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10 OPINIÓN JUEVES 29 s 5 s 2008 ABC AD LIBITUM LOS BARONES CENTRÍFUGOS TURDIDOS por tantos ruidos como nos envuelven tendemos a valorar en demasía el silencio. Llegamos a entenderlo como muestra de sabiduría. El pasado sábado, en esta columna, ponderaba el silencio de González Pons como un pedestal en el que enaltecer al diputado del PP al que Mariano Rajoy tiene señalado como recadero oficioso y discreto de sus prudentes, y generalmente crípticos, mensajes. En la admiración estábamos cuando al tal Esteban González Pons se le ocurrió hablar y, a mitad de camino entre la insensatez y la falta de respeto, le ha dicho al presidente de honor de M. MARTÍN su partido, a José María FERRAND Aznar, que no haga declaraciones, que esté calladito para no distanciarse de los afiliados- -de algunos, supongo- -del Partido Popular. Se acabó el encantamiento. Un personaje que le niega a otro la libertad de expresión es sospechoso; pero si el otro es su antecedente ideológico y la razón de ser de su representación política, la sospecha se vuelve certeza. No hay duda, es un bocazas. Hay que incluirle, después de escucharle, en el nutrido grupo de notables del PP que padecen el mismo síndrome que afecta a Rajoy. Cuando, después del 9- M, Pedro Arriola sentenció, previo pago de su importe, que es imprescindible acercarse a los nacionalistas para volver a La Moncloa, desató una furia que ya estaba viva. La misma que le llevó a Alberto Núñez Feijóo a decir que se prefiere pactar con el BNG que con el PSG. Lo de la deconstrucción de la tortilla de patatas, o del cocido madrileño, como experimentan los cocineros más avanzados y buscadores, está muy bien; pero lo que puede, y hasta debe, hacerse en la cocina resulta temerario hacerlo con el Estado. Una España deconstruida ya no llevaría los mismos ingredientes con los que viene circulando por la Historia. Del mismo modo que sin huevos no hay tortilla, deconstruida o clásica, sin cualquiera de las regiones no hay España. No se debe jugar con esas cosas. Una parte del PP, acomplejada por sus dos últimas derrotas, quiere dejar de ser un partido para pasar a ser una confederación de partidos. Eso es lo que, a partir de la debilidad y la pereza de Rajoy, late en el fondo de la crisis precongresual y esperpéntica con la que nos divierten los barones periféricos que, antes que cualquier otra cosa, quieren seguir siéndolo. Deberían saber que ya no están los tiempos para inventar la pólvora, ni la CEDA, y que si el PP pierde un ápice de su condición nacional española, se puede quedar en nada. El PSOE nació federal y ya pagó por ello el precio de una Guerra Civil. Ahora trata de esconderse convirtiendo a la Nación, a golpes de reformas estatutarias, en una federación de naciones que coincide con sus propios esquemas funcionales. Si es eso lo que quiere el PP, no le hace falta tanta albarda a un burro tan flaco y con tan poca vida por delante. A LISTAS ABIERTAS EN EL BAZAR DE MARIANO RAJOY A bulimia de la sociedad hiperconsumista también afecta a la política. O a la inversa: la política no sabe muy bien cómo atender los hábitos del hiperconsumo. Zapatero sí tiene algo de gran superficie: pone en el escaparate incluso más de lo que tiene y renueva existencias según le pasan los resúmenes del CIS. Mariano Rajoy, en este caso, tiene algo de los grandes almacenes de toda la vida, de las grandes ferreterías que nos fascinaban en otro tiempo, con su oferta de azadas, mosquiteros, piezas de queso y bacalao salado. En el PSOE de Zapatero, las logísticas de distribución del género están más al día: las del PP ya lo estamos viendo. En Europa hay ahora tres referentes de primera fila para el centro- derecha: Angela Merkel se desplaza con un motor que no vibra, ni siquiera ronronea; a Sarkozy le petardea el escape libre, y David Cameron insiste en ir en bicicleta. Ayer el editorialista de Le Figaro apelaba al gran arquitecto y no era una referencia masónica: con cierta prosopopeya, comentaba el propósito de Sarkozy de ser el gran arquitecto de la Francia de mañana, de rehacer el paisaje francés, de ordenar el territorio, en la senda de Luis XIV Napoleón III o incluso del Mitterrand que trastocó VALENTÍ el perfil de París. Los psiquiatras francePUIG ses están detectando una sintomatología en avance y la definen como sarkosis Es una especie de exhibicionismo de las ilusiones, narcisista, empeñado a tenerlo todo al momento, post- moderno. Sarkozy es patentemente un hiperconsumidor de su propio liderato, hasta tal punto que por no saber estarse quieto cede a su primer ministro, François Fillon, el empaque, el laconismo y la serenidad propios de un presidente de la Quinta República. Sarkozy sale a la calle con las primeras luces para irse a los mercados y conectar con los que se levantan temprano Luego cae en los brazos de Carla Bruni, como si fuera Irma la Dulce. Ahora arremete contra las aspas del molino del IVA. Es en la cancha internacional donde Angela Merkel ha ido moviéndose con la suavidad de un Rolls Royce L impecable, logrando carambolas muy difíciles desde una posición geopolítica- -y con un gobierno de coalición- -que la obliga a no perder de vista Moscú o Polonia. Por eso sugiere evitar roces innecesarios entre Rusia y la OTAN. Dicen que transita por Washington mejor que ningún otro líder europeo y seguramente ha asimilado prontamente el escenario post- noviembre, sea el ganador Obama o McCain. Desde luego, estuvo magnífica en Israel. Angela Merkel no pretende hiperconsumir, ni pisarle el ego al resto de líderes. Finalmente, la democracia cristiana alemana demuestra saber irse adaptando a las logísticas de innovación. David Cameron está ejerciendo una oposición notablemente efectiva, como se vio en las elecciones municipales- -con Londres como pieza mayor- -y en las elecciones parciales consecutivas. El partido tory no lo tuvo fácil con Tony Blair en el Gobierno. En el empeño un puñado de políticos conservadores de fuste ha quedado en la cuneta. Cameron por ahora progresa con una fórmula que puede parecer leve y de poca sustancia por comparación con la fibra y valor proteínico del thatcherismo. Pero había que definir el post- thatcherismo y a la vez intentar segarle la hierba bajo los pies al post- blairismo. Todo un lío de cruces ferroviarios, de entronques en desuso, de empalmes por rehacer, con un partido en desánimo. Cameron ha sido bueno en las clases de esgrima, pero ahora tiene que dedicarse a la fuerza blindada para desalojar a Gordon Brown. El emplazamiento de Rajoy es distinto. En primer lugar, ha tardado cuatro años en intentar lo que era prioritario: tomar el poder en el PP con toda naturalidad. Algún día sabremos si hubo realmente condicionantes de peso para que Rajoy no pudiera asentar la lógica de su liderato mientras se instruía el sumario del 11- M. Tampoco hubo una reafirmación clara al saberse la sentencia, ni una estrategia de comunicación que sumase en lugar de dividir. Todo eso y más ha desembocado en el atolladero actual. En el bazar de Rajoy los precios hoy son volátiles. Previo a Valencia, el síndrome es de hiperconsumo, pero Rajoy es más bien partidario de no gastar más de lo que se tiene. vpuig abc. es