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ABC MIÉRCOLES 21- -5- -2008 Coldplay ofrecerá un concierto gratuito en Barcelona el próximo 17 de junio 83 Periodismo y novela son el mismo oficio; la novela es un artículo de doscientas páginas y el artículo una novela de quinientas palabras Y relató una urbe, su Cuenca del alma, colgada en su propia agonía. La manhattan medieval, y la ciudad de los prodigios. Del Pozo noveló a molineros y alfareros, a la gente que se inventaba botijos para dar de mamar sangre y leche a los niños de la serranía: Periodismo y novela para mí son el mismo oficio- -explica- La novela es un artículo de doscientas páginas, y el artículo una novela de quinientas palabras. Se cuenta la especie de que un periodista le llevó un artículo a su redactor jefe espetándole: ¡Aquí traes el Quijote, y no te lo publican! Y el baranda le contestó: Sí, sí, te lo publicamos, pero en folio y medio, y diciendo el lugar exacto de la Mancha Así son los cánones de Raúl del Pozo: Síntesis, ritmo, culto a las palabras... A Raúl del Pozo se le han muerto en el último lustro los titanes que colocaba como el espejo stendhaliano en su camino literario: Campmany- un caballero hedonista que llevaba en la sangre la música del idioma y escribía con los ojos empapados de belleza Umbral- del Periodismo ya se sabe cuáles son las lumbreras: se empieza con Larra y acabas en Umbral Fernán- Gómez, Rabal... Soy un lector de los clásicos. Me gusta mucho Séneca. Éste es un oficio que se extingue. Somos una raza que se extingue. Los poetas de la catástrofe anuncian que el papel va a morir, ¡pues vamos a morir todos a la vez! examina, aturdido por el honor del Cavia, un Raúl del Pozo que recibía ayer una de las noticias más importantes de mi vida Uno pensaba al llegar a Madrid, como los toreros que sueñan con torear en Las Ventas, que un día escribiría en ABC. Encima, al final, me dan el premio Mariano de Cavia, que han ganado todos los grandes: Umbral, Campmany... No solamente excelsos columnistas, sino grandísimos escritores. Insisto: el Cavia es el Premio. No le confieso que ahora me quiero morir en paz, porque no quiero morirme, pero es muy emocionante Con el artículo premiado con el Cavia- España, el paraíso Raúl del Pozo glosaba los vocablos, la historia común, las incomprensiones e incomunicaciones, pero también la belleza que nos ha aportado almohades, almorávides, benimerines, príncipes omeyas... Era otra época, aunque los clásicos, desde Quevedo a Cervantes, tratan muy mal a los moriscos. El manco de Lepanto les llama víboras Era otro pensamiento. El barroco es esplendoroso como cultura, pero desde un punto de vista político no se puede comparar con la democracia, como es lógico. Ese artículo es un canto a nuestra historia y país, a todos los misterios que encerramos y, sobre todo, un cántico a la música de los vocablos, porque lo mejor de todo es nuestra lengua, y ese torrente de vocablos que nos enriquece y nos hace grandes Hace unos días Raúl del Pozo trazaba una columna mayor en honor del caballero y príncipe del Periodismo Ignacio Camacho que recibía el González- Ruano por sus Umbrales en memoria del maestro de los dos: Umbral. Ese rubicón del Ruano lo había cruzado Raúl del Pozo poco antes al elevar su Réquiem por el maestro de los epitafios: Jaime Campmany que ejercía el magisterio en ambos. ¿Hoy es usted el príncipe del periodismo? Nada, nada... Aquí sólo vale lo que va uno a publicar mañana. No hay que creerse nunca nada señala el ...a los Umbrales Del tributo a Campmany... Raúl del Pozo ERNESTO AGUDO hombre que escribe en el nombre del padre periodístico- -en el hueco de Umbral- -cada día en su periódico El mundo Es una terrible responsabilidad. Las leyendas pesan mucho en el ataúd. Yo modestamente estoy defendiendo mi espacio, y haciéndolo lo mejor que puedo sin intentar ni imitar ni superar a Paco Umbral. Procuro seguir mi camino Ese camino arranca en su ciudad levítica, donde el escritor