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ABC DOMINGO 11 s 5 s 2008 LA TERCERA 3 POLÍTICOS DE AYER Los españoles tenemos contraída una vieja deuda con la libertad política y el Estado de Derecho, tantas veces maltratados a lo largo de nuestra historia. Brillante, claro, pero con luces y sombras, lo mismo que los demás. La Transición contribuyó decisivamente a saldar aquella deuda... veces tienen que suceder cosas irreparables... La muerte repentina de Leopoldo Calvo- Sotelo ha puesto bajo los focos aquellos días perdidos en la memoria colectiva. La Transición como obra de ingeniería jurídica y política; grandezas y servidumbres de la UCD; las horas inciertas del 23- F. Por supuesto, el Rey, piloto del cambio; el pueblo, protagonista; la Constitución del consenso... esto es, la devolución de España, según la fórmula feliz de Julián Marías. Tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Ya nos deja la generación de nuestros padres, que hicieron posible lo necesario para situar a España de forma definitiva e irreversible en el lugar que le corresponde en Europa y en el mundo. Los españoles tenemos contraída una vieja deuda con la libertad política y el Estado de Derecho, tantas veces maltratados a lo largo de nuestra historia. Brillante, claro, pero con luces y sombras, lo mismo que los demás. La Transición contribuyó decisivamente a saldar aquella deuda. Los departamentos de Ciencia política y Derecho constitucional en muchas universidades extranjeras la utilizan como modelo- -teórico y práctico- -del tránsito desde un régimen autoritario a una democracia irreprochable. Aquí seguimos y aquí seguiremos, porque la historia no tiene vuelta de hoja por muchas torpezas que cometan algunos oportunistas, no pocos desleales y unos cuantos inconscientes. Sí, resulta que echamos de menos aquellos días de ilusión y desconcierto: la meta estaba clara; el camino, confuso; el mapa, por fortuna, en manos muy seguras. Por eso llegamos bien. or qué añoramos la Transición? Recuerden: triunfó entonces la política sobre el partidismo; la derecha hizo suyo el sentimiento constitucional; la izquierda se aproximó al espíritu patriótico. Con todos los defectos, que no conviene magnificar, y múltiples virtudes, que ahora nos hacen mucha falta. La sociedad española supo ser generosa, incluso valiente. No hubo, mentira terrible, pacto alguno de silencio o de impunidad. No es verdad que los poderes fácticos hicieran imposible la ruptura un eufemismo para esconder el deseo de revancha. La gente prefirió mirar al futuro, hacia un proyecto sugestivo de raíz orteguiana. Salió bastante bien. Con excepciones, claro, que a nadie se le ocultan: asesinos infames de ETA; nacionalistas insaciables; inmadurez de algunos gobernantes, por buscar una expresión suave. Suárez, Calvo- Sotelo y otros grandes de UCD no querían ganar a toda costa. Cumplieron su alta misión y se fueron a casa con elegancia. La vocación política llamaba entonces a muchos de los mejores. Hoy día, a muy pocos. Hay que reflexionar en serio sobre el proceso de selección de nuestra clase política y el escaso atractivo que ofrecen los cargos públicos para las elites sociales y profesionales. Repasen ustedes la biografía de los diputados y senadores de UCD, y también de los demás partidos, en las primeras cámaras democráticas. Como sabían los griegos, la política es materia de opinión pero la ciencia nunca sobra. Lean de nuevo el célebre discurso de Peri- A ¿P cles, pieza magistral en la historia de las ideas... Añoramos, en efecto, aquella confianza audaz en la libertad que nos transmite el estadista de Atenas. Debate civilizado, equilibrio razonable, política del sentido común. También, la ironía: el ex presidente, por cierto, era un maestro consumado, ya fuera frente a los excesos conspirativos de los suyos o contra la retórica radical de los ajenos. Para los españoles, escribió el maestro Díez del Corral, la política no es un arreglo utilitario sino la puesta en práctica de algún dogma que no admite matices. La Transición fue otra cosa, por eso la echamos en falta. Teoría y práctica del consenso, acaso sublimado porque dejó algunos