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90 CULTURAyESPECTÁCULOS Muere Pollack, inventor de una granja en África MIÉRCOLES 28 s 5 s 2008 ABC Un actor creíble y uno de los mejores directores de actores ANTONIO WEINRICHTER MADRID. Tuve ocasión de tratar a Sydney Pollack hace unos años, en un congreso de cineastas celebrado en Valencia. Había venido en su jet particular y había tenido que escuchar las críticas de directores de medio mundo como presunto enviado del amigo americano que no deja espacio para otras culturas visuales. Era un poco injusto. No solo él representaba lo mejor de un Hollywood en vías de desaparición, proveedor de un cine adulto, comercial pero comprometido- -era uno de los liberales con todo lo que ese término significa allí, de la industria americana- -y universal por su capacidad de comunicar más que por sus prácticas monopolísticas, sino que en persona se reveló como un encanto. A lo largo de la charla nocturna que mantuvimos con él y otro fan suyo llamado David Trueba, demostró ser culto, estar lleno de curiosidad por otros tipos de cine y, sobre todo, ser muy divertido. Entonces entendimos el buen juego que daba en sus apariciones al otro lado de la pantalla: él, que había estudiado interpretación antes de desarrollar su excelente carrera de cineasta, había comenzado a prodigarse en trabajos de actor que iban más allá del mero cameo lúdico, como en un principio pudo parecer, revelando estar a gusto y ser creíble en la piel de personajes urbanos y cosmopolitas de abogados, agentes, empresarios y similares. De hecho, podría haber pasado a formar parte del elenco fijo de Woody Allen, con quien de hecho trabajó en Maridos y mujeres Quizá esa vocación paralela suya explica una de sus grandes virtudes: ha sido uno de los mejores directores de actores del cine americano reciente. Fue él quien estableció la reputación de su amigo Robert Redford, quien resucitó a Dustin Hoffman en la modélica Tootsie el hombre en quien confiaron Tom Cruise, Jane Fonda y la propia Barbra Streisand en diversos momentos para aumentar su credibilidad. Y hoy podemos recordarle, sobre todo, como emblema de una edad dorada en la que un cineasta de la gran industria americana podía tratar con libertad temas políticos y humanistas sin necesidad de someterse a las leyes del espectáculo corporativo: el fracaso de Caprichos del destino en 2000 supuso la losa final que sepultó esa alternativa. Estampas para el viaje sentimental: Robert Redford y Meryl Streep en una pausa del rodaje de Memorias de África ABC Memorias de un África ideal Desde los primeros compases, cuando un tren surca la gran llanura africana bajo la cautivadora música de John Barry, se macera el ánimo para un épico viaje sentimental. Sydney Pollack cuajó en Memorias de África una mirada grata a la medida de Occidente ALFONSO ARMADA MADRID. A la velocidad que el cambio climático derrite las nieves perpetuas (incluidas las del Kilimanjaro) veinte años equivale a una glaciación. Veinte años es la horquilla de historia, sangre y olvido que transcurre entre Memorias de África siete Oscar de la Academia, adaptación libre de la autobiografía homónima de Karen Blixen (alias Isak Dinesen) y El jardinero fiel un Oscar, adaptación bastante fidedigna de la novela homónima de David John Moore Cornwell (alias John le Carré) Veinte años en los que la percepción de África, siempre desenfocada por la pereza de las sinécdoques, ha sufrido una corrección devastadora: a peor. Porque el mismo año de gracia (1994) en el que Suráfrica enterró el apartheid y Mandela se consagró como el primer presidente negro de su historia, Ruanda se despeñó en el segundo genocidio del siglo XX después del perpetrado por los nazis, y para desolación de Ryszard Kapuscinski y otros africanistas los términos África y condena se casaron en el diccionario de sinónimos. Para Anthony Lane, el crítico de cine más clarividente del New Yorker después de contemplar el alegato de Fernando Meirelles (menos ácido que el cada vez más enojado Le Carré) contra los experimentos de las grandes farmacéuticas occidentales en conejillos de indias africanos (léase negros nadie podrá alquilar un DVD de Memorias de África con la conciencia tranquila. Cualquiera que sea el mal, nunca va a ser curado por Robert Redford con ropa de montar Yo tenía una granja en África se ha convertido en un lugar común para cinéfilos e iconoclastas de la cinefilia. En realidad, esa voz en off que con tanta pericia imposta Meryl Streep debería rezar yo tenía una plantación o yo tenía un cafetal Pero el efecto salvífico para la conciencia occidental entraría en colisión con otras memorias que remiten a explotación. No es que el conflicto étnico esté ausente del conmovedor retrato que Pollack y su fotógrafo, el preciosista David Watkin, hacen de África. Pero la avioneta del aventurero británico Denys George Finch Hatton justifica unas estampas que hacen justicia a la belleza de Kenia, epítome de un África hermosísima, pero dividida a escuadra y cartabón por la codicia concreta de las potencias coloniales (faltan décadas para la cascada de independencias) La casa de la baronesa Blixen todavía se puede visitar a las afueras de Nairobi, aunque parte del mobiliario y el utillaje han sido graciosamente prestados por la productora de la adaptación cinematográfica: licencias poéticas que el guía se encarga de subrayar, y por eso están prohibidas las cámaras. El copyright de la falsificación. Mientras que la cinta de Pollack deja un agridulce sabor de boca al espectador occidental con las vicisitudes de la vida industriosa y sentimental de la Blixen, y consigue cuajar un África ideal que parece a punto de caramelo para que masais, kikuyus y luos (hace unas semanas, enfrentados a muerte) se pongan manos a la obra siguiendo el ejemplo de la danesa, El jardinero fiel con la fotografía saturada de César Charlone, constata una realidad desquiciada. No es de extrañar que otro prestigioso crítico del mismo semanario neoyorquino, David Denby, concluya que, hablando de cine Hotel Rwanda El jardinero fiel El último rey de Escocia Diamantes de sangre África te parte el alma El épico idilio de la baronesa y el piloto, la emprendedora que entiende el tiempo de los nativos y el cazador pionero de la ecología, nos permite vernos a los occidentales en un espejo grato. Pero tampoco hay que cargar las tintas. Los europeos no son culpables de todo, como dice el ensayista francés Pascal Bruckner en su último libro, La tiranía de la penitencia El paternalismo es otra forma de colonialismo. Los africanos no son inocentes. Para desolación de Kapuscinski, África y condena se casaron en el diccionario de sinónimos Después de ver El jardinero fiel nadie podrá alquilar Memorias de África con la conciencia tranquila