en pleno estertor del franquismo, una sala de justicia. Así arrancaba su puesta en escena, con una sala vacía, la bandera norteamericana y un fondo musical de western (en realidad, la música de Noches de blanco satén José María Rodero tenía que convencer de esa sencilla tesis (por principio, se es inocente) a Jesús Puente, José Bódalo, Luis Prendes, Ismael Merlo, Sancho Gracia, Pedro Osinaga, Manuel Alexandre, Carlos Lemos, Fernando Delgado, Antonio Casal y Rafael Alonso. Pero, sobre todo, tenía que convencer al espectador. Lumet había inventado años antes el calor en la sala y la claustrofobia, pero cualquiera que viera aquel Estudio 1 recordará la sensación de un Sancho Gracia licuándose en plano corto. Es evidente que la película de Lumet significaba un alegato no tanto a favor de la inocencia del hombre como en contra de la pena de muerte. Algo a lo que la obra de Gustavo Pérez Puig posiblemente no aspiraba, pues tenía un objetivo más cercano, palpable, inofensivo: el derecho a no ser tratado como culpable. Tal vez lo que ocurre es que esa historia clara, inequívoca, contenga en su interior algunos resortes que, manoseados, le cambien ligeramente el recado o la munición. Y tal vez lo que haya hecho Mikhalkov sea precisamente eso: un ligero golpe de muñeca y tocando las mismas teclas ofrece una melodía radicalmente distinta. 12 Rusia 2007 153 minutos Género- -Drama Director- -Nikita Mikhalkov Actores- -Nikita Mikhalkov, Sergey Makovezkij, Mikhail Yefremov, Sergei Garmash Una revisión sin piedad F. MARÍN BELLÓN Hace medio siglo, un jovenzuelo procedente de la tele debutó en el cine con una película en la que doce tipos deliberaban en una sala. Medio siglo después, Doce hombres sin piedad reposa en el estante de las obras maestras y su autor todavía colea, a punto de cumplir los 84, hasta el punto de que dignifica nuestra cartelera con la estupenda Antes que el diablo sepa que has muerto Invirtiendo los usos y los husos del mercado, un ruso que solo era un niño cuando se estrenó aquel filme de juicios se ha atrevido a robar el argumento para llevárselo a su país, aderezarlo de historias que parecen salidas de la chistera de Che- Da casi pena conocer el clásico, porque de otro modo uno pensaría que Mikhalkov ha descubierto la pólvora jov y añadirle un giro que enriquece un final inmejorable. Mikhalkov, quien se permite el lujo añadido de reservarse un jugosísimo papel, demuestra un respeto por los mayores solo superado por su insolencia. No es que el autor de Ojos negros enmiende la plana al maestro, pero demuestra, por lo menos, que no todo está perdido en esto del cine. Agarra a once desconocidos (para el ojo occidental) y los coloca a la altura de Henry Fonda, Martin Balsam, Jack Warden y compañía, los tiene casi tres horas parloteando y consigue que el lector no se pierda en los matices de sus disputas, aligera con sabiduría de viejo zorro la peligrosa densidad de la palabra, mueve la cámara (y la navaja) lo justo para no agobiar, sin dar ni un traspiés delator. A ratos da casi pena haber visto el clásico, porque de otro modo uno saldría del cine pensando que Mikhalkov ha descubierto la pólvora. Al final, conocer el original es un motivo más de alegría, porque permite paladear el último acto en toda su grandeza, tan revelador sobre el ser humano como el comportamiento anterior de los doce hombres del jurado. Porque si el ser humano puede ser miserables o misericordioso, cuando juega a ser Dios y tiene la oportunidad de decidir el destino de sus semejantes aún es capaz de encontrar dentro de sí nuevas inmundicias que enseñar.