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64 MADRID Fiestas de San Isidro JUEVES 15 s 5 s 2008 ABC PATRÓN DEL MADRID TRANQUILO San Isidro es el Patrón que se esfuerza en entender e integrar a todos, que cree en el ora et labora y que muestra la verdadera faz, razonable y sosegada, de la ciudad zón de su propio dinamismo socioeconómico y cultural, o de las preocupaciones y las responsabilidades especiales que como capital asume, haya querido que su Patrón fuera no el protagonista de un episodio histórico destacado, o el autor de un sesudo tratado teológico, ni el promotor de ninguna empresa de gran relieve más allá de las tareas sencillas de todos los días. En contraste, Madrid prefirió como Patrón a un hombre llano y apacible, imaginativo y discreto, que trató con igual franqueza al menesteroso y al potentado y que confiaba en su gentileza de buen vecino- -anticipo de futuras virtudes ciudadanas- -para superar la cotidia- Alberto Ruiz- Gallardón Alcalde de Madrid oraje y sosiego. He ahí los dos polos de la identidad madrileña, en torno a los cuales cristalizan todas sus otras señas: de un lado, el rechazo de la injusticia y el afán de cambio; de otro, una intensa sociabilidad y la hospitalidad consecuente. Y bien está que en el año del Bicentenario, justo cuando acabamos de revivir el estallido pasional que supuso el Dos de Mayo de 1808, la celebración festiva de San Isidro, que el calendario nos devuelve otro 15 de mayo con la puntualidad ritual de toda memoria compartida, equilibre la balanza de los valores que conforman nuestra personalidad. Porque San Isidro, Patrón de la ciudad por iniciativa popular, nos sigue ofreciendo, ocho siglos después, un modelo de conducta basado en actitudes que Madrid quiso muy pronto hacer suyas: laboriosidad, tesón, solidaridad... y, por encima de todo, cordialidad y sencillez. Y no deja de resultar paradójico, cuando no significativo, que una urbe inquieta y nerviosa, que vive en permanente excitación en ra- C na dificultad. San Isidro es el Patrón del Madrid tranquilo y cercano que templa las pasiones, que se esfuerza en entender e integrar a todos, que cree en el ora et labora y que, a despecho de todos los tópicos sobre la ciudad oficial y sus tensiones, muestra la verdadera faz, razonable y sosegada, de la ciudad real. Unos rasgos de carácter que se adivinan en el retrato que Lope hizo del santo: El cabello nazareno, bien puesta la barba, y boca, ni en grande exceso, ni poca, el rostro alegre y sereno, que la risa siempre es loca Max Weber estudió el efec- Una estampa tradicional en la pradera de San Isidro JAIME GARCÍA to económico de la pujante religiosidad del Norte europeo y le salió el retrato de unas sociedades prósperas y al borde de la neurosis. A nosotros, meridionales sujetos al falso cliché de la holganza, la senda humilde de San Isidro nos ha llevado hasta un presente de progreso humano y material que, en esta vuelta del camino, nos sitúa ya por delante de la inmensa mayoría de las capitales del Continente, con la salvedad de Londres y París, pero con la ventaja de que conservamos una escala humana cierta y un amor sincero por el contacto personal y la proximidad en la convivencia del que nuestra modernidad no ha renegado. Así, callada pero afanosamente, Madrid da todos los días un nuevo paso hacia una mayor integración social, una calidad de vida creciente y una tolerancia intercultural que al santo labrador, de orígenes mozárabes, le hubiera gustado. Entretanto, la ciudad sigue cambiando, creativa y diversa como aquellos que la habitan. Las riberas del Manzanares donde San Isidro fatigó el arado empiezan a vislumbrar un Madrid reconciliado con la Naturaleza; el Paseo del Prado, que no alcanzó notoriedad hasta siglos después, también se dispone a recobrar su antiguo esplendor; y hasta el horizonte evoluciona, con cuatro torres cuya rotunda verticalidad, vista en la distancia, acentúa aún más si cabe la evocación de un remoto pasado rural. Tradición y vanguardia dialogan y prosiguen su tarea en un Madrid que trabaja y fructifica a la sombra festiva del Patrón de los pacíficos.