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10 OPINIÓN LUNES 5 s 5 s 2008 ABC CON CAJAS TEMPLADAS CONTACTOS O suyo son los contactos. No el talento, el conocimiento, la experiencia o la capacidad de gestión, sino los contactos. Cómo llega a saber una gran empresa, pongamos de telecomunicaciones, o una gran patronal, por ejemplo, la del ladrillo, qué personas están bien dotadas para los contactos resulta sencillo: se publica en los periódicos. En la sección correspondiente se encuentra la información relevante: boys, alto nivel, insaciables, dispuestos a todo, 24 horas, a domicilio. En los anuncios se ve con claridad que las habilidades ofrecidas son fruto del mero encanto personal: discreción, clase, elegancia, belleza, dicen. La discreción fue siempre una gran virtud; un IRENE valor añadido, por decirLOZANO lo en términos de mercado. Para los grandes lobbies, una cacerolada es una manifestación de mal gusto, una vulgaridad. El ruido no agrada a los consejos de ministros, ni a los de administración. Los órganos colegiados prefieren el tú a tú, porque los integra gente campechana. Y no hay mejor lubricante para las relaciones entre órganos que ese elegido al que lo mismo se le pone al teléfono un presidente del Gobierno que una ministra de Vivienda. Viejo oficio, el de mamporrero, cuya filosofía y modos se muestran adaptables a los tiempos. Cuando la rueda del mercado giraba sola, la avidez de los compradores de viviendas hizo de oro a los constructores, pero ahora anda necesitada de cierto engrase. Ellos querrían seguir activos, construir carreteras, puentes o centros culturales; no por nada, sino exclusivamente porque les disgusta verse obligados a destruir empleo. Con tal de evitarlo pedirían otra ronda, paga el Estado. La mano invisible del mercado es la que da un telefonazo a Moncloa para hacerle esta reflexión. No es nada personal. A veces el precio del contacto figura en los anuncios: puede ser hasta de un millón de euros. Se acepta visa, naturalmente. La retribución depende, en alguna medida, de la experiencia internacional, del dominio de idiomas. Francés y griego son los más demandados, con sus respectivos dialectos: del francés se valora el natural, del griego se prefiere el completo. También pueden ponerse picas insospechadas en el exterior si se maneja el italiano, para que la voz inaudible del mercado se oiga molto cantabile en los limpios e incorruptibles recovecos del poder. Esta gente ha llegado alto por sus purititos méritos, aunque no faltarán envidiosos que los critiquen por haber cultivado sus contactos gracias a la mera ventaja posicional de ostentar un cargo público. Habrá quienes pregunten qué día comenzaron a anotar teléfonos de la agenda oficial en su agenda particular, cuándo empezaron a trabajar para intereses privados y no para los de los ciudadanos que pagaban su sueldo, en qué momento se mostraron públicamente insaciables, dispuestos a todo, 24 horas, a domicilio. No se trata más que de maledicencias. Y en cuanto a la comparación, es sin duda ofensiva. Que me perdonen las putas. L -Las empresas demoscópicas que no aciertan en sus predicciones nunca hacen encuestas preguntando qué opinión nos merecen sus sondeos. HAY MOTIVO NI PATRIA, NI NACIÓN: LA GUERRA DE ZAPATERO L otro día, en Móstoles, el presidente del Gobierno le hizo, sin querer, un cálido homenaje a la cultura francesa. Fue por casualidad, hay que insistir en ello, puesto que nuestro héroe lo único que sabe de los vecinos del primero (del primero derecha, por más señas) es que al vino le llaman vin al pan le llaman pain y, sólo por xoder como en el chiste del gallego, le llaman fromage al queso. Vamos, que se le puede acusar de cualquier cosa, pero llamarle afrancesado resulta improcedente. Antes, tendría que volver a los pupitres del colegio o contratar un profesor particular con cargo al presupuesto. O sea, que lo del homenaje es un decir (los ilustrados lo llamarían una hipérbole) para poner en suerte las palabras que dedicó al Bicentenario el señor Zapatero. Algunos de entre ustedes habrán leído a George Pérec, autor de una novela magistral- La vida: instrucciones de uso -que revolucionó el panorama literario en la segunda mitad de los setenta. Judío por estirpe y parisino por nacencia, Pérec, era un enfant terrible con ribetes de genio al que la muerTOMÁS te derribó en su mejor momento. LlegaCUESTA dos a este punto (y agradeciendo, muy de veras, su infinita paciencia) el arriba firmante intentará explicar que pito toca ese monsieur en relación con el discurso mostoleño. La cosa es que Pérec, estilista y chuleta, en otro de sus libros La desaparición casi trescientas páginas repletas de misterio) se impuso como norma el no emplear la letra e y cumplió el desafío al pie de la letra. Si enhebrar cuatro párrafos con todas las vocales llega a ser un tormento, échale guindas al pavo si tienes que apañártelas eliminando una del tintero. Pérec lo consiguió y ahí queda eso. Quedaba, mejor dicho, puesto que, el dos de mayo, el señor Zapatero estuvo inmenso. Se colocó a la misma altura de Pérec, o por encima, incluso, no le restemos méritos. Pronunciar un discurso sobre la rebelión de un pue- E blo (primero el de Madrid, luego el de España entera) contra la máquina de picar carne más poderosa de la época y hacerlo constreñido a no usar dos palabras- -la patria y la nación- -en ningún momento, es un auténtico tour de force conceptual, es el rien ne va plus del escaqueo, es ordeñar al máximo las ubres de la lengua. Una pieza de orfebre y hasta de museo: con menos credenciales se ingresa en la Academia. Coherencia, señores, coherencia; acaban de endilgarnos una lección de coherencia. El pacifismo antropológico que define y moldea la personalidad del presidente resulta incompatible con un hecho de guerra. Y es de cajón (de mico, por supuesto) que la aureola épica que rodea al Conflicto de la Independencia (donde esté un buen conflicto que se quite la guerra) se ha transformado en un telón de purpurina que oculta los valores de la derecha extrema. Esa España plural que preconiza Zapatero no se inspira en aquella que sepultaba a los gabachos en las cubas de vino de villorrios siniestros (pregunten por la cuba del francés porque en Castilla aún quedan) La patria y la nación son herrumbrosas lanzas que ni pinchan ni cortan en un país moderno (lo de las herrumbrosas lanzas fue una agudeza de Benet, el que quería devolver a Soltzhenitsyn a Siberia) La nación de naciones, por lo tanto, es lo que nos vertebra y, en cuanto al patriotismo, vamos que nos matamos (o que nos matan, si se tercia) con el que se despacha en las taquillas periféricas. Ni patria, ni nación. Que por ahí se empieza y se termina por calar las bayonetas. En un pasaje de la Meditación de El Escorial (citado por el profesor Martínez Ruiz al abordar las claves que conectan 1808 con la crisis europea) Ortega y