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TENDENCIAS 8- 9 S 6 LOS SÁBADOS DE Novias POR CARMEN VILLAR MIR CORRESPONSAL DÍAS DE JÚBILO Doña Margarita ecorriendo las salas del Teatro Español, donde se ha montado una exposición sobre Margarita Xirgu, pensé que yo era uno de los pocos habitantes actuales de España que había alcanzado a verla actuar. Fue en mi adolescencia porteña, ella como Celestina y como Bernarda Alba, en el teatro Cervantes, y como Loca de Chaillot y Dama del Alba en la televisión, dirigida por Chicho Ibáñez Serrador, que también lo recordará. He visto en las fotografías, de jóvenes, a unos actores que conocí maduros: López Lagar, Álvarez Diosado, la Sánchez Ariño, la de la Torre. Si evoco a la Xirgu se me viene encima el denso mundo de la escena decimonónica: dicción fuerte, gestos amplios, posturas estatuarias. Con algo de irregular: doña Margarita tenía un sonsonete que no era castellano ni catalán, y escandía las frases de manera arbitraria, como si improvisara. No ostentaba el garbo de la Membrives, ni el porte de la López Heredia, a quienes también reveo en la memoria haciendo la Madre lorquiana y Doña Clarines. Oigo sus voces poderosas, llenando unas salas de ópera. Margarita era, en cambio, extraña, irreal, propicia a esa Peregrina que es la Muerte de la leyenda asturiana, con su sayo y su báculo. Las grandes figuras del teatro han sido archivadas, mayormente, por el olvido. Poco y nada sobrevive de su arte. Acaso un disco con rachas de versos y prosas sin rostro ni cuerpo. El cine ha hecho bastante por atesorarlas pero no siempre las ha favorecido. Toda esta bruma contribuye a su leyenda. Ya en la calle, retorné a los espacios españoles de aquellos años, en América. Exiliados y no, formaban, para nosotros, una misma España. No era factible optar. ¿Lorca y Casona contra Marquina y Jardiel? Imposible. ¿Miguel de Molina versus Concha Piquer? Inverosímil ¿Rafael Alberti o Gerardo Diego? Qué disparate. A pocos años de una guerra apabullante, su arte levantaba cabeza entre los vivos. Yo no preveía que España sería alguna vez la tierra de mi pan cotidiano. Con las posturas rotundas y el jadeo sugestivo de doña Margarita cerré una parábola. La hizo el tiempo pero, con estas palabras, la convierto en mi propiedad. Al altar, pero de negro Blas Matamoro R A hora que en Barcelona han estado desfilando las novias más fashion por estas latitudes, la tribu siempre consciente de las tendencias y de la imagen ha encontrado su ideal en la moda de nuestras abuelas. Salvo excepciones, los grandes de la aguja, en un fascinante revival, han sucumbido al encanto de los tiempos pasados y tiñen de negro azabache a las novias con un dramatismo que invita al morbo. Es curioso como las costumbres y el arte en general vuelven la vista al pasado para expresar una actitud interior y buscar la identidad perdida. Tal vez se trate de una necesidad después de varios periodos modernistas durante los que hemos sido incapaces de inventar algo nuevo. Tras la opulencia y los excesos barrocos con encajes, volantes, tules y adornos de anteriores años, la moda de novia ha recogido en Suecia el gusto por tiempos pasados y una depurada simplicidad. El color negro tiñe a su antojo esos trajes elegidos para el día que suele ser el más feliz de la vida de una mujer. Y, si hace unas semanas escribíamos sobre las bodas de signo ecológico, tendencia que cada día se extiende más en este país, hoy lo último de lo último, lo más cool es llegar al altar de negro riguroso. Un lujo aplaudido y copiado por las voces más autorizadas del mundo de la moda, que esta siendo adaptado, de momento, por mujeres muy seguras de sí mismas. La nueva novia, que recuerda a las damas de la epoca victoriana, da el sí con un traje de seda o tafetán negro abotonado por delante, o en la espalda, sobre una falda larga con polisón. Completan la aparición un tocado de flores del campo o corona de diamantes, según los casos y bolsillos, velo de chifón, preferiblemente negro y un tradicional ramo de flores de colores, redondo y pequeño. Su maquillaje es artificialmente natural y la melena va recogida en un moño recatado muy belle epoque Esa es la fórmula por la que ha apostado la novia de diseño este mayo que acaba de terminar, mes en el que se celebran más enlaces Novia muy poco primaveral, pero muy a la moda que durante todo el resto del año. Que nadie crea que la joven que se acerca al altar de esa guisa es una artista de rock, una chica algo hippy admiradora del punk fanática seguidora de alguna doctrina oculta o que está de luto. Sigue simplemente la última tendencia basada en la vieja costumbre de preferir el negro para ir al altar o pasar por la vicaría. A finales del siglo XIX, principios y mediados del XX, las jóvenes que no pertenecían a la aristocracia o a la alta sociedad, siempre se casaban de negro. El motivo era que el traje de novia tenía que servirles para ir a la iglesia los domingos y asistir a toda clase de festejos o ceremonias, incluidos los entierros. Esa costumbre desapareció durante la era industrial cuando nació la clase media o burguesía. Los nuevos ricos copiaron las costumbres aristócratas y todas las damas empezaron a casarse de blanco. Hoy, gracias a la extraordinaria vuelta al pasado que experimenta Suecia, con el renacimiento del conservadurismo, de la eti- ABC La recreación del pasado conocido queta social y las buenas costumbres, regresan aquellas novias negras, sofisticadas y guapísimas. Los modistos se basan en viejas fotografías para sus creaciones y algunas chicas tienen la suerte de encontrar en el desván el traje de su abuelita. Todas ellas, con sus melenas color miel y cutis blancos, que resaltan sobre el negro profundo, además de asombrar a íntimos y extraños al hacer su entrada al templo, se perfilan como pioneras de la novedad más depurada de la moda de principios del siglo XXI. El espectáculo puede contemplarse en cualquier iglesia sueca. Los invitados, guapísimos y elegantes, con los clásicos fracs- -ellos- -y trajes largos- -ellas- -esperan impacientes, entre sonrisas y olor a cera y flores, la llegada del cortejo nupcial. El repiqueteo de las campanas da la señal de ponerse de pie y la música de Händel anuncia la entrada de la novia al templo. Despacio, del brazo del padrino avanza sobre la alfombra roja una novia bellísima, sonriente y... completamente vestida de negro.