Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
10 OPINIÓN SÁBADO 24 s 5 s 2008 ABC AD LIBITUM EL SILENCIO DE GONZÁLEZ PONS N 1964, cuando el franquismo rebajó la acidez de sus métodos con la celebración de los XXV años de paz se produjeron dos acontecimientos que, después, resultarían influyentes para un PP que todavía no estaba, ni podía estar, en la imaginación de quienes serían sus fundadores y refundadores. José María Aznar tenía entonces once o doce años y no le había crecido el bigote y Manuel Fraga, ya cuarentón, aún no se había caído del caballo totalitario. Ni siquiera había comenzado su camino a Damasco y se afanaba, con especial entusiasmo, en el despiporre propagandístico que suM. MARTÍN puso la conmemoración FERRAND de la victoria En el 64, digo, Mary Quant, en Londres, inventó la minifalda y, en Valencia, nació Esteban González Pons. Con la primera, las mujeres decentes- -las de derechas de toda la vida -pudieron demostrar que tenían muslos y utilizar los pantys que estaban reservados a las coristas y otras artistas del varieté. Con el segundo, 44 años después, el PP tiene una opción de liderazgo y futuro. Sospecho que hasta el actual presidente del PP, el señalado por el dedazo aznarí- -el que usa el dedo se equivoca- si fuera capaz de decir algo concreto y sincero podría reconocer que el gran partido que preside y no lidera vive una crisis profunda. Se descompone. El propio Rajoy, paso a paso, se ha encargado de desmochar las figuras que, con mérito y talento, podrían sucederle y enderezar el entuerto que su astuta pasividad ha ido construyendo. Sus sucesores naturales, avalados por victorias electorales y subrayados por un creciente prestigio nacional, desde Alberto Ruiz- Gallardón a Esperanza Aguirre, han quedado arrumbados por las circunstancias. Buen cuidado tuvo el gallego de que no fueran diputados en la presente legislatura y que les descalificara el antecedente de Antonio Hernández Mancha, otra víctima caínita del partido de la gaviota. Entre los posibles sucesores de Rajoy, si es que resulta superable la barrera protectora que establece el reglamento para la protección del líder presente- -mecanismo creado para la defensa aznarí- el que más claro resulta es González Pons. Es, políticamente, discípulo de Rita Barberá, la más pragmática y resuelta de las cabezas del partido y, además, goza de la protección y el apoyo de Francisco Camps, el barón de los barones. Está formado, tiene criterio y elocuencia y, lo más valioso en momentos como el presente, sabe ponerse de perfil, esperar a que pase la tormenta y ejercitarse en la virtud de la discreción. Mientras a sus equivalentes se les está escapando la fuerza por la boca, este doctor en Derecho Constitucional que sabe sonreír con más alegría que José Luis Rodríguez Zapatero y menos fingimiento que Rajoy, guarda silencio y espera el momento oportuno para hablar. En el supuesto de que en el PP alguien tenga algo que decir. E HAY MOTIVO INQUISIDORES EN SU SALSA L Tribunal del Santo Oficio de la Sartén y la Cazuela- -guardián de la ortodoxia culinaria, látigo de cismáticos y martillo de herejes- -ha condenado al señor Santamaría por amotinadorcillo y por blasfemo. Santi Santamaría, catalán, nacido en Sant Celoni, en las fragosidades del Montseny, ha violado el dogma, descoyuntado la doctrina y sembrado cizaña entre los fieles. ¡Anatema sea! Al negarse a adorar al Creador, al discutir la autoridad de sus profetas, al hacer rancho aparte y predicar la disidencia, el chef que puso en marcha El racó de can Fabes se ha quedado sin postre y, quizá, sin cabeza. ¡A la hoguera con él! ¡Anatema sea! Santi Santamaría ha tenido los huevos (los huevos con jamón, para más inri, hasta ese punto alcanza su descocada irreverencia) de proclamar a voz en grito y a los cuatro vientos lo que murmuran muchos para sus adentros: ¡Ferrán Adriá no es Dios, ni sus recetas son la Biblia, ni sus fogones son el Templo! Lo cual, que se ha liado la mundial en las cocinas más selectas donde ahora se cuecen, junto a manjares imposibles, generosas raciones de sapos y culebras. Santi Santamaría, cuando menos, TOMÁS ha pecado de ingenuo y merece, por tanCUESTA to, que el Tribunal del Santo Oficio de la Sartén y la Cazuela le ponga en la picota y haga un escarmiento. Intentar devolver a los manteles un punto de humildad y un pellizquito de inocencia es un empeño temerario y, en los tiempos que corren, incluso un sacrilegio. ¿O acaso no es sacrílego que el levantisco cocinero quiere reivindicar una pureza franciscana para poner en evidencia a sus colegas? Il poverello como es fama, rastreaba en lo efímero la huella del Eterno y pegaba la hebra con el Hermano Lobo con una naturalidad que ni Rodríguez de la Fuente. Santi Santamaría, por su parte, pretende reanudar aquel diálogo entre lo simple y lo complejo. El secreto es tratar de tú a tú- -sin dárselas de nada, sin empinarse en la soberbia- -al Hermano Guisante, por poner un ejemplo, y dejarse embru- E jar por la dulzura de jade y malaquita que duerme en sus adentros. Si el Hermano Guisante (de Llavaneras, por supuesto) logró inspirar a Pla media docena de páginas soberbias- -de esas que no se leen, se paladean- ¿qué se gana queriendo añadir fárrago a lo que, de por si, es pura quintaesencia? En Lo que hemos comido el propio Pla- -visionario a fuer de escéptico- -anotaba el despunte de un fenómeno que iba a convertirse, andando el tiempo, en el busilis de la restauración moderna. Para que un establecimiento público alcance a tener éxito- -escribe con un asomo de nostalgia que apenas amortigua la coña ampurdanesa- -ha de sintonizar la extravagancia de los platos y la abusiva extravagancia de los precios. Porque, como la gente, hoy, gana tanto dinero, no se tienta la ropa si hay que hacer un extra. Cuanto más caros, más llenos Pla, que fue un injerto de boina y de bombín, de sofisticación y de crudeza, de presunto pagés y gentleman sin crédito, nunca se definió como un gourmet aunque esa condición viaje de matute en el baúl que encierra su leyenda. Alguna vez, de hecho, dijo que la comida era un mal necesario y el exotismo gastronómico, una auténtica peste. Consideraba que el lujo era ordinario, rechazaba de plano los experimentos y ensalzaba las virtudes taumatúrgicas de una monotonía placentera frente a los raptos de inspiración desmelenada y las formulaciones sorprendentes. En cualquier caso, la mesa, para Pla, era el territorio de la tolerancia y de la convivencia. Ahora, sin embargo, es el del fanatismo y la cerril intransigencia. Desde que la cocina ascendió los últimos peldaños de la escala social y se transformó en un arte excelso, comer no es un imperativo biológico que marca el compás de la existencia, sino un ritual con tintes religiosos que administran aquellos que están en el secreto. Santi Santamaría- -cuyos planteamientos habría suscrito Pla de la cruz a la fecha- -ha profanado el venerable santuario del becerro de oro con reducción de mango y algas japonesas. Cúmplase la sentencia del Tribunal del Santo Oficio de la Sartén y la Cazuela. ¡Anatema sea!