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10 OPINIÓN MIÉRCOLES 28 s 5 s 2008 ABC AD LIBITUM ¿UN PP FEDERAL? LEGADO el conflicto a donde lo ha hecho no es fácil discernir si Mariano Rajoy se ha puesto en contra del PP o si, en sentido inverso, es el PP, en la expresión de muchos de sus clásicos, el que se ha puesto en contra de Rajoy. El resultado es demoledor y no hay razones para descartar que las dos hipótesis que señalo sean simultáneamente certeras. Da testimonio del disparatado caos que vive hoy el partido de la gaviota, que un veterano como Francisco Álvarez Cascos, el hombre que como secretario general introdujo la disciplina y el rigor funcionales entre los hábitos del partido que entonces presidía José M. MARTÍN María Aznar, pueda pareFERRAND cer un crítico sañudo y acerado por presentar una enmienda a la Ponencia Política que, después de haber provocado la fuga de María San Gil, llevará la dirección del partido al Congreso de Valencia. Se refiere la enmienda de Cascos a la definición ideológica del PP, un asunto que parecía zanjado, y se limita a reproducir literalmente el texto que fue aprobado en el IX Congreso, el de la refundación, y ratificado en el X, el de Sevilla. No es que, como algunos precipitadamente han interpretado, Cascos renuncie al centro, que es sólo un espacio a ocupar: sólo recuerda las esencias liberales, en el caldo de humanismo cristiano, que alimentaron las dos victorias electorales del partido que ahora se obstina en deshacerse. Hay otra enmienda, a la Ponencia de Estatutos, que presenta, creo que con mayor sutileza e intención, el ex vicepresidente, ex ministro y ex secretario general. Se refiere al Comité Autonómico con el que los barones del PP, con Francisco Camps al fondo, quieren muñir su condición federal, al modo y manera que ya practica el PSOE. Ese pretendido Comité que nada tiene que ver con el que hoy agrupa, con mero carácter consultivo, a los líderes autonómicos de la organización, supone un cambio sustancial del modelo del partido Algo que, de pretenderse, ha de hacerse a las claras y, posiblemente, después de superar un momento de tribulación como el presente y tras prosperar, si prosperan, las propuestas de reforma constitucional, a consensuar con los socialistas, que propugna la sesuda enmienda que también ha presentado al XVI Congreso Alejo Vidal- Quadras al frente de un grupo de clásicos. La reforma de Estatutos que ha de ser debatida en Valencia derrama aromas de oportunismo y parece pretender el control del PP por sus líderes autonómicos, con menosprecio del conjunto nacional. Si se aprueba, el Comité Ejecutivo Nacional y la Junta Directiva quedarán sin contenido y podrían integrarse en ellos personas no elegidas en el Congreso. Un órgano de cabildeo con olvido de los líderes provinciales y locales. Por ahí, alimentado por la debilidad de Rajoy, va el fondo del problema. Un PP federal, simétrico del PSOE, sería la madre de una España confederal. L POSTALES BAILANDO CON LOS COYOTES L mayor dilema planteado a la política española es: ¿qué hacemos con los nacionalismos? Me refiero, naturalmente, a los nacionalistas democráticos, no a ETA. ETA es una banda de asesinos. Pero CiU, PNV, CC, ERC, BNG forman parte del ordenamiento constitucional, de la vida cotidiana. ¿Cómo tratarlos? La respuesta a esa pregunta separa no sólo al PSOE del PP, sino también al PP de sí mismo. Toda la polémica en torno a Rajoy, las discrepancias con su liderato y la falta de confianza de María San Gil vienen de ahí: yo no estoy de acuerdo con tu aproximación a los nacionalistas. Yo no acepto que nos convirtamos en otro PSOE. Y en eso, tienen razón porque el PSOE de Zapatero, Patxi López y Montilla ha adoptado la actitud de abrazar al nacionalismo para quitarle votos por una parte, y atraerle al marco constitucional por otra. Lo primero lo ha conseguido. Lo segundo ha sido un completo fracaso. Todas las concesiones que los socialistas han hecho al nacionalismo, incluido invitarle a gobernar con él, no lo han acercado a España. Al revés, le ha distanciado, ensoberbecido y hecho más antiespañol. JOSÉ MARÍA En teoría, parece bueno hacer conCARRASCAL cesiones al nacionalismo y hacerle sitio en las instituciones del Estado. Debería contribuir a la pluralidad de la escena política española, a convertir en realidad la España de las Autonomías, a hacerla más eficaz, menos enfrentada. Pero en la práctica, tenemos justo lo contrario. Los nacionalistas no toman esas concesiones como muestras de generosidad, sino de debilidad, las aceptan como derechos históricos, que convierten en constitucionales a la primera ocasión. Es como están transformando el Estado de las Autonomías en el de las Soberanías, reclaman una nación y niegan tal título a España. Se debe a la naturaleza misma del nacionalismo. No son partidos políticos como los demás. Son más y al mismo tiempo menos que ellos. Contienen un ingre- E diente de sentimiento, de irracionalidad, que los distingue de los partidos de izquierda, derecha y centro, que defienden los intereses e ideas de un segmento de la población, pero sin erigirse en representantes de la entera sociedad. Por eso pueden negociar, pactar, transigir entre ellos, como ocurre entre las personas razonables. Mientras el nacionalismo, como el enamoramiento o el fanatismo religioso, de los que tiene bastante, no se atiene a razones, se mueve en un mundo de pasiones y dogmas, en el que la razón y la ética apenas tienen cabida. Si las usan, es para lo que usan todo: para avanzar hacia sus objetivos. De ahí que jueguen siempre con ventaja. Un nacionalista justifica la mentira, la deslealtad, el asesinato incluso en casos extremos, con tal de que traigan beneficios a su causa. Es nuestra forma de incesto, de idolatría, de locura los definía Erich Fromm. ¿Cómo hay que posicionarse ante una gente así? Pues, como dice el modismo americano, con una vara de diez pies de larga Con lo que tenemos contestada la pregunta planteada al principio. A los nacionalistas hay que tratarlos como lo que son, como una parte de la política española, aunque a ellos no les guste y a nosotros no nos divierta, que seguirán ahí, con sus victimismos y reivindicaciones, no importa lo que hagamos. Pero a estas alturas sabemos que las concesiones no sirven con ellos. Al revés, en vez de incorporarlos a la pluralidad nacional, las usan para descerrajarla, como están haciendo con esos nuevos estatutos, que en vez de integrarlos a la realidad española, intentan consagrar la desigualdad económica y legal de los españoles. Se acabaron por tanto los privilegios. Menos, en estas horas bajas que atraviesan, de claro retroceso electoral y duros golpes a los que sacudían el árbol del que ellos recogían las nueces. Por cierto, esa ha sido, y esperemos siga siendo, la política del PP con ellos, que parece haber adoptado, tras cuatro años de concesiones, el gobierno Zapatero. Parece.