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ABC VIERNES 6- -6- -2008 101 José Tomás, que brindó su primera faena al público, recoge la ovación de los tendidos, totalmente abarrotados. A sus dos toros, Dakar y Comunero les cortó las dos orejas. Desde 1972 un matador no cortaba cuatro orejas en Las Ventas (Palomo Linares y Curro Rivera) bestiales. Y de repente la izquierda produjo el más estremecedor natural de treinta tardes, con permiso de El Cid, para no molestar. Un natural que duró una eternidad, y que se unió a otros, acompañados con la figura y la cintura, más a media altura, con la embestida ya entregada, rendida. Un circular invertido que se empalmó a un inacabable pase de pecho, a la hombrera contraria, de rebozarse. Rodaba la gente con las trincherillas; rodó el toro con una estocada que se salió en parte al ser José Tomás encunado entre los pitones. Dos orejas, dos. Y otras dos con un toro extraordinariamente picado, de una acometividad bárbara- ¡qué gran corrida la de Victoriano del Río! -y un viento feroz. Cuando atacaba el toro, atacaba con todo. Los estatuarios de J. T. fueron un puente trágico sobre un tren. Eolo flameaba la muleta de José Tomás, imperturbable; por abajo otra vez sucedió todo, absolutamente todo. Ni un paso atrás. Ni una guiñá. El toro obedecía; José Tomás lo Convirtió su reencuentro con Madrid en una antología, en una página de oro de la Historia obligaba cada vez más. Temple, el toro, tenía el justo. Y templar en esas circunstancias era una hazaña. Si los flecos no barrían la arena en una intensa serie, era porque el aire planeaba por debajo de la muleta y la ponía casi en horizontal. La ligazón de nuevo, interrumpida por alguna pausa en los momentos de más duro empuje de la corriente ventosa. Enfrontilado con la izquierda, con todas las ventajas para el toro, el personal se frotaba los ojos, enjugados de lágrimas negras; a pies juntos, fluyó un caudal de naturales. Y la bestia encastada se rajó ante el dios de piedra de Galapagar. La estocada fue al encuentro. O a to- ro arrancado. Las voces, los pañuelos, ¡torero, torero, torero! la apoteosis se desbordó, como no podía ser de otra manera. José Tomás no había perdonado un quite. Por las clásicas gaoneras en el toro primero de Conde, que fueron toda una declaración de temple e intenciones; a la verónica- ¡qué dos lances! -en el quinto; por apretadas chicuelinas en el suyo de apertura; por discretos delantales en el sensacional cuarto de Javier Conde, el mejor y de más clase y atemperada embestida. ¡Ay, Conde! Que también fue bueno el que masacró en varas en segundo lugar. Sin palabras, y nos ahorramos un disgusto. Un punto y aparte, y siento no dedicarte más, chaval, para la confirmación de Daniel Luque, que contó con el peor lote, un torazo que manseó y derrotaba por arriba y otro que se encogió. Pero ni se escondió ni se arrugó nunca Luque. Enhorabuena, como a todo el que vivió en directo una tarde para conservar en un rincón del corazón. Hoy ya saben qué es torear. A LAS PUERTAS DEL CIELO Llegó desencajado, y 2 horas y 53 minutos después JT salió por la Puerta Grande. Sonreía. Apoteósico. El triunfo lo dedicó a su abuelo, y a su hermano Antonio ANTONIO ASTORGA MADRID. Hacía 36 años que un torero no cortaba cuatro orejas en unas Ventas que ayer soñaron con una mirada: la de José Tomás. El gladiador llegó a las 18: 38 en una atardecida lorquiana de arabesco y oro. Un microbús azul marino le trasladó desde el Palace. Aparcó a dos metros de la puerta de cuadrillas. A las 21: 31 JT salía en olor de multitudes, a hombros, por la Puerta Grande de la Catedral, la gloria mudéjar, la entrada al cielo. Los gritos de ¡torero! ¡torero! ¡torero! tronaban junto a los flashes de los aficionados que descargaban sus móviles en él. En sus labios se dibujaba una sonrisa de agradecimiento eterno. Tres horas antes un silencio poético cubría como un manto el patio de cuadrillas esperando al Godot de Galapagar. Cuando se atisba el coche de Tomás la Policía separa las aguas del Mar Rojo de admiradores- -como Charlton Heston en Los diez mandamientos y protege al torero de la explosión de sus letraheridos, que le pedigueñeaban una dedicatoria, una firma, un consuelo, una palabra, una caricia. La Fuerza Pública le custodia. José Tomás cruza el Rubicón de las Caballerías con la cara desencajada. No entra en la capilla, pasa a un metro de nosotros, y gira a la derecha, camino de las Caballerizas, para saludar a picadores y subalternos. No había dormido siesta, salió a pasear y se tumbó sobre la cama antes de vestirse de luces de bohemia. La balconada mudéjar, poblada de miradas. El matador en silencio. ¡Maestro! ¡guapo! ¡torero! ¡suerte! le lanzan besos desesperados su mesnada de fieles. La tarde es plomiza. Con el rostro pálido, Tomás se fotografía con dos admiradores y enfila la Puerta de Caballos. De ahí a la apoteosis. ¡Me has arrancado mi corazón y ahora lo tengo en un puño, José! le grita una aficionada. ¡Hoy me gustas más que ayer, Tomás! le susurra otra, rendida a su mirada. ¡Torero! ¡Torero! ¡Torero! se desgañitan 25.000 almas, mientras él se refresca con un buchecito de agua, y seca su frente. Cuando el diestro pasaporta a su segundo el gentío abandona raudo sus posiciones para invadir la Puerta Grande. La marabunta es eterna, y ancha. Los mortales se pegan como una lapa a Tomás. La riada humana asiste exhausta a la letanía tomista. Pasa un minuto de las nueve y media cuando Tomás es sacado a hombros por sus costaleros. La gente quiere tocar a su mesías, y casi provoca su caída, mientras la Policía le protege a empellones. Al santo Tomás lo levantan en volandas: ¡Al cielo con él! Deja que un niño se acerque a él. La procesión desemboca en el coche. Tras los cristales tintados JT mira la arena por la rendija mudéjar: allí está la sangre de los ojos de toro, unos acais en los que perdurará su esencia. José Tomás habría de recordar la tarde en que su abuelo Celestino le llevó a conocer el hielo de Las Ventas, que él ayer resquebrajó. Tendría 10, 11 añitos. Vio muchas faenas, y le gustaba el fútbol, el Atleti, pero su abuelo quería que fuese ¡torero! ¡torero! Su nieto le dedicó ayer su triunfo, y a su hermano Antonio: Ellos saben por qué dijo el santo Tomás en el fervor de la apoteosis tomista. JT se hizo presente en un ajustado quite por gaoneras REPORTAJE GRÁFICO IGNACIO GIL