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ABC VIERNES 23 s 5 s 2008 INTERNACIONAL 39 Carretera al infierno A Yingxiu, ciudad cercana al epicentro del terremoto de Sichuan, sólo se puede acceder en moto a través de un camino enfangado y con el riesgo de desprendimientos de tierra como los que aplastaron a decenas de coches durante el seísmo PABLO M. DÍEZ CORRESPONSAL YINGXIU (CHINA) Aparte de en helicóptero o lancha del Ejército chino, para llegar hasta Yingxiu, una de las ciudades más cercanas al epicentro del terremoto de Sichuan, hay que recorrer 60 kilómetros a través de una carretera que parece conducir directamente al infierno. De hecho, su estado es tan ruinoso que ha quedado cerrada para los coches particulares, por lo que ABC realizó ayer el accidentado recorrido a bordo de una motocicleta. Cuando se produjo el potente seísmo el pasado 12 de mayo, sobre dicha vía cayeron miles de enormes rocas que se desgajaron de las montañas por el temblor. Los elevados y frondosos riscos que flanquean la carretera, que discurre paralela al río que fluye al fondo de un precipicio, se desmoronaron como un flan y se desencandenó un violento corrimiento de tierras que arrasó con todo lo que encontró a su paso. Sobre la estrecha y resquebrajada calzada aún quedan decenas de coches e incluso camiones aplastados por rocas del tamaño de un bloque de tres plantas, que impactaron contra los vehículos triturando a sus ocupantes y lanzando a muchos de ellos al río. Además, buena parte del trayecto ha quedado inutilizada al resultar dañados varios puentes y túneles, algunos de un kilómetro de longitud. En medio de una claustrofóbica oscuridad sólo rota por los faros de los vehículos, los soldados seguían apuntalando ayer uno de dichos túneles mientras una interminable caravana de camiones cargados con ayuda humanitaria avanzaba hacia Yingxiu a paso de tortuga. No en vano, se tarda más de dos horas en recorrer los 60 kilómetros que distan desde Dujiangyan, otra de las ciudades más afectadas por el seísmo, porque los puentes están tan debilitados que sólo pueden ser cruzados por un vehículo cada vez. Además, la calzada ha desaparecido en casi la mitad del recorrido, por lo que las motocicletas, todoterrenos y camiones militares deben sortear los socavones de una pista de tierra enfangada por las últimas lluvias. Al riesgo de que se produzca un accidente se suma el miedo a los desprendimientos de la montaña o a que se registre una nueva réplica del terremoto que aquí sería mortal. Y es que la carretera, que discurre entre los montes y el río, es una ratonera de la que no se podría salir con vida si se desatara otro seísmo. Por eso, los asustados conductores miran constantemente a los picos durante todo el trayecto, poblado de casas destruidas, tiendas de campaña donde viven los damnificados y destacamentos de soldados y policías que participan en las labores de rescate y desescombro. Al final del recorrido, aparece fantasmagórica la ciudad de Yingxiu, donde se han derrumbado la mayoría de sus edificios. Entre ellos, figura la escuela, donde el pequeño Wei Lin, de seis años, perdió a sus dos hermanos, cuyos cadáveres aún no han sido recuperados de entre los escombros. De los 180 estudiantes que había en el colegio, sólo se salvaron cinco y, de momento, únicamente se han encontrado los cuerpos de dos muertos. Echo mucho de menos a mis hermanos y quiero volver a mi casa, pero nos han dicho que no podemos porque es muy peligroso solloza a ABC Wei Lin, quien ahora vive con su familia en una tienda de campaña. Allí también permanece Dong Yong, un hombre de 38 años que vivía en la montaña y se quedó aislado junto a su familia. Estuvimos dos días sin comer y bebiendo el agua de la lluvia explica mientras varios soldados portan dentro de una bolsa negra el último cadáver que ha emergido de las infernales ruinas de Yingxiu. Ya son 51.151 los muertos del terremoto que hace diez días sacudió el suroeste de China, según las cifras oficiales que publicaba ayer la agencia de noticias Xinhua citando al Consejo de Estado en Pekín. Se trata de 9. 798 más que en la jornada del miércoles. La catástrofe dejó heridas a más de 288.000 personas, mientras que unas 33.000 permanecen desaparecidas. Además, el portavoz del Ministerio de Exteriores, Qin Gang, anunció ayer en Pekín, según recoge la agencia alemana Dpa, que se necesitan urgentemente unos 3,3 millones de tiendas de campaña y otros refugios provisionales, además de las 400.000 tiendas enviadas hasta el momento. Ban Ki- moon (con gorra blanca) charla con una familia desplazada por el ciclón Nargis en la localidad birmana de Kyondah AFP La calzada ha desaparecido Ban Ki- moon viaja a Birmania para intentar que los militares permitan que llegue la ayuda exterior EFE RANGÚN. El secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki- moon, ayer fue testigo de la destrucción causada por el ciclón Nargis en el sur de Birmania (Myanmar) donde intenta presionar a la junta militar para que permita que llegue la ayuda internacional a los 2,5 millones de damnificados. Después de reunirse con el primer ministro birmano, general Thein Sein, quien le explicó que su Gobierno está a punto de poner fin a la prestación de la asistencia esencial, Ban sobrevoló en un helicóptero algunas de las áreas arrasadas por el devastador ciclón que atravesó el delta del río Irrawaddy, los días 2 y 3 de mayo. El Nargis causó 77.738 muertos, y transcurridos veinte días desde que arrasó la zona, un total de 55.917 personas permanecen desaparecidas. El Gobierno militar birmano, que siempre ha desconfiado de las intenciones de la ONU y de las potencias occidentales, se ha negado a abrir las puertas del país a un masivo desembarco de la ayuda internacional, e impide la entrada de los cooperantes extranjeros y medios ofrecidos para atender a los supervivientes, que se enfrentan a la falta de alimentos y agua, y están amenazados por enfermedades. Por medio de la prensa estatal, la Junta Militar ha dado a entender que sospecha que la ayuda humanitaria internacional es para camuflar una estrategia que persigue cambiar el régimen con el apoyo de los trabajadores de las agencias internacionales.