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ABC MARTES 27 s 5 s 2008 CULTURAyESPECTÁCULOS 81 Ven la luz los poemas inéditos en los que Ángel González presagiaba el final La viuda del poeta, Susana Rivera, y su editor, Chus Visor, reúnen 27 poemas en el libro Nada grave la ironía, como forma de pudor, clave de su pesimismo vitalista ANTONIO ASTORGA MADRID. Tras la muerte de Ángel González, el 12 de enero de este año, su viuda, Susana Rivera, encontró en el escritorio del ordenador del poeta dos carpetas. Una la había nombrado Poemas en marcha y otra Nada grave En el primer archivo componía un almanaque lírico con poemas de tono juvenil y festivo dedicados a todos los meses del año. El segundo contenía un libro adivinado con dos palabras sonoras, potentes, contundentes- -nada y grave- que atesoraba poemas que él considerada concluidos. Nada grave (editado por Visor Poesía en su colección Palabra de Honor) ve la luz de mayo como un reflejo de la insobornable ironía del poeta frente a un estado sentimental de crisis profunda. Él veía venir el final: Hay algo de ironía en esos poemas, y supongo que ese tono pesimista aparece desde su primer libro, Áspero mundo señala la mujer con la que compartió las últimas tres décadas de vida. Pero Ángel González no sólo dejó terminados estos poemas graves únicamente, sino una serie de poemas festivos y alegres, uno para cada mes del año, que son todo lo contrario a ese áspero mundo, a ese acariciado mundo del que hablaba. Su editor, Chus Visor, precisa que en Nada grave -la obra se presentará el 7 de junio en la Feria del Libro de Madrid- se han incluido los poemas que él mismo dio por terminados, y dejó listos para la imprenta ¿Las noches de Madrid ya no son lo mismo sin su Ángel de la guarda? Las noches, los días y las tardes, porque muchas veces paseábamos en los atardeceres de Madrid compartiendo una caña y hablando de poesía comenta. Susana Rivera se encuentra desangelada sin su Ángel de la guarda. La viuda de Ángel González se siente incompleta sin su otra mitad fieramente poética, ferazmente humana, como ayer confesaba a ABC. La traicionera muerte le arrebató su amor, su compañía, su sonrisa, su complicidad, su amabilidad. Él era un señor dibuja a un grandísimo poeta que quiso ser feliz, y lo fue, y que abandonó este áspero mundo después de trabajar el aire, entregarlo al viento, volar, deshacerse, volverse silencio. Ángel era una persona muy alegre. Lo que más le gustaba de este mundo era compartir tardes, noches y madrugadas con las personas que él quería- -confiesa Susana Rivera- Una semana antes de morir estuvimos con amigos compartiendo las últimas copitas, así en plural. ¿Por qué tomar la última copita si nos apetecen más? proponía Ángel. Incluso cuando muchas veces regresábamos solos en la madrugada a casa tomábamos esa última copita para apurar el día. Ángel prolongaba así la dificultad de la vida y por eso se refugiaba en la noche y en la mejor compañía: su mujer y sus amigos. ¿Qué le falta hoy de Ángel? Él- -responde rotunda ella- -y su sonrisa, complicidad, amabilidad La santa compañía de un gran señor La muerte de Ángel González fue un seísmo que sacudió la línea de flotación de la poesía española, y de la que tardará mucho en recuperarse. Hijo de un viejo republicano que murió cuando él todavía era casi álalo, con el alma herida por la revolución del 34, y la piel rasgada por la incivil guerra sus hermanos fueron compelidos uno al exilio de ultramar y VISTA CANSADA No achaques a la vida este desinterés, la indiferencia- -casi desdén- -con que hoy la miras. La vida es inocente e incansable. La fatiga con que ahora la contemplas, está no en lo que los ojos ven, sino en los ojos que miran. su mantenencia con un sueldo de funcionario por oposición. Sin esperanza con convencimiento proclama su fe en la palabra, sin la cual no hay poesía. Abatido y harto de la España de la dictadura, que parecía que no iba a acabar nunca cansado de la burocracia ministerial, partió hacia América: México, Maryland, Utah, Texas... y Albuquerque, donde se afinca en 1972 para enseñar Literatura Española en una Universidad que sí le honró como héroe: le concedió el honoris causa Y en Albuquerque conocería a su alma, su amor, su sonrisa: Susana Rivera. Antes de la existencia del ordenador Ángel González sólo escribía a mano. Se resistía a sucumbir a esa tentación porque le resultaba antipático escribir directamente en una pantalla. Pero el poeta aprendió raudo y, aunque en un principio creaba sus poemas con bolígrafo sobre papel, finalmente los volcaba directamente. Él pasaba sus poemas, aunque si tenía prisa lo hacía yo. Pero si se le ocurría algo acudía a un folio para reflejarlo. Ya no lo hará más por la cruel muerte traicionera dice su esposa. La muerte es la mejor prestidigitadora cinceló por Arte de magia un Ángel González fieramente poético. Ángel González ORAZAL Soy el resucitado de la vida, el que regresó al reino de la nada, en el que sé que estuve, aunque no lo recuerdo. De todas formas, sombras familiares me miran con curiosidad y alguien me dice, no sin asombro: -Has vuelto. ¿Quién te ordenó pasar de la luz a la sombra? -No todavía la muerte; solamente el fracaso de la vida. Noches sin Ángel otro al definitivo de la eternidad detalló su querido y llorado Emilio Alarcos Llorach en el discurso de recepción en la Real Academia) la miseria de aquellos tiempos le provocó a Ángel González una tuberculosis que le recluyó en las montañas leonesas. Criado por su madre, aseguraba Publican en español los Cuadernos de la guerra de Marguerite Duras EFE MADRID. Cuadernos de la guerra (Siruela) es el libro que reúne los recuerdos de la autora, nacida en Saigón (Vietnam) en 1914 y muerta en París en 1996, escritos durante la Segunda Guerra Mundial, a lo largo de cuatro cuadernos para no olvidar y que resultan el material y el esbozo de lo que luego sería su obra futura. Estos textos dan prueba de que Duras no escribió una sola línea, como ella misma decía, que no hubiese vivido, era su propio material literario; su obra llevaba su carne como nutriente y todo su universo sensitivo, por eso terminó exhausta y con varios comas etílicos a su espalda. Estos cuatro cuadernos, redactados entre 1943 y 1949, estaban guardados en un sobre en el que la propia Marguerite Duras los había reunido bajo esta misma denominación: Cuadernos de la guerra como explican en el prólogo los editores Sophie Bogaert y Oliver Corpet. Ella misma los depositó en el armario azul de su casa de Neauphle- le- Chateau, y los calificó como el Cuaderno rosa marmóreo el Cuaderno de prensa del siglo XX el Cuaderno de cien páginas y el Cuaderno beige En el primero se encuentra una narración autobiográfica en la que describe su infancia y juventud en Indochina, y contiene esbozos de lo que se convertirá luego en su libro Dique contra el Pacífi- co y las primeras versiones de relatos que Marguerite Duras publicará muchos años más tarde. Los dos cuadernos siguientes están casi enteramente consagrados a la versión original de lo que sería luego El dolor y el último recoge los mimbres de futuras novelas mezclando realidad y ficción. Además, se incluyen los apuntes de su vida cotidiana. Los diez otros textos inéditos que se presentan al final del volumen, escritos más o menos en la misma época que los cuadernos, son documentos esenciales para conocer cómo Marguerite Donnadieu se convierte en Marguerite Duras.