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10 OPINIÓN SÁBADO 7 s 6 s 2008 ABC AD LIBITUM CONTRA EL CASTELLANO UANDO era todavía un lechuguino, el inmenso y plural Álvaro Cunqueiro escribía novelas del Oeste, al modo de las de Buffalo Bill, en las que los indios hablaban en gallego y los demás- -vaqueros, colonos, predicadores y soldados del Séptimo de Caballería- -lo hacían en castellano. El maestro de Mondoñedo las veía venir y en los años veinte hizo posible lo que hoy resulta inalcanzable, un bilingüismo sin drama, hijo de la riqueza cultural y no herramienta para la división social y la clasificación política. En nuestros días, la deformación nacionalista, a partir de una mala digestión del Título VIII de la ConsM. MARTÍN titución del 78, ya no se FERRAND conforma con el bilingüismo y, si juzgamos por los hechos, más que el uso y el brillo de los respectivos idiomas locales, lo que promueven es la desaparición del castellano, el idioma que en el mundo conocen como español. En Cataluña, el tripartito que gobierna presidido por José Montilla le enmienda la plana a la diversión juvenil de Cunqueiro. Nada de bilingüismo contemporizador. Los indios y los blancos tienen que hablar en catalán y, en caso contrario, que se atengan a las consecuencias. Para conseguirlo, del mismo modo que financian el doblaje de películas al catalán que cuestan una fortuna y que, según taquilla, son pocos quienes las quieren ver y oír en su propio idioma, los sabios de la Generalitat han dispuesto una campaña para que los inmigrantes, que no son pocos, aprendan catalán y, sobre todo, rechacen el castellano. Un disparate que, como tantos otros, cursa con cargo al Presupuesto sin generar mayores repulsas en una sociedad que, en el mejor de los casos, sestea insensible ante el mal uso que el Estado, en su diversas Administraciones, hace de los brutales, incluso confiscatorios, impuestos a que estamos sometidos. En lo que se me alcanza, que cada día es más difícil estar al tanto de lo que aquí acontece porque el partido exclusivista de la Oposición se dedica a sus verbenas y justas endogámicas, sólo Rosa Díez, la diputada de UPyD, se ha dirigido al complaciente Gobierno del risueño José Luis Rodríguez Zapatero para denunciar la discriminación que padecen cientos de familias españolas que no pueden educar a sus hijos en castellano en las Autonomías que pudiendo ser bilingües quieren, pobrecitos, reducir su espacio y su futuro al monolingüismo y, por ello, cocerse en su propio jugo hasta alcanzar la esterilidad plena y la incomunicación absoluta. Aseguraba Cunqueiro que los lobos gallegos eran plenamente bilingües. Lo serían en aquellos tiempos en los que escribía Poemas do si e non. Hoy las faunas gallega, vasca y catalana solo aúllan, gruñen, arrullan, maúllan, ladran, balan, pían y rebuznan en el idioma local. Es lo políticamente correcto y lo más conveniente para que las más mínimas tallas de políticos profesionales puedan ser alguien en su pueblo. Fuera de él se quedan en nada. C HAY MOTIVO NACIONALISMO Y BARBARIE N El asesinato considerado como una de las bellas artes -una obra maestra del implacable sense of humour que la leyenda atribuye a los británicos- -el señor Thomas de Quincey aseguraba con toda seriedad (el verdadero humor tiene que ser muy serio; de lo contrario, es una patochada) que se empieza matando a una abuelita y se puede acabar sorbiendo el te igual que un dromedario. O metiendo los dedos en la sopa, que es, a todas luces, el colmo de la infamia. Los poco aficionados a las viandas crudas, a la chanza mordaz y a los baños de ácido concluirán que el escritor se pasaba tres pueblos y un par de condados, que era un provocador de pacotilla y que maldita sea la gracia. (Es cierto que De Quincey, especialmente con el opio, se pasaba bastante) Y habrá, también, quien diga, por presumir de pesquis y de detectivesco olfato, que la primera conclusión a la que llegas, analizando con lupa la boutade es que la abuela del autor, en ningún caso, habría sido víctima de un asesinato. ¡Elemental, querido Watson! Pero no faltarán, tampoco, los que aplaudan las bodas literarias entre el ingeTOMÁS nio y el sarcasmo. Ni los que admiren CUESTA al látigo de hipócritas, al incinerador de vanidades, al personaje que consiguió que el tartufismo- -el vicio favorito de la Inglaterra victoriana- -mostrase sus vergüenzas en el espejo de la sátira. De la misma manera que muchos sostendrán que hay más veras que bromas en la dichosa frase y que el señor De Quincey puso el dedo en la llaga al hilvanar el crimen y los malos modales. Thomas de Quincey era un conservador con resabios anárquicos; o un tory revoltoso, por ajustar el tiro al palo. Coincidía con Hobbes en que la convivencia exige poner puertas al campo y filtros que decanten el poso de maldad que enturbia las honduras de la naturaleza humana. Lo mismo que avalaba la afirmación de Burke de que la civilización se basa en un E continuum que conecta el ayer con el mañana; que recoge el testigo de los que ya se fueron a fin de entregárselo a los que no han llegado. Pero los nuevos bárbaros- -los que ordeñan el miedo de la tribu, los que practican la usura de la sangre, los matarifes y los están a las tajadas- -pretenden hacer tabula rasa y dejarnos colgados de la brocha, sin nada por detrás y nada por delante. Son los que meten los dedos en la sopa, los tiros en la nuca, las bombas donde sean más letales, y los que se han envilecido hasta el extremo de rematar los restos de los que ya mataron. El colmo de la infamia- -esta vez sí- el rien ne va plus del asco, es profanar las sepulturas y violar los camposantos. Los que han vuelto a disparar sobre Gregorio Ordóñez manchando su sepulcro con un chafarrinón cobarde no son terroristas en agraz, han entrado en el cupo de los criminales. Según sostiene el profesor Roger Scruton- -un pensador audaz, incluso temerario- -la miseria moral alcanza su apogeo cuando los muertos dejan de forma parte del capital social que nos ha sido legado. El nacionalismo (que es el paradigma de la impiedad sacrílega y la doblez beata) ha hecho del odio un sacramento que aglutina a sus fieles y que imprime carácter. En ese aspecto, no se desvía ni un milímetro de la panoplia doctrinaria y el arsenal dogmático que han desplegado todas las religiones seculares. Es evidente, pues, que, para los idólatras que creen a pie juntillas en el Baal insaciable que ellos llaman patria, Gregorio Ordóñez, culpable de herejía, desertor de la raza, contamina la tierra que le cubre; la tierra que proclama que no lograron desterrarle. ¿Cómo se iba a imaginar Thomas de Quincey que su soberbio ejercicio de ironía podría interpretarse en clave trágica? El asesinato y las Bellas Artes. Se empieza matando a una abuelita y se termina comiendo con las manos. Se le arrebata la vida a un inocente y se acaba escupiendo en una lápida. O a la viceversa, puesto que, en este caso, el orden de los factores no altera la barbarie.