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ABC SÁBADO 7 s 6 s 2008 OPINIÓN 11 DIC ECCLESIAE perteneciendo es la Iglesia personal y viviente de los que ON esta leyenda, Dic Ecclesiae titula Leonardo aún tienen fe, y viven su fe en la caridad. Las dos están uniCastellani una serie de epístolas ásperas y vigorodas (siempre lo han estado, trigo y cizaña) pero son opuessas, tal vez también algo imprudentes o temeratas en sí mismas; mas no podemos separarlas nosotros, rias, dirigidas a sus hermanos jesuitas de la provincia arpues según Nuestro Señor las separarán los segadores en gentina, en las que denuncia los vicios que ha detectado en el tiempo de la siega. Es el mismo caso de Cristo con la la Compañía. La leyenda remite a aquel pasaje del EvangeSinagoga. Cristo no se salió de la Sinagoga (la Sinagoga lo lio de San Mateo en donde Cristo aconseja la corrección arrojó) porque ella era la depositaria no practicante de la fraterna: Si tu hermano peca, repréndelo entre tú y él soFe y la Ley verdadera. Luchó dentro de ella hasta lo; si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si la muerte contra los abusadores de la Ley- -los fano te escucha, toma todavía un hombre o dos, para riseos- Si Cristo por despecho se hubiese hecho que por boca de dos testigos o tres todo asunto quesaduceo, o herodiano, o gentil, les hubiese dado un de zanjado. Si a ellos no escucha, díselo a la comuplacer fantástico a sus encarnizados enemigos nidad Esto es: díselo a la Iglesia. Aquellas cartas Por despecho, también Castellani se ha visto de Castellani fueron consideradas sediciosas por tentado de renegar de la obediencia a esos viejos el Superior General de la Compañía, que decretacarcamales Y confiesa que han sido muchos los ría su expulsión de la Orden, allá por 1949. Se suceque, como Barletta, le han exhortado a abandonar den entonces años amargos, una noche oscura del JUAN MANUEL la Iglesia. Pero Castellani sabe que este impulso alma en la que sin embargo Castellani nunca ceja DE PRADA provocado por el despecho es tentación; y decide en su fe, ni se resigna a dejar de ser sacerdote. En seguir luchando dentro de la Iglesia, como Cristo luchó 1953, un escritor argentino de adscripción comunista, Leódentro de la sinagoga. Quizá compararse con Cristo puenidas Barletta, escribe desde la admiración una carta a da parecer presunción y arrogancia, reconoce Castellani. Castellani en la que le dice: Restitúyase usted a la vida ci Sin embargo- -apostilla- el Evangelio, San Pablo y Tovil. Basta ya de obediencia a viejos carcamales Usted más de Kempis nos imponen la obligación de comparardebe poner término a sus sufrimientos, y romper con su nos constantemente con Jesucristo; y en eso consiste el novia. -Barletta se refiere, claro está, a la Iglesia- Le ser cristiano. ¡Tremenda obligación! Y entonces intercaaguarda el mundo, como un gran estadio donde usted puela Castellani una frase que no sé si será cita tomada de alde probar su fuerza y su destreza en practicar el bien, que gún autor francés o mero recurso de políglota: Il faut es, al fin de cuentas, todo lo que Dios aprueba, venga del busouffrir non seulement pour l Eglise, mais par l Eglise. Es nedismo, del comunismo o del catolicismo, que hace rato ha cesario sufrir, por pertenecer a la Iglesia, los ataques de perdido el rastro de las buenas acciones, preocupado por sus enemigos; pero también es necesario sufrir el dolor los detalles de su predominio político, que a ningún cristiaque la propia Iglesia nos inflige y permanecer en su obeno interesa diencia. En esto consiste ser católico, que no es otra cosa siCastellani responde a Barletta con una larga carta en no ser signo de contradicción en el mundo, y aun en el seno la que prueba su temple de acero; una carta arrebatadade la propia Iglesia. mente hermosa que podría servir de guía a cualquier cató ¡Admirable Castellani! En algún artículo