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10 OPINIÓN LUNES 19 s 5 s 2008 ABC CON CAJAS TEMPLADAS BIRMANIA, AGUJERO NEGRO L ciclón Nargis ha hecho de Birmania el primer agujero negro con rango de país. En el sur devastado aún está pendiente de celebrarse el referéndum sobre una nueva Constitución que refuerza los poderes del Ejército. La Junta Militar lo aplazó al ver que la única preocupación de los damnificados era sobrevivir; no obstante, les dio 14 días para reponerse y votar. A favor, se entiende. Esas dos semanas se cumplen el próximo sábado, de manera que al millón y medio de desplazados les trae cuenta ir regresando a su circunscripción; y a los 56.000 desaparecidos más les vale aparecer cuanto antes. Los IRENE 78.000 muertos oficiales LOZANO han sido considerados un caso perdido. Por desgracia, en el delta del río Irrawady grandes extensiones de tierra han quedado borradas de los mapas por el ciclón, aunque no se prevé que la Junta Militar modifique la cartografía nacional o corrija el censo para tomar en cuenta los cambios de población causados por su negligencia antes, durante y después del paso del Nargis. Lo importante es que, mediante el referéndum, el 92 de los votantes otorgue más poder a los militares, como ocurrió en el resto del país, donde la convocatoria se celebró puntualmente a pesar del ciclón. Y digo yo, si van a lograr la proeza de ganar un referéndum que se va a celebrar en un territorio inexistente con votantes desaparecidos, ¿qué más poderes quieren? Si con la Constitución vigente pueden bloquear los bidones de agua potable en la capital mientras la gente muere deshidratada en el sur del país, ¿a qué atribuciones superiores aspiran? Si con el régimen existente los gobernantes no encuentran trabas para impedir a las agencias humanitarias desplazarse a la zona donde la gente está muriendo de hambre, ¿qué queja tienen? Después de navegar quince horas entre cadáveres flotantes, la corresponsal de la BBC Natalia Antelava recogió un testimonio revelador. Una joven de la aldea de Tabitha se dirigió a uno de los escasos lugares donde el Ejército reparte comida a la población, pero se le negó un tazón de arroz porque su nombre no figuraba en la lista de supervivientes. Si un simple oficial puede comunicarle a una muchacha que no está viva y, en consecuencia, privarle de alimentos para corregir la incongruencia administrativa, ¿se puede saber qué inconvenientes le ve la Junta a la Constitución actual? Sólo se me ocurre uno: ha mostrado al mundo que el desastre natural más mortífero es el poder omnímodo. Esta catástrofe tiene nombre propio, y no es Nargis, sino Than Shwe. El paranoico general ha hecho de Birmania un agujero negro que cada día sigue tragándose a miles de personas. Duerme tranquilo porque está salvando a los muertos de los peligrosos virus que transmite la ayuda humanitaria internacional. No olviden su nombre. Algún día habrá de ser juzgado por un tipo de crimen contra la humanidad hasta ahora desconocido. E -Primero nos piden que les movamos el árbol, y luego se indignan sólo porque no avisamos con antelación de la hora y el lugar donde caerán las nueces. ¿Tú los entiendes? HAY MOTIVO EL WATERLOO DE RAJOY ESPUÉS de convertir a Bonaparte en ese pobre señor con cucurucho que cuenta batallitas en los cotolengos, Arthur Wesllesley, primer Duque de Wellington, miró con gesto adusto la vomitona de cadáveres que estercolaba los sembrados de la planicie belga y supo que la gloria, inevitablemente, vale su peso en muertos. Entonces, volvió grupas, regresó a Waterloo (un lugarejo sin historia que se mudó, de golpe, a los libros de texto) y sacó punta a la pluma de las frases célebres: Nothing except a battle lost can be half melancholy as a battle won anotó en un despacho que todavía se recuerda. No hay nada más triste que una batalla que se gana, exceptuando una batalla que se pierde La sentencia, sin duda, es admirable y muy british por cierto. De hecho, es un ejemplo de que los grandes estrategas son un cóctel certero de ambición y prudencia. Porque, en definitiva, si el coste es excesivo, hay algunas victorias que no salen a cuenta. Don Mariano Rajoy, que es hombre cultivado y capaz de aprender de los hechos pretéritos, debería, quizás, prender un buen veguero, servirse un lingotazo, apagar el teléfono y darle un par TOMÁS de vueltas a la sabrosa reflexión del priCUESTA mer Duque de Wellington. Napoleón fue derrotado en Waterloo el 18 de junio de 1852, hace ya siglo y medio. El líder del PP, que ni es Napoleón, ni lleva un cucurucho, ni se pone la mano en el chaleco, afrontará éste mes de junio- -también es coincidencia- -un Waterloo canijo, petardista y casero en el que todo el pescado está vendido, salvo mayúscula sorpresa. Que Rajoy saldrá a hombros de la plaza es algo tan absolutamente predecible que incluso los birmanos se encuentran al corriente. Lo que hay que determinar es a qué precio. Ahí está el busilis, el quid de la cuestión, la madre del cordero: si don Mariano vence y su partido se cuartea, la factura- -léase la fractura- -podría merendarse la mitad de la herencia. Vamos, que ni vendiendo el piso se salvarán los muebles. D A la espera de lo que tenga que ocurrir en el congreso venidero- -y nunca será peor, en cualquier caso, que lo que está ocurriendo- -no pasa un día sin que los populares monten el numerito, con razón o sin ella. La sinrazón afecta a los millones de votantes que compraron valores a futuro aún no hace cinco meses y se encuentran, ahora, con semejante papeleta. Porque a la mayoría, no nos engañemos, les importa un pimiento si son hijos de Hobbes o de Isaiah Berlin; si representan a la derecha estilizada o a la derecha a secas; si son galgos legítimos o rompen a podencos. Pero todos, al asomarse a un espectáculo que va del sainete al esperpento, comparten, sin saberlo, el triste escepticismo que describía Wellington. Y es que al señor Rajoy, de seguir en sus trece, le espera un Waterloo homeopático en lugar de una batalla en campo abierto. Es decir, un goteo de pequeñísimas miserias, de reveses misérrimos, de ínfimos naufragios en el interior de una botella. La Vieja Guardia, que defendió sus estandartes hasta el último aliento, ha sido licenciada sin honra y con vergüenza. Y la veteranía, que antaño fuera un grado, hogaño es un molesto inconveniente. Oponerse a los cambios, pese a los riesgos que conllevan, es tan irracional como cambiar de rumbo sin que nada lo exija, de buenas a primeras. Mas si los cambios pueden ser discutibles- -y se discuten, claro, con suma vehemencia- -dar el cambiazo es cosa de burlangas, trapisondistas y trileros. Don Mariano Rajoy quiere montar un nuevo equipo a la medida de los nuevos retos. Y hace santamente, que por algo es el jefe. Él sabrá lo que saca transformando en notables a notorios suspensos e insuflando vidilla a un grupo de palmeros. Nadie, no obstante, le ha dado vela en el entierro de los que discrepan de sus planteamientos. Pues la batalla es esa: la de la usura del poder contra la generosidad de las ideas. El antídoto cómico, entre tanta tristeza, será no perder ripio del strip- tease de aquellos que, para no quedarse a la luna de Valencia, elegirán quedarse a culo pajarero.