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ABC MARTES 13 s 5 s 2008 LA TERCERA 3 FUEGO AMIGO: LA DERECHA Y EL LIBERALISMO Ahora es el momento de la confrontación de ideas y de modelos, con el lógico respeto personal y en la seguridad de que todas las personas y todas las ideas estarán llamadas a desempeñar su papel. El liberalismo está en el Partido Popular y no debe resignarse a actuar de comparsa... AS diferencias de opinión en el seno de un partido político son normales y hasta deseables, cuántas veces nos hemos quejado de la ausencia de democracia interna. Son necesarias sobre todo en partidos de amplia base que aspiran a conformar una mayoría social suficiente para gobernar en solitario. Son además inevitables en un partido que ha perdido dos elecciones seguidas y que se plantea un posible cambio de personas, estilos y estrategias para recuperar el poder. El congreso del partido es el momento procesal oportuno para que esas diferencias se hagan públicas y se expresen con todos sus matices y con algo de la inevitable confrontación personal que acompaña a todo proceso electoral aunque sea interno. Deberíamos pues felicitarnos y no pedir excusas porque se haya abierto un debate en el Partido Popular y esperar que no se cierre abruptamente. Porque existe, y muy vivo, un doble debate en la sociedad y en la opinión pública. Un debate sobre las personas que aspiran a dirigir el Partido Popular y un debate sobre las ideas que representan. Incumbe a sus protagonistas contener la lucha política en el terreno de la oportunidad y la racionalidad para que el centro- derecha español salga fortalecido y más cerca de su objetivo común, que no es otro que ganar las próximas elecciones. os partidos políticos en una democracia madura han de aspirar a ser algo más que meras maquinarias electorales. Representan una determinada forma de entender el mundo, de acercarse a la realidad y de contextualizársela a los ciudadanos en un programa concreto de gobierno. Esa es la gran diferencia, la gran superioridad moral a juicio de muchos politólogos, de los sistemas políticos europeos frente al norteamericano. Cada forma de entender el mundo se nutre a su vez de muchas sensibilidades distintas que se complementan para configurar una propuesta a la sociedad que ha de combinar en dosis adecuadas ideología y pragmatismo, soluciones técnicas y habilidad en la comunicación para hacérselas llegar al gran público. Ese fue el acierto de José María Aznar, que supo crear un gran partido de centro- derecha uniendo en su seno desde los franquistas reconvertidos hasta los liberales y democristianos que habían estado en la oposición al régimen anterior. El mismo que tuvo Felipe González al aglutinar en el PSOE desde los trotskistas y eurocomunistas a los socialdemócratas. Ambos, y las múltiples personas que les acompañaron en ese camino que hoy parece obvio pero que no estuvo exento de riesgos, prestaron un gran servicio a la convivencia, la gobernabilidad y la prosperidad de España. Pero que los partidos, como los antibióticos, sean de amplio espectro, no resta un ápice de necesidad a los debates ideológicos, internos y externos. El Partido Socialista, ese partido de jóvenes nacionalistas españoles con González se ha convertido con Zapatero en el defensor de la España plural abjurando de su tradición jacobina y sustituyendo la igualdad de derechos de los ciudadanos por el derecho a la diferencia de los territorios. Lo hizo en silencio y sin debate, por puro L oportunismo electoral, desde el ordeno y mando del Presidente y sin más alternativa que el acatamiento o la exclusión de los disidentes. Habrá quien se felicite por ello, porque la única víctima haya sido Rosa Díez, pero a mí me parece una pérdida de calidad democrática, como gusta decir el propio Presidente, que huele demasiado a pesebrismo. El centro- derecha español está ante una tesitura semejante y la retirada de María San Gil ha encendido la señal de alarma. El debate está servido; puede esconderse en una supuestamente necesaria uniformidad o afrontarse con madurez aún a riesgo de abrir heridas que sólo curen el tiempo y el éxito. M L i amigo y respetado José María Lassalle publicó hace días un interesante