descendía desde los batanes, molinos de papel y rocas a la jungla del asfalto, mientras leía a hurtadillas a Baroja fascinado por sus libros de piratas y viajes. Como le agradeció Ignacio Camacho la noche del Ruano, tú y yo, Raúl, que venimos del fango de las trincheras y del turbulento campo de Agramante, donde las palabras resuenan a veces como descargas de fusilería; que hemos bajado tantas veces a los albañales canallas donde el poder entierra en barro sus patas de cabrón goyesco, no podemos ni debemos hablar más que como lo que de verdad somos: peones curiosos del viejo oficio de mirar y contar Y testigos de los pliegues de las arrugas de los recodos de la Historia que aspiran a encerrar en el marco imposible del idioma. Labriegos de la frase, letraheridos braceros de la prosa con la cabeza alzada al cielo en busca del relámpago iluminador. Hijos de Umbral y de Campmany, siempre en el principio del verbo. ESPAÑA, EL PARAÍSO Raúl del Pozo obtiene el Mariano de Cavia por este artículo en El Mundo el 23 de febrero de 2007 ice un poeta norteamericano que el pasado es un cubo lleno de cenizas y el mundo, sólo un océano de mañanas. Viendo sentados delante de los jueces a esos entalegados, de las cenizas renacen las ascuas; me recuerdan a almohades, almorávides o benimerines sin chilaba. Se ganan el pan matando infieles. Los libros sagrados son los vídeos de la yihad, las mezquitas, academias militares, los McDonald s, su estado mayor. Camellos de éxtasis, baladores, confites, hurones, nos miran desde el cristal blindado; aunque no llevan alfanjes, fueron reclutados para la guerra santa. Sus jefes son príncipes D sauditas; ellos no son príncipes omeyas, sino ladrones de coches y mandangueros. El lumpen, frente a la predicción de Marx, se destaca como la nueva vanguardia que, en vez de luchar por el hombre no alienado, pelea por un creyente fanático que quiere recular la Historia hasta la peste. Tienen el sueño de volver a Al Andalus y han enviado a los primeros combatientes, con nombres inextricables, con caras no ajenas a las nuestras. Aquí, a excepción de El Cid, nuestros abuelos se mezclaron con moros y judíos. Estos traficantes de éxodo y patera descubren, apenas llegan a España, que es algo de ellos; el idioma que hablamos está plagado de sus propias palabras. Hay en nuestros diccionarios más de 4.000 arabismos. Su monoteísmo se enriquece con vocablos que invocamos para consultar al destino: azar, baraja, albur. Muchos de ellos trabajan de alondras o pastores en los pueblos donde las casas conservan el aljibe; el zaguán, las alcobas; la alacena, las baldosas; las azoteas, el albañal. Van al mercado y ven que hay alcachofas; observan que en las aldeas aún se echa el dinero en una alcancía. Les han contado en las madrasas que los árabes trajeron a España el álgebra y los albaricoques. Al Qaeda sigue el método de los primeros sicarios, los ebrios de hass. Cuando el sultán deseaba enviar a alguien para que matara a sus enemigos, le pagaba el precio en sangre; si el asesino se escapaba, el dinero era suyo, si era atrapado, lo era de sus hijos. Traen sus canciones de gesta: Almanzor mandaba recoger el polvo con el que sus ropas quedaban manchadas durante sus batallas, para ser enterrado con ellas cuando le llegara el último día. Creen que la Reconquista no ha terminado. El mismo Cervantes analiza el fenómeno musulmán- cristiano como la primera guerra civil española. Cuando se encuentran unos labradores que llevan a su pueblo imágenes para un retablo, una de las cuales era San Diego Matamoros, dicen: Y mira que este gran caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo No les han contado que aquí los moros se volvían vacilones, se entregaban al hedonismo, cantaban en las jarchas: Con hojas de parra mortaja aprestad, con pámpanos verdes, turbantes tejed Dice un poeta arábigo- andaluz: Oh andalusíes, qué felices sois, tenéis agua, sombra, ríos y árboles. El paraíso eterno está en vuestras moradas