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16 ESPAÑA La ofensiva etarra s Así fue la explosión LUNES 9 s 6 s 2008 ABC Si explota medio minuto antes... Cinco trabajadores de la rotativa, que se encontraban en la zona del atentado, recuerdan la escena, con la cara desencajada, el pelo blanco, los ojos rojos... tropezando entre las bobinas, y cegados por los brillos de las alarmas JULIÁN MÉNDEZ BILBAO. Un albérchigo. A Iñaki Valencia, de 48 años, sólo le había dado tiempo a comerse un albérchigo en toda la madrugada. Llevaba trabajando sin parar cinco horas y media entre el tumulto mecánico de las rotativas cuando la bomba reventó bajo sus pies. Vestido con el pantalón y el chaleco azul, común entre los trabajadores de Artes Gráficas, Iñaki Valencia se encontró rodeado de humo blanco, polvo y gritos. Echó a correr en busca de sus compañeros de las máquinas 4 y 5, orientándose entre la polvareda y con la garganta agarrotada. Pensé que alguno podía estar herido recuerda antes de reincorporarse a una nueva madrugada entre las rotativas. En esa zona, trabajan de continuo cinco obreros. Cinco encargados de que la impresión del diario vaya sobre ruedas. Álvaro, Mónica, Iñaki, Roberto, Álex... Olía raro, a quemado, a pólvora o a algún explosivo. Un humo blanco lo llenó todo en un instante y yo salí a buscar a mis compañeros repite Iñaki. ¿Qué ha pasado? gritaban. Los cinco estaban desperdigados. La rotativa acababa de romper el papel y tres de ellos estaban preparando la bobina. Cegados, entre los brillos naranjas y rojos de las alarmas, los cinco se llamaban. Unos a otros. Sin verse. Empecé a escuchar a Álvaro, que es un chico alto, que ha jugado a baloncesto y tiene una voz enorme. ¿Dónde estáis? nos decía Fragmentos del hormigón de la estructura habían salido volando como auténticos proyectiles, perforándolo todo a su paso. Pero Iñaki no lo supo hasta anoche, cuando recorrió con pasos lentos la escena del atentado. Al primero que encontró fue a Roberto Gallego, en la cabina. Lo recuerda con la cara desencajada, el pelo blanco, los ojos rojos... como un minero atrapado a ciegas en una galería. Las bobinas, gigantescos rollos de papel de De derecha a izquierda, Diego del Alcázar, Santiago de Ybarra, Ignacio Bernabéu, José Manuel Vargas e Íñigo Barrenechea, durante su visita a las instalaciones de El Correo que fueron atacadas por ETA FERNANDO GÓMEZ DOS HORAS DE ANGUSTIA Álvaro, Iñaki, Roberto, Álvaro y Mónica trabajan en la zona de la explosión. Los cinco se abrazaron al encontrarse, cubiertos de polvo y con los ojos rojos Empecé a escuchar a Álvaro, que es un chico alto, que ha jugado a baloncesto y tiene una voz enorme. ¿Dónde estáis? nos decía Ninguno sabía qué había pasado. Pensé que había saltado un cilindro y que el humo era vapor de agua blancos, con los ojos llorosos y la tez... Fue emocionante. Los demás compañeros nos cogían por el hombro, nos abrazaban y nos daban ánimos... Pero nosotros cinco lo sentíamos de una forma especial apunta. Han venido contra nosotros como van contra cualquier voz crítica. Tratan de callar a todos los que no pensamos como ellos. Pero no lo lograrán airea Valencia que ha vivido entre planchas y tintas desde los 15 años, cuando era un pequeño aprendiz. Txomin Martín, actual jefe de la rotativa, ordenó contar al medio centenar de trabajadores que se apiñaba entre camiones. No faltaba nadie. Martín recordaba ayer cómo notó tambalearse la estructura del edificio, algo que atribuyó, como ha sucedido otras veces, a la caída de una bobina de la carretilla de transporte. Luego nos llegó la bocanada de humo y la sensación de ahogo Txomin piensa en Álvaro Arribas: Medio minuto antes había bajado a lavarse las manos en un fregadero que tenemos allí y que ha saltado por los aires... Y esta noche, a trabajar de nuevo. Iré antes... He hablado con los más afectados, con sus madres, con sus mujeres... Todos quieren seguir adelante. No nos van a joder señala el jefe de la rotativa. Bocanada de humo Ejemplares de la edición especial de ayer de El Correo 1.500 kilos de peso, habían logrado detener en parte la onda expansiva y aparecían disperas en el suelo. Ellos, los cinco, tropezaban entre ellas, los pies hundidos entre los cascotes. Fuera, en los otros pabellones, el resto de la plantilla vivía con IGNACIO PÉREZ angustia la suerte de sus compañeros. Ninguno sabíamos qué había pasado. En un primer momento pensé que había saltado un cilindro y que el humo era vapor de agua. Poco a poco nos fuimos encontrando en el punto de re- unión, en la entrada a los pabellones resume otro empleado de la rotativa. Álex, Álvaro, Iñaki, Roberto y Mónica se abrazaron, entre lágrimas. Llorábamos de emoción, por encontrarnos dice Iñaki. Estábamos todos