anterior he lico atribulado por la desesperanza o por la tentación de escrito que descubrir a este escritor argentino, tan injustaalejarse de la Iglesia. Tengo fe en Cristo y en la Iglesia por mente olvidado, ha sido para mí un deslumbramiento. Él fundada, que creo indestructible escribe en cierto paAhora también puedo decir que su lectura es mi mejor consaje. Y más adelante: La Iglesia que se equivocó conmigo suelo en horas de tribulación. (aun humanamente hablando) es la burocracia impersowww. juanmanueldeprada. com nal de los malos pastores; la Iglesia a la que sigo amando y EL ÁNGULO OSCURO UNA RAYA EN EL AGUA UNA LECCIÓN C DE ELEGANCIA RA un tipo elegante Yves Saint Laurent. Hasta en la forma de morirse: sobria, velada, discreta. Laelegancia noes una forma de vestir, sino una manera de ser, y no se lleva sobre la piel, sino debajo. Como casi todos los genios, YSLeraunhombredifícil, complejo, ególatra y quebradizo, pero tenía clase y, además, sabía lucirla con el mejor estilo, esa especie de impronta en el manejo de las situaciones que distingue la vulgaridad del carisma. Y se rodeó de gente de su mismo tono, esas deslumbrantes mujeres cosmopolitas y esos poderosos hombres de mundo que han asistido a sus exequias sin un asomo de lagriIGNACIO meo fácil, ni de luto exhibiCAMACHO cionista, nidelusualespectáculo funerario de la fama. Una noche de los primeros noventa, YSL acompañó a su socio y amante, Pierre Bergé, a un estreno de ópera en la recién inaugurada Bastilla. Era La flauta mágica en una versión del gran Bob Wilson encargada por Bergé, a quien Mitterrand había entregado la dirección del nuevo teatro, quizás en caprichoso pago a sus reiteradas campañas de apoyo entre el exigente establishment parisino. Allí estaban los tres, en una sesión rutilante de grandeur a la mayor gloria del cesáreo presidente socialista. Una exhibición esplendorosa de opulencia social bajo la soberbia y rupturista bóveda de vidrio: el poder, las finanzas, las artes, la política. Sucedió que a Wilson no se le había ocurrido, para mayor lucimiento de los majestuosos y larguísimos figurines creados por Saint Laurent, mejor idea que alzar a los cantantes sobre unos zancos, de tal modo que estaban más pendientes de su propioequilibrio quede la música. Los murmullosrecorrían el teatrocuando la soprano- funámbula acometió el aria de la Reina de la Noche balanceándose de manera patética entre gorgorito y gorgorito, y del público empezó a surgir un pateo que pronto se convirtió en una bronca abrumadora prolongada hasta el final de la función. Fue devastador. Dos mil quinientos representantes del tout Paris vestidos de gala, le lanzaban a Mitterrand en su propia cara un abucheo doloroso e implacable que impugnaba el amiguismo de su nomenclatura, y ponía a la pareja YSL- Bergé en el centro de la diana del escándalo. Era unaocasióncríticaparamedirlaelegancia de tan habituales triunfadores. Wilson dio la cara primero; mandó retirarse al elenco y aguantóla desagradablereprimendasoloen mitad del escenario. Pero la gente dirigía sus sonoros reproches a la fila de autoridades, y allí el viejo zorro del Elíseo- -que sesabíaeldestinatario final del alboroto- -estaba pálido y Bergé descompuesto, demudado bajo su espesomaquillaje. Entonces se levantó Saint Laurent, el dios de la moda, el icono refulgente de tres décadas de glamour nacional francés, y con grandioso sentido escénico le pasó a su amante el brazo por los hombros en un gesto de desafiante consuelo. La bronca fue remitiendo hasta apagarse; el público quería pasarlelafactura de la arrogancia al presidente, no triturar al mito que ofrecía simbólicamente su cabeza ante el desaguisado. Aquella noche fue, sin duda un fracaso, pero dejó una lección espiritual impagable: la de que la verdadera elegancia no consiste en vestir con apostura un smoking, sinoen sabersobreponerse con dignidad a un descalabro. E