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90 JUEVES deESCENA JUEVES 22 s 5 s 2008 ABC TEATRO Nunca estuviste tan adorable Autor y director: Javier Daulte. Escenografía: Ramón Simó. Iluminación: José Manuel Guerra. Vestuario: Mariana Polsky. Coreografía: Mona Martínez (basada en la original de Carlos Casella) Intérpretes: Anabel Alonso, Rubén Ametllé, Albert Ausellé, Lurdes Barba, Francesc Luchetti, Carme Poll y Mireia Sanmartín. Lugar: Teatro Valle- Inclán. Madrid Vodevil amargo JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Dice Javier Daulte (Buenos Aires, 1963) haber visitado su prehistoria- -la historia de la familia de su madre- -para elaborar esta falsa comedia, este vodevil con substrato amargo en el que demuestra una vez más la formidable talla de su escritura teatral. Nunca estuviste tan adorable es una obra sobre el paso del tiempo, sobre lo cíclico de nuestras vidas, sobre la incomunicación agazapada bajo un fardo de palabras y sobre los espejismos de la felicidad. Habla de las trampas del cariño, de la voracidad trituradora de la familia y también de su acogedora capacidad de afecto. Se aproxima a las inercias que mantienen la maquinaria cotidiana en funcionamiento, detalla cómo los hijos repiten las torpezas de los padres e incurren en sus mismas desorientaciones, e introduce también astutos números musicales (como el impagable Runaway de Del Shannon) que, en apariencia, a lteran el ritmo de la función pero que subrayan por contraste la verdadera naturaleza de lo que estamos viendo, la reflexión sobre la vida y sus apariencias, ese combate entre la realidad y el deseo. Hay mucho talento, humor, ternura, pulso escénico y concienzudo control de cada uno de los elementos incluidos en este gran montaje, que se cierra con un final de una brillantez que quita el hipo y que, probablemente, deje a parte del respetable sin saber a qué carta quedarse, indeciso entre optar por el realismo agridulce, los territorios del absurdo o el capricho musical. Nunca estuviste tan adorable es una obra sobre el paso del tiempo, sobre lo cíclico de nuestras vidas, sobre la incomunicación agazapada bajo un fardo de palabras El autor y director asume la lección chejoviana e impregna su trabajo de esa ficticia intrascendencia que es sólo superficial, ese aparente no ocurrir nada traducido en una sucesión de diálogos de besugos que están saturados de intención y que, gota a gota, inoculan intramuscularmente un espeso destilado de amargura. Daulte apela a la inteligencia del espectador y le incita a que sea capaz de traspasar la espuma costumbrista que envuelve la obra y de llegar a l as honduras freáticas necesarias para encontrarle el sentido pleno. Por eso puede que haya quien se sienta desconcertado ante el arranque de Nunca estuviste tan adorable una sucesión de idas y venidas, griterío, lío de puertas y simultaneidad de parlamentos y movimientos: un ordenado caos que otorga al espectáculo su disfraz de comedia vodevilesca y que provoca risas en momentos tremendos o alimenta el estupor cuando desenfunda su humor feroz y descoyuntado. El taimado Daulte no siembra las suficientes pistas como para permitir la identificación sentimental del espectador, y cuando amaga con ofrecer un mullido almohadón realista para el reposo emotivo, escoge un sesgo que a leja la acción del raíl convencional por el que parecía ir encaminada. No dejen- -parece decirnos- -que el artificio emocional o la rutina les distraigan y traicionen su percepción, o déjense llevar si quieren, pero sepan que aquí, como en la vida, las cosas son y no son lo que parecen Una madre tremenda aficionada a las añejas películas de Fred Astaire vertebra esta obra de carácter coral, dividida en dos partes claramente diferenciadas; una transcurre en el Buenos Aires de los años cincuenta y la otra en el de los setenta, donde los hijos han ocupado ya el lugar de los padres. Una atractiva transición sembrada de paralelismos en situaciones y diálogos que subrayan la tracería de absurdos ritornelos en cuya noria giran las sucesivas generaciones. La dirección de Daulte está a