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68 AGENDA Tribuna Abierta JUEVES 15 s 5 s 2008 ABC Enrique de Aguinaga Decano de los Cronistas de la Villa ISIDRO, ENTRE PEREZOSOS Y LÁNGUIDOS I yo fuera un político en debate diría: Es mentira que ángeles acudieran a sacar el trabajo de arada a Isidro, labrador asalariado, mientras que éste (cuatro siglos más tarde reconocido como Santo) se dedicaba a la oración, en el borde del campo. Y es mentiroso quien propague esta leyenda urbana, tan propagada en todo género de representación artística y literaria Pero, dado que no practico el debate político, me limito a decir, con el máximo respeto para cualquier otra aseveración, que el llamado Juan Diácono (sea quien sea) escribe en su famoso Códice, el testimonio más próximo a la vida (y milagros) del madrileño Isidro, mozárabe, pocero y finalmente Santo, primer santo laico, por encima de tantas simplicidades. Con aquella autoridad histórica, narra Juan Diácono el milagro de la arada, considerado como el principal o más representativo de Isidro, entre los sesenta y uno que el Códice recoge, junto a datos finales (muerte, entierro y exhumación) amén de los seis himnos en los que, con tanta anticipación como entusiasmo, se exalta su bienaventuranza. La piedad de Isidro, la murmuración de los vecinos, la desconfianza del amo y, por fin, el prodigio, que el amo hubo de contemplar como celestial reivindicación del empleado. Este es en síntesis el milagro de la arada, repetido en la aleluya y en la pintura, en el grabado y en la escultura, en el poema y en el teatro. En las más variadas expresiones, Isidro ora arrodillado, a veces, a la sombra de un árbol para mayor comodidad. Mientras, el tiempo que Isidro sustrae del trabajo para dedicarlo a la oración es recuperado por uno o más ángeles que, en lontananza, se hacen cargo de la yunta de bueyes, sustituyendo al labrador. Narra Juan Diácono el milagro de la arada, considerado como el principal o más representativo de Isidro, entre los sesenta y uno que el Códice recoge, junto a datos finales (muerte, entierro y exhumación) amén de los seis himnos en los que, con tanta anticipación como entusiasmo, se exalta su bienaventuranza S Así se ve, en el Museo Municipal, en el cuadro de Cecilio Pla, donde no uno ni dos, sino cinco ángeles, entre los plenamente visibles y los barruntados, conducen los bueyes mientras, de espaldas a la tarea, junto al zurrón y a la calabaza, Isidro, reza, genuflexo y nimbado de santidad. Ya Lope de Vega, donosamente, se regocija con la santa holganza de Isidro. ¡Qué milagro tan español! que dijo un cretino extranjero, comenta Camón Aznar. Ramón Gómez de la Serna escribe que San Isidro representa el ideal nacional de que los ángeles sean los que aren con sus yuntas blancas los campos pedregosos y difíciles. Y Francisco Umbral no se resiste a la idea: En España hasta los santos son perezosos y San Isidro, el patrón de Madrid, había encontrado dos ángeles en el sindicato para que le hicieran las labores campesinas, mientras él rezaba por la cabeza de Santa María de la Cabeza. Pues, no. No es esto lo que dice el Códice, desde el siglo XIII, en la versión próxima y auténtica, que, como tal, debe prevalecer sobre otra cualquiera y posterior. Y ¿que dice el Códice? Lo primero, que Isidro no oraba en el campo. Los vecinos, que acudieron con sus murmuraciones al dueño de las tierras, acusan a Isidro con estas palabras: Sabed que aquel Isidro a quien elegísteis para trabajar vuestra posesión en el campo por un sueldo anual, levantándose muy de madrugada y después de abandonar el ineludible trabajo del campo para ausentarse, se va a visitar todas las iglesias de Madrid, so pretexto de orar en ellas. Así, puesto que ya avanzado el día vuelve muy tarde al trabajo, no cumple siquiera con la mitad de la faena establecida. Áurea de la Morena, presidente de la Academia de San Dámaso, eminente isidrologa, ha descrito magistralmente las iglesias donde rezaba San Isidro y a ella me remito. Lo segundo que se escribe en el