hábitos perjudiciales. Los politólogos usamos términos confusos, casi siempre de origen anglosajón, para calificar los modelos de democracia. Aquellas horas se ajustaban a la fórmula consociacional valgan mis disculpas en nombre del gremio por un término que suena mal en nuestra hermosa lengua. Entonces era imprescindible. En los pactos interminables, el centro era más generoso que los demás. Así le fue después en las urnas. La buena fe de casi todos sustenta el acuerdo imperfecto que culminó el proceso constituyente. Ejemplo supremo, la forma de organización territorial. Aquí tienen: nacionalidades, competencias y dineros, autonomías a tope. Una suerte de federalismo cooperativo huyendo del concepto equívoco e impropio. A cambio, patria común e indivisible soberanía nacional, una sola nación para un único Estado. Nosotros seguimos respetando el pacto, pero algunos pretenden forzar el significado de las palabras en una maniobra burda que no debemos aceptar. ta: ha muerto un hombre de Estado, una persona ejemplar, un gran demócrata. Políticos de ayer: el título evoca, como es notorio, al mundo perdido de S. Zweig. Regreso a los tiempos difíciles que despertaron la ilusión imprescindible para seguir adelante. Los constituyentes de 1978 nos dejaron una nación mejor. Nosotros, me temo, nos conformamos con un sistema que conserva su plena legitimidad formal y material pero suscita un entusiasmo limitado entre las próximas generaciones. Acaso porque los enemigos abusan de la paciencia de todos, y no respondemos con la voz enérgica de Cicerón sino con la melancolía que acompaña siempre a todo esfuerzo fallido. Cuidado con el estado de ánimo. La minoría desleal pretende convencernos de que la Transición fue un fracaso, bien por exceso, bien por defecto. Mentira pura y simple, pero no por ello menos eficaz para sus fines espurios. Menos mal que, al menos por unos días, la España oficial recupera su sintonía con la nación real. Lección retrospectiva de unos españoles entusiastas, cuyo paso fugaz por el poder marcó una huella más profunda que el trasteo sin sentido de muchos posmodernos estériles. E I ngenuos, posibilistas, arriesgados... Los líderes de la Transición creyeron profundamente en la España constitucional. Que nadie se llame a engaño: la inmensa mayoría seguimos creyendo todavía. Otra vez habla el Rey cuando más nos hace fal- s muy propio del carácter nacional, si acaso existe algo tan evanescente: cuando alguien se muere, ilumina el pasado y el presente con una nueva luz. Ahora resulta que nos gustaba la Transición y por eso queremos honrar como merecen a sus protagonistas. Admiramos a los políticos que saben conjugar las convicciones con las estrategias flexibles. Una sociedad próspera como nunca en su historia debería tender a la moderación, y no al conflicto. Como ya enseñaba Aristóteles, el predominio de las clases medias es el secreto infalible para que arraigue el régimen constitucional. Sabemos que no hay alternativa en el mundo de la era global. Compartimos con los demás la fiebre helenística, la vulgaridad difusa y otros males contemporáneos, pero estamos mejor que nunca, más allá de coyunturas electorales y crisis económicas. Todo seguirá su curso si somos capaces de conservar un equilibrio razonable entre deseos y realidades. Los amigos extranjeros preguntan con frecuencia: con el país que tienen ustedes, ¿por qué se enfadan tanto cuando hablan de política? No es fácil responder, acaso porque tampoco lo sabemos con certeza. Tal vez nos falta mirar con los ojos abiertos y contemplar el trayecto recorrido. Podemos y debemos estar legítimamente orgullosos del éxito de la España contemporánea, capaz de saltar desde las tinieblas premodernas a la tibieza posmoderna. Nos situamos en poco tiempo al lado mismo de aquellos vecinos que parecían inalcanzables. Al llegar, descubrimos que no era para tanto. En lugar de disfrutar, sufrimos un ataque de mal humor colectivo. De pronto, retorna por unos días el aliento de la Transición, y despierta la nostalgia por los buenos tiempos perdidos. Sí, debe ser el carácter nacional... BENIGNO PENDÁS Profesor de Historia de las Ideas Políticas