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88 CULTURAyESPECTÁCULOS www. abc. es culturayespectaculos MIÉRCOLES 14- -5- -2008 ABC Muere a los 82 años Robert Rauschenberg, la central nuclear del arte americano A caballo entre el expresionismo abstracto y el Pop Art, era uno de los artistas más relevantes del siglo XX ANNA GRAU SERVICIO ESPECIAL NUEVA YORK. Robert Rauschenberg ha muerto. El hombre que osó borrar un dibujo de Willem de Kooning, que ató una águila disecada a un cuadro y que llenó galerías de lienzos blancos que inspiraron 4,33 la célebre canción silenciosa de John Cage, falleció el lunes a los 82 años, llevándose a la tumba su tumultuoso afán de experimentación y provocación. Detrás de él, el balance y el sosiego. Incluso en un tiempo en que la capacidad de los artistas de sorprender avanza en progresión aritmética, mientras la capacidad del público de aburrirse lo hace en progresión geométrica, Rauschenberg ha mantenido el tipo hasta el final. Hasta el final ha habido alguien a quien se le han atragantado sus obras, algo que al artista no sólo no le incomodaba sino que le encantaba. En una ocasión complació con gusto a un crítico en Roma que le sugirió arrojar algunas de sus creaciones al río Arno. The New York Times evocaba ayer el diálogo de Rauschenberg con una mujer que le dijo que no le gustaban algunos de sus cuadros exhibidos en el Museo Judío de Nueva York. Rauschenberg opinó lo mismo de cómo iba vestida la mujer. Siempre según el artista, ella se ofendió un poco al principio, pero luego me buscó para decirme que empezaba a entender ¿Qué sería del provocador sin sus provocados? Rauschenberg supo ser el enfant terrible en el momento y el lugar precisos: cuando el arte americano de posguerra buscaba cómo salir de la coraza expresionista abstracta de De Kooning y Jackson Pollock, aceptando la poderosa influencia picassiana y europea, pero sin claudicar miméticamente ante ella. En esa encrucijada Rauschenberg intuye que hay que redefinir al creador y a la creación misma. Y si no lo intuye, lo hace de todos modos. Criado en el Sur de Estados Unidos, hijo de un inmigrante alemán y de una india cherokee, hasta Eterno provocador Rauschenberg, en silla de ruedas, acudió en 2004 al Guggenheim de Bilbao para ver una muestra de Rosenquist (junto a él) MAITE BARTOLOMÉ Fernando Castro Flórez Crítico de arte DE LA OSADÍA uvo la osadía de borrar un dibujo de uno de los maestros dominantes de la pintura épica, Willen de Kooning, y luego de colocar unas alas a una botella de Coca- Cola. En sus gestos primeros se aprecia una mezcla de humor dadaísta y respeto velado a la tradición. No perdía, en ningún sentido, ojo al amargo legado de los ready- mades duchampianos y, por supuesto, el silencio de Cage y EL MAESTRO T su amor al azar fue para él la más importante escuela. Sus combine paintings partían de la asunción de que el universo de los mass- media marcaba un nuevo paisaje, una atmósfera en la que todo podía mezclarse con cualquier cosa. Un saco de dormir, una gallina, una corbata manchada o una rueda eran tan válidos para hacer un cuadro como una fotografía de Kennedy o una alegoría de la Divina Comedia de Dante. Su mente era, en cierto modo, un garaje en el que la chatarra se acumula a la espera de la mano astuta del bricoleur. Rauschenberg fue el gran maestro de la combinatoria accidental, pero, lo más importante, tenía, en su desarreglo, una elegancia infinita. No hace muchos años pude ver su exposición Gluts en el IVAM, donde se le había distinguido con el premio Julio González, y demostró que seguía con la mente en llamas y que, a pesar de todo, estaba abierto a las sorpresas y sabía aceptar lo roto, aquello que era verdaderamente lamentable y convertirlo en algo digno de admiración. No le gustaba el término pop porque advertía que era parte de un márketing más útil para escaparatista como Warhol que para tipos bizarros como él. En última instancia si había intentado aplacar la angustia de las influencias del gestualismo precedente es porque en su obra había evidentes restos de pulsionalidad. Puede hablarse de su obra como suntuosa escatología, en la que lo mismo dispara sobre el antiguo espacio de la representación que lo convierte en el sedimento de la vida sin despreciar nada. Si su amado Jas- per Johns pintaba banderas americanas, números y dianas, él se dejaba llevar por lo barroco, esto es, no frenaba el caos que alienta en el pecho de cualquier hombre. Elevó el collage, todavía en las vanguardias históricas preso del género de la naturaleza muerta, a procedimiento clave del imaginario contemporáneo y, en cierto sentido, anticipó la hibridación posmoderna. Su pintura era completamente impura y, a pesar de todo, resplandece, con toda su inmundicia, como divisa de un raro clasicismo Era un heredero del mundo piranesiano, vale decir, de la puesta en acto de lo aberrante. Su imaginario funcionaba como una plancha serigráfica. Esa mirada nómada no dejará de interrogarnos y, sobre todo, de enseñarnos que el resto es la raíz de lo cantable.