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10 OPINIÓN MIÉRCOLES 21 s 5 s 2008 ABC AD LIBITUM LA DESMEMORIA DE AZNAR N enero de 1996, al concluir el XII Congreso del PP, José María Aznar dijo rotundamente: Éste es el partido que yo quería Los huevos y las castañas guardan entre sí mayor semejanza que la de aquel PP de hace una docena de años, en vísperas de una victoria electoral, con el que ahora, renqueante y dividido, se enfrenta al XVI Congreso. Tampoco Aznar era el mismo entonces que ahora y de ahí que convenga seguirle con atención para poder hacer pronósticos sobre el futuro político de España. Aznar ha montado una industria de sí mismo, se prodiga con éxito en los foros internacionaM. MARTÍN les del conservadurismo FERRAND y, si fuese capaz de mostrar arrepentimiento por su gran error, el que fraguó en Las Azores, serviría para otra guerra, como los viejos y buenos soldados del imperio. Aznar ha vuelto. Con las cautelas que le son propias, hijas de su esencial desconfianza, está ahí- -presente- -y les manda avisos criptados a sus viejos pupilos. Le avergüenza a Mariano Rajoy que no llame a los mejores lo que parece oportuno, y reivindica que el partido que él refundó y llevó a La Moncloa actúe sin complejos lo que está mucho mejor. También demanda el todavía joven y muy veterano líder del PP la esencial defensa de los principios y eso ni es inocente ni concuerda con el pasado posibilista y pragmático que él mismo protagonizó. En las últimas horas hemos podido escuchar un buen número de discursos en los que los máximos protagonistas del partido han lucido sus galas. Destaca entre ellos el de Alberto Ruiz- Gallardón en el Foro ABC. Una pieza modélica, centrista, inteligente, integradora y respetuosa, aunque firme, con los nacionalistas. Es decir, una proclama llamada al fracaso porque no ha cursado con el garbo y el valor debidos, marcando las distancias y sin sumisión a otros supuestos de menor enjundia. Aznar, que sobrevuela la finca del PP como lo hacen las gaviotas de su emblema para buscar alimento, ha recordado los principios apuntando con su mira telescópica a la cabeza de Gallardón. Ahora no toca el entendimiento con los partidos centrífugos. En 1996 sí tocó. Aznar, a quien ahora le flojea la memoria, llegó a la Presidencia del Gobierno de España con la ayuda de Xabier Arzalluz y de Jordi Pujol después de muchas concesiones, hablar catalán en la intimidad y echar por tierra una regeneración democrática que había prometido, pero que resultaba incompatible con las exigencias de sus mentores. Ahí, al margen de los principios y en aras de la conveniencia, germinaron muchos de los males nacionalistas que han engordado en los días- -tan torpes, tan huecos- -de José Luis Rodríguez Zapatero y ahí, que todo hay que decirlo, comenzó una transformación económica brillante y decidida que, con Aznar a la cabeza, puso a España en un lugar destacado del que ahora decaemos. E HAY MOTIVO LA ESTRATEGIA DEL TURRÓN A juzgar por los titulares de la prensa- -sólo de cierta prensa, evidentemente- da la impresión de que las Navidades, este año, han decidido no aguardar al abeto y se han caído del guindo en plena primavera. ¿No tendrá algo que ver con el cambio climático, que es un ritual progre y un inmenso pesebre? Averígüelo Vargas. O Zapatero, en su defecto. El caso es que te asomas al periódico para ver qué se cuentan por la acera de enfrente y es como toparse con la bandeja del turrón que vuelve- a- casa- vuelve a celebrar la Nochebuena. O del duro o del blando, no hay término medio. O te pringas los dedos o te rompes los dientes. Igualico, igualico que en tiempos del TBO. Vamos, pues, al turrón; que, en jerga poscastiza, quiere decir que al grano y basta de rodeos. Sus y a ellos. Según los reposteros de ciertas cabeceras, si Mariano Rajoy quiere comerse los turrones en su despacho de la calle Génova, tiene un problema de denominación de origen, más que de paladar o de apetencias. Ha de elegir, por fuerza, entre Xixona y Alacant- -digámoslo en vernáculo para que Paco Camps no se moleste- -y huir del TOMÁS pasteleo y de las componendas. Es obCUESTA vio que el turrón, sea cual sea la receta, aglutina los mismos ingredientes al margen de texturas y de consistencias. Pero, para esa legión de tragaldabas que olisquea los pucheros del Gobierno, el blando es un compendio de virtudes y el duro sintetiza lo maléfico. Después de sacarle todo el jugo al espantajo de la derecha extrema, los ideólogos que tejen la alfombra mágica sobre la que se desplaza el presidente del Gobierno han cambiado de técnica: lo que se lleva ahora es la ducha escocesa. Tibieza con los tibios; con los relapsos, hielo. Los promotores del pacto del Tinell, del cordón sanitario, del exilio interior, del cotidiano leproseo, han aceptado a la derecha como animal de compañía siempre que sea muelle, reservona, descastada y pastueña. Es la estrategia del turrón, la adaptación zapaterista de la célebre máxima de Nicolás de Maquiavelo: Divide et impera Con pequeños retoques Divide ut regnes divide para reinar, o Divide ut imperes divide para mandar) la recomendación del florentino les sirvió de divisa a personajes tan notorios como Luis XI de Francia o Catalina de Médicis. Y, ahora, se la ha apropiado José Blanco, que es un maquiaveliño sin finezza aunque, eso sí, cuando se trata de enredar, enreda más que un gato en la trastienda de un mercero. Puede que el señor Blanco no haya leído El Príncipe pero ha llegado a la misma conclusión por el atajo de la picaresca. La gramática parda resulta, a fin de cuentas, un eficaz sustitutivo de la falta de letras y don Pepiño, en esa disciplina, les da sopas con honda y picotazos en la cresta a los que cacarean en el corral de enfrente. Hace apenas un año, en el Partido Popular el que no era un faccioso era un sacamantecas. O algo peor aún: un aznarista, mitad inquisidor, mitad criminal de guerra. Hoy por hoy, la consigna es reflejar al enemigo en los espejos deformantes de la teología maniquea: la luz y las tinieblas, lo bueno y lo perverso, la flexibilidad mutante y el empecinamiento. Hay que cavar un foso entre la derechita moldeable y la que no se deja llevar por la corriente; entre la montaraz y la de invernadero; entre los duros de roer y los blandengues. Maquiaveliño Blanco, a tal efecto, reparte gacetillas laudatorias y excreta furibundos anatemas. Divide et impera Porque, a la postre, el truco del turrón termina surtiendo efecto y, a lo tonto modorro, la amodorrada oposición, se lo pone en bandeja. A poco que el señor Blanco y sus voceros le sigan dando hilo a la cometa el congreso de junio acabará por celebrarse en la casita empalagosa de Hansel y Grethel. Turrón y más turrón, Xixona o Alacant, del que te juegas los empastes o del que se te entrega mansamente. No otro es el marrón que don Mariano tiene servido encima de la mesa. Decidir, de una vez, qué turrón le apetece.