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92 TOROSsSAN ISIDRO DOMINGO 1- -6- -2008 ABC Soberbio natural de El Cid que cortó una oreja al encastado sexto de Victorino IGNACIO GIL La sincera entrega de El Cid por Madrid y por Victorino se queda sin Puerta Grande SAN ISIDRO Monumental de las Ventas. Sábado, 31 de mayo de 2008. Última de feria. Lleno de no hay billetes Toros de Victorino Martín, de variadas hechuras, muy armados, terciados los dos primeros de justa fuerza, juego desigual; destacaron el 5 por el derecho y el exigente 6 Antonio Ferrera, de nazareno y oro. Pinchazo y media delantera (silencio) En el cuarto, media tendiday tres descabellos (silencio) López Chaves, de grosella y oro. Media baja y atravesada (silencio) En el quinto, pinchazo, otro hondo y tres descabellos (silencio) El Cid, de tabaco y oro. Metisaca, media y descabello. Aviso (saludos) En el sexto, pinchazo y estocada trasera y desprendida (oreja) ZABALA DE LA SERNA MADRID. La afición esperaba a El Cid como el salvador de la feria del ¡vaya feria! Y a Victorino como el redentor. O sea, que la carga de responsabilidad que recaía sobre sus espaldas se su- ponía mayúscula. Claro que los victorinos, las criaturas de los Victorinos, padre e hijo, no tenían conciencia de tener que salvar nada. Pero El Cid sí. Y en un momento dado también a los victorinos que tanta gloria le han entregado. O viceversa, porque los toros de Victorino Martín son otros toros en sus manos. Ayer se vio. No siempre es cuestión de potra, baraka y bajío. La sincera entrega con que El Cid afrontó el compromiso le llevó a hacerse presente pronto con el capote. En el seguro saludo a la verónica, el toro lo pisó y le dejó cojitranco para el resto. Era ya el tercero y, dentro de los tres primeros victorinos, el de más cuajo y remate. El Boni se vino arriba en un segundo par de banderillas citando con la hombrera, muy Paquito Honrubia. Y su matador sin pensárselo, sin probar al toro ni someterlo ni hacerlo, se clavó en los medios tras brindar. La derecha puesta y presta; la distancia amplia. El toro marcó un ritmo trepidante; Cid en la tercera serie arrastró la muleta, y redujo la velocidad, y lo bueno se sublimó en extraordinario. Pe- ro el victorino guardaba la sorpresa de que por el izquierdo se metía por dentro, apretando y desarrollando peligro; a El Cid también le sorprendió. No sólo era la guasa de izquierdas; tampoco quería más fiestas por la diestra que lo había podido. De sincero, El Cid a veces no sabe taparse con ese muletazo genuflexo de sacárselo de encima. No había más que matar. Y Cid se fue con la mano muy atrás. El toro lo empaló por una pierna y, por esto o lo que fuere, del embroque salió El Cid con la espada otra vez en la mano: extraño metisaca. Muerto el toro de media y descabello finalmente, El Cid recogió una ovación por el esfuerzo cortado. Quedaba un cartucho: el sexto. Toro descarado, abierto de pitones, victorino de los de enseñar las palas, bajo y de fino hocico. El Cid no lo dudó con el capote. Un desarme no lo desmoralizó y volvió de nuevo para rematar la obra inconclusa. Bien el vuelo de la verónica y arrebujado el de la media a la cadera. Otra vez El Boni, ahora en la brega, sacó al toro del peto con exactitud de tentadero. Dos veces, dos. Un quite por delantales de El Cid encendió la esperanza y los oles. Boni era el único peón con el que podía contar ayer El Cid: las pasadas en falso de Alcalareño con los palos no pudieron ser más inoportunas. El Cid se sacó el toro a los medios con la muleta, allí, ofrecida en su zurda enseguida. La expectación se hizo silencio. El toro tenía motor, sobrado de caballos y falta de un caballazo más que lo atemperase. Pero El Cid se sinceró de nuevo, se la dejaba muerta- -fue el único que en la tarde quiso ligar con corazón- -y dibujaba naturales soberbios y larguísimos, no todos limpios: el victorino pegaba un trallazo a final de viaje que exigía cuanto más mano baja mejor y no ayuda con los vuelos, y exigía de todo porque había que aguantarle las acometidas. Muy puro El Cid, muy de verdad, sincero a tope. Por la derecha se repitió la batalla, muy enconada, con dos cojones los dos. En un punto se desarboló El Cid, que no tiró la toalla, perdió pasos y volvió a la cara y a vaciar por abajo los viajes. La gente empujaba. Un desplante rodilla en tierra fue acogido con un rugido de victoria. Parecía que sí, que ahora sí. Pero otra vez la puñetera espada... Un pinchazo. Una estocada trasera en la misma boca de riego. Más que la oreja lo que debe consolar a El Cid es el título de triunfador moral de San Isidro. La victorinada encontró su punto de apoyo en el torero de Salteras. Los dos primeros se tapaban por la leña de sus testas. Poca fuerza. Santos varones de limitada transmisión. Pero con más calidad que Ferrera y Chaves, que está perdido y tironero. Ferrera, valentísimo con el cuarto en banderillas, no se desaceleró. Apuntaba condiciones el toro por el pitón derecho, aunque reponía muy en las zapatillas por el izquierdo; lo que no encontró nunca fue muleta. Ni las zapatillas. El quinto descolgó muchísimo, el que más. Careció de gas, y López Chaves de todo lo demás. El Cid salvó a Victorino. Y si no salvó a San Isidro será porque no había quien lo salvase. Y ha muerto sin una sola Puerta Grande.