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10 OPINIÓN LUNES 12 s 5 s 2008 ABC CON CAJAS TEMPLADAS ¿VÍCTIMAS O CÓMPLICES? OCO antes de que la mafia policial de Coslada comenzara a declarar ante el juez, los dictámenes periodísticos ya estaban publicados. No me sorprende la rapidez, es propia del género, y si bien la Justicia debe entrar en disquisiciones complejas para dirimir la responsabilidad, al ojo apresurado de la Prensa le asalta de inmediato la verdad brechtiana: Cuando el delito se multiplica, nadie quiere verlo El caso de Coslada, no obstante, obliga a añadir una glosa a su reflexión: cuando el delito que nadie quería ver se interrumpe, todos afirman haberlo visto. ¿A quién involucra IRENE esa confesión colectiva? LOZANO No a todos los que lo sabían, sino a quienes, conociendo cómo las gastaba Ginés Jiménez y sus supuestos secuaces o teniendo indicios de la putrefacción reinante en la Policía local, podían actuar y no lo hicieron. Una responsabilidad evidente recae en los concejales de la cosa y alcaldes de los últimos veinte años, así sea sólo por no haber cesado al presunto capo mafioso o no haberse enterado de lo que sabía todo el pueblo. Ahora bien, hay ciudadanos sentados en ese lugar fronterizo donde las cosas no se ven con tanta nitidez, sobre un incómodo sillón en el que uno puede pasar de víctima a cómplice sin moverse del sitio. Me refiero a los comerciantes, dueños de locales de ocio o de alterne, y, en general, a todo aquel que abonó durante años al sheriff de Coslada los tributos exigidos por sus siniestras patrullas. Llegados a este punto hay que ponerse los pies de plomo para recorrer las profundidades del mar de las palabras: si hacemos hincapié en que el tiranuelo Jiménez extorsionaba a los hosteleros- -lo cual es cierto- ellos son sus víctimas y, como tales, gozan de nuestra compresión: entendemos que el miedo es una poderosa motivación. Por el contrario, si ponemos el acento en que los comerciantes cedieron al chantaje de la banda mafiosa- -lo cual también es cierto- de inmediato surge la crítica a su quebradiza entereza moral, y la duda acerca de hasta qué punto su pasividad los hace cómplices. Si debían y podían denunciar, ¿por qué no lo hicieron? ¿Cuántos gramos de miedo constituyen una circunstancia atenuante? No actuar, ¿es siempre una manera de actuar? Son esas preguntas sin fácil respuesta las que debe contestar la justicia, como en tantos otros casos. La mujer del monstruo de Amstetten, ¿fue víctima de su dictadura o cómplice de los crímenes de su marido? Los extorsionados por ETA que pagan, ¿son víctimas o cómplices de los terroristas? No lo sé, pero me causa perplejidad que, ante dilemas morales semejantes, los veredictos periodísticos sean tan dispares. Se necesita tener un nulo sentido de la ecuanimidad para considerar víctimas a quienes se sometían a la tiranía del capo de Coslada, y cómplices a quienes pagaron el rescate exigido por unos piratas en alta mar. P HAY MOTIVO VIOLADORES DE GUARDERÍA N El 18 Brumario de Luis Bonaparte el señor Carlos Marx esculpió una sentencia que se ha convertido en clásica: La historia está condenada a repetirse, primero como tragedia y luego como farsa En estos tiempos agrios en que la historia es un despojo al que le hincan el diente nuestros demonios familiares, la tragedia y la farsa pasean del bracete con absoluto desparpajo. Así, por ejemplo, se puede dar la circunstancia de que, junto al reality- horror- show de la bestia de Amstetten, tropieces, por azar, con la bizarra peripecia del norteamericano Randy Castro, a la que nadie ha dado pábulo en esta tierra de garbanzos. Lo cual es una pena, la verdad, porque, amén de curiosa, es significativa y ejemplarizante. A ello vamos, pues, a tratar de contarla. Y, si tienen ustedes la amabilidad de acompañarnos, viajaremos juntos, en unas pocas líneas, del espanto al espasmo, de la pura tragedia hasta la espuria farsa. El tal Randy Castro vive en Potomac View- -muy cerca de Washington- -y ha sido expulsado del colegio por sobarle las nalgas a Kathy DeLeon, compañera de clase. Los hechos que apuntalan TOMÁS la denuncia por acoso sexual están soCUESTA bradamente acreditados, puesto que eran muchos los testigos que se encontraban en el lugar del crimen- -el patio de la escuela- -a la hora de autos. Todos han coincidido en señalar que el agresor, en un súbito rapto, se abalanzó sobre su víctima sin mediar palabra y le arreó un rotundo azote en plena retaguardia. La señorita DeLeon puso el grito en el cielo, derramó alguna lágrima y denunció a su condiscípulo a las autoridades, que tomaron medidas de inmediato. El director del centro llamó a la policía; los agentes del orden redujeron a Randy y éste, por machista, por chulo y por degenerado, habrá de arrastrar en su expediente un sambenito infame: Culpable de tocamientos deshonestos y de comportamiento indeseable No es cuestión, por supuesto, de disculpar a Randy, E ya que metió la pata además de la mano. Pero también sería injusto el no argüir, en su descargo, que el chico está pasando por una edad muy mala. Porque Randy, el rijoso, el concupiscente, el sátiro, acaba de cumplir seis años. Seis añitos, ¡qué bárbaro! menudas flores crecen en el jardín de infancia. ¿Les parece una broma? De serlo, es tan pesada que en Estados Unidos hay contabilizados, hoy por hoy, un millar de episodios similares. Incluso algunos centros de enseñanza- -ante la posibilidad de enfrentarse a una demanda por tolerar que se produzcan abusos sexuales -han prohibido taxativamente cualquier efusión física entre las criaturas de primaria. Un beso, un achuchón, un abrazo entusiasta, son motivos bastantes para que los papás- -bien por puritanismo, bien por sacar tajada- -les pongan a los pies de un tribunal y, si el diablo enreda, a los de los caballos. Si alguien le hubiera dicho al pobre Freud que llegaría el día en el que la pulsión sexual sería competencia del sheriff del condado, volvería ipso facto al útero materno y no le sacarían ni a escobazos. La doctrina freudiana considera que el niño (el niño en general, no sólo Randy Castro) es un perverso polimorfo cuya sexualidad, tras un primer periodo expansivo y errático, acabará por amoldarse a los patrones culturales. Antaño, cuando la corrección política no nos había redimido de la caspa, se recetaba una colleja a los infantes que ponían el dedo en la llaga de la carne: Pepito, so cochino, deja de hurgarte de una vez o te meto un guantazo Pepito, a pesar de la advertencia, no renunciaba a hurgarse, aunque lo hacía, en adelante, a la chita callando. Tampoco es descartable que Pepito interpretase el papel de médico de guardia con alguna enfermera de la panda. O que cayese en la tentación de airearle la falda a su vecina Mari Pili, la del cuarto. ¿Acaso era Pepito un ser antisocial, un peligroso violador abocetado? Lo que da que temblar es el interrogante. El Mal, al fin y al cabo, es una parte sustantiva de la condición humana y la bestia de Amstetten ha vuelto a recordárnoslo. La Estupidez, sencillamente, es inhumana. Piedad para Randy.