Códice es que no hay ángeles ni suplencia, en cuanto que, según el Códice, este es el prodigio que vio el amo en su espía: Vio de repente en el mismo campo, por designio del poder divino, que dos yugadas de bueyes de color blanco, que araban al lado del siervo de Dios y sin propietario, labraban el campo rápida y resueltamente Vidit subito in eodem agro sub agricultore officio duo iuga boum absque suo proprio iuxta virum dei coarancia atque colore albencia promte ac firmiter laborare latinista Antonio Fontán, a quien he consultado, subraya el suo propio de las yuntas de bueyes que araban al lado de Isidro y lo explica como sin su guía o sin que nadie las gobernara. Y, en fin, en la Bula de Canonización (1724) se escribe: El amo le vio arar con su yunta de bueyes, entre dos más, guiadas por otros tantos jóvenes vestidos de blanco, que desaparecieron nada más aproximarse a Isidro En cualquier caso, frente a la tradición vulgar y artística de la pasividad orante del santo, están el Códice y la Bula de Canonización, que describen el milagro como la compañía de dos yuntas prodigiosas que, a izquierda y derecha de la de Isidro, con la de él, araban al mismo tiempo y, así, ganaban en el trabajo la parte de la mañana que el labrador dedicaba a la visita de las iglesias. No hay, pues, suplencia, sino colaboración; no hay sustitución del trabajo por la oración, sino multiplicación del esfuerzo por la fe, según el adagio popular: A Dios rogando y con el mazo dando Bien es verdad que, si en el relato del Códice no se menciona la milagrosa presencia de los ángeles, hay ángeles en los himnos dedicados a Isidro. Concretamente, en el primero y el cuarto. En el I, cuando se canta: Acuden El bueyes que, guiados por un ángel, hacen surcos en la otra parte. Más adelante: Pues el amo había visto que araba en el campo con bueyes blancos un joven, al que había tomado por un vecino que le ayudaba. Pero cuando hizo acto de presencia, vio que no había nadie. Y, en el himno IV, cuando se canta: Era acompañado por ángeles en su trabajo; era grato a los habitantes del cielo y a los de la tierra. Es en el himno IV, en el que, entre alabanza y alabanza, se reconoce la protección que Isidro dispensa a España: Medelam prestat languidis terrigenis yspanie. (Proporciona remedio a los débiles habitantes de España) ¿Qué quiso decir el salmista de hace ocho siglos, cuando llamó languidis a los habitantes de España, a los españoles? ¿Es buena la traducción de languidis por débiles? ¿No sería mejor lánguidos, sencillamente, directamente, lánguidos? Mi latín es del bachillerato de hace ochenta años; pero como una reliquia, milagrosamente, conservo el diccionario latino- español de Eustaquio Echauri. Para don Eustaquio, languidus es lánguido. También debilitado (no débil) flojo, perezoso y suave. ¿Los españoles somos o eran lánguidos? ¿Débiles o debilitados, quizá? ¿Quizá flojos, perezosos o suaves? No sabría decir exactamente por qué, pero, antes de recurrir a la Academia, ya me había quedado con lánguido (del latín languidus) flaco, débil, fatigado, de poco espíritu, valor o energía, que es lo que dice su Diccionario. Cuando el salmo se refiere a los terrigenis yspanie, a los habitantes de España, faltan todavía dos siglos y medio, casi tres, para que los Reyes Católicos pongan nombre a la Monarquía hispánica. Y allí estaba ya San Isidro, cuatro siglos antes de su canonización, protegiendo a los lánguidos españoles. ¿A los lánguidos españoles? ¿A los españoles lánguidos? ¿Qué más da? En uno u otro caso, españoles. Que, en la hora difícil, San Isidro haga el milagro y ponga en pie a perezosos y lánguidos. En este su día, te lo pedimos, Señor. ESQUELAS DON JUAN BAUTISTA MUÑOZ MINGARRO CORONEL MÉDICO ILUSTRÍSIMO SEÑOR FALLECIÓ EN MADRID EL DÍA 10 DE MAYO DE 2008 Habiendo recibido los Santos Sacramentos D. E. P Su esposa, Dolores; hijos, Dolores, Paloma, Juan y Antonio; hijas políticas, Yolanda y Jani; nietos, Juan, Sergio y Diego RUEGAN una oración por su alma. La misa funeral se oficiará en Burriana. (2)