artículo que es toda una invitación al debate que recojo con gusto. Confieso mi sorpresa al verle utilizar el calificativo neoliberal en sentido despectivo y criticar el reduccionismo economicista. Él sabe bien que todo debate político empieza con el uso de las palabras y si se cede, se concede al adversario la primera victoria. Pensemos si no en la importancia de términos como negociación, desaceleración, conducciones de agua, guerra ilegal o desafección catalana. Pero mi sorpresa se torna en cariñosa rebeldía cuando le leo, y oigo más tarde en una tertulia radiofónica, justificar precisamente en la crisis económica la necesidad de superar las políticas, cómo no neoliberales, adoptadas por Reagan y Thatcher reivindicando una especie de liberalismo compasivo a lo Bush, pero ennoblecido con citas de Aaron, Revel o Dahrendorf, defender la libertad de los fundamentalismos del mercado Querido José María, no es precisamente el fundamentalismo del mercado el problema en esta España nuestra que ha convertido en habitual negociar operaciones corporativas en la sede de una Presidencia de Gobierno que proclama como objetivo irrenunciable conquistar el poder empresa- rial, donde las líneas de demarcación personales entre el poder político y el empresarial se hacen cada día más tenues ante el estupor silencioso de los ciudadanos y donde más de la mitad del sistema financiero está condicionado por, o mejor subordinado a, políticos profesionales. Es exactamente la naturaleza de la crisis económica que vive España, que es una crisis de libro de texto y no una acelerada desaceleración, la que aconseja volver a las recetas liberales clásicas. Una crisis que hay que insistir, otra vez las palabras, sólo tiene de importada el momento concreto en que estallan los insostenibles desequilibrios nacionales. Una crisis cantada que exige una pasada por el liberalismo economicista, ¿qué otra cosa son las reformas estructurales pendientes sino políticas de oferta que buscan un shock de competitividad? E n el Partido Popular conviven sensibilidades distintas. Es natural que en períodos de definición interna esas sensibilidades se hagan públicas y subrayen sus diferencias, aún a riesgo de que la opinión pública perciba un eco desafinado. Tiempo habrá después para resaltar los acuerdos programáticos. Pero ahora, cada día tiene su afán repite un viejo patrón empresarial, los afiliados, los simpatizantes y los votantes del Partido Popular se merecen un esfuerzo de aclaración interna, de decantación de propuestas, de reflexión pública. Solo así saldrá una dirección reforzada y con la legitimidad interna y externa para realizar una eficaz oposición a un Partido Socialista que ha abandonado toda pretensión de debate interno y ha abrazado un personalismo sin precedentes. Algún día pagará el error de haberse entregado sin restricciones en manos de un líder aparentemente providencial. Pero ese es un error que no puede cometer el centro derecha, aunque sólo sea porque por eso es liberal y nunca cayó en el centralismo leninista. Esa es la gran aportación a la derecha que hicieron los liberales en la Transición con su apuesta indiscutible por el Partido Popular. Conviven desde entonces en su seno conservadores clásicos y reformistas, democristianos y liberales. Nadie es más que otro, pero tampoco menos. Nadie puede hegemonizar el partido, pero tampoco ser demonizado. Todos tienen derecho a intentar aproximar el programa a sus querencias ideológicas y a todos se les debe suponer inteligencia, lealtad y sentido de la responsabilidad. Todos tienen también derecho a liderar el gran proyecto incluyente del centro derecha español. Nadie sobra y todos suman. Ahora es el momento de la confrontación de ideas y de modelos, con el lógico respeto personal y en la seguridad de que todas las personas y todas las ideas estarán llamadas a desempeñar luego su papel. El liberalismo está en el Partido Popular y no debe resignarse a actuar de comparsa. Así, el que gane en Valencia recibirá un Partido Popular más fuerte y más cohesionado y podrá colocar a su compañero derrotado de Presidente del Congreso de los Diputados. FERNANDO FERNÁNDEZ MÉNDEZ DE ANDÉS Rector de la Universidad Antonio de Nebrija