la altura del espléndido texto, igual que todos los detalles de escenografía, iluminación, coreografías y vestuario. En el apartado interpretativo descuella una soberbia Anabel Alonso, tan ajustada en la disparatada esposa de los cincuenta como brillante en la confundida abuela de los setenta: imponente también Francesc Luchetti como el silencioso padre capaz de desnudar su alma ante un desconocido. Lurdes Barba, Carme Poll, A lbert Ausellé, Mireia Sanmartín y Rubén Ametllé completan la nómina de esta singular propuesta teatral ni cómica ni trágica sino todo lo contrario. ESCENA INTERNACIONAL s NUEVA YORK John Turturro, en la producción de Final de partida de la Brooklyn Academy of Music RICHARD TERMINE La risa al borde del abismo El actor John Turturro protagoniza Final de partida de Samuel Beckett, en el Brooklyn Academy of Music de Nueva York s La producción la dirige el rumano Andrei Belgrader POR ANNA GRAU SERVICIO ESPECIAL NUEVA YORK. Las obras de Samuel Beckett han tenido un marcado protagonismo en la última temporada teatral de Nueva York, pero ningún montaje ha suscitado tanta expectación como el Final de partida protagonizado por John Turturro en la mítica Brooklyn Academy of Music (BAM) No es infrecuente que actores consagrados por el cine se pasen al teatro buscando respetabilidad, a la vez que el teatro busca aprovecharse de su tirón para ganar público. Es una simbiosis habitual. Pero en este caso puede tener algo de broma del director, el rumano Andrei Belgrader, que lleva diez años enlazando éxitos con una marcada querencia por el humor del absurdo. Según como se mire, Final de partida es una de las obras más densas de Beckett. Y según como se monte, puede ser de las más divertidas. Centrada en un personaje ciego y en silla de ruedas, Hamm, alrededor del cual pulula su reluctante y a la vez solícito sirviente Clov, y con sus propios progenitores metidos en cubos de basura, es un texto tan fatalista y terrorífico como cómico. Esto se aprecia sobre todo viendo la obra en inglés y con un público americano. Es normal para los espectadores europeos que van al teatro en Estados Unidos sorprenderse con las imprevisibles explosiones de risa ajena. ¿Dónde está el chiste? se pregunta uno. Se diría que se ríen más cuanta menos gracia tiene. En esa especie de humor indirecto y torturado, de risa al borde del abismo- ¿la risa del miedo? -abundó Beckett y ahonda Belgrader, cuya versión de Final de partida carga evidentemente las tintas en lo tragicómico. Eso es así desde la misma confección del reparto. Metemos en el mismo saco a Turturro, a un actor procedente de Los Soprano Max Casella (Clov) a un clásico de las tablas como Alvin Epstein (Nagg) y a una diva ligera de Broadway que vive habitualmente en el hotel Carlyle, Elaine (Nell) Más que melón con jamón, esto parece caviar con chorizo. Además Belgrader se da el lujo de sentar a Turturro en una silla de ruedas, dejarlo actuando sólo de cintura para arriba y con la voz, una voz que se mueve por el escenario como un gigante o una montaña. Mientras, Max Casella acapara el movimiento escénico con angustiosos pasitos vacilantes, una especie de infernal danza poliomelítica. Y dos tradiciones de interpretación se baten en duelo en los cubos de basura. El resultado es una química ambiciosa que funciona, aunque quizás pilla un poco por sorpresa. Turturro se ha llevado incluso alguna mala crítica- -aunque ha sido inequívocamente bendecido por el B. O. E de las artes neoyorquinas, The New York Times- por no eclipsar a todos sus compañeros, cuando se da la circunstancia de que el protagonista nominal de la obra no es ni siquiera su personaje, Hamm, sino el que interpreta Casella, Clov. Aunque Turturro es un actor mucho más conocido por sus éxitos en el cine, tiene bastante experiencia en las tablas. Eso trasluce en su buena voluntad de equipo, en una vocación orgánica para fundirse con el conjunto, una joint venture de talentos superlativos. Y que se lo pasan muy bien juntos al borde del abismo, no hay más que verlos. Tragicómico Más información sobre la producción: http: www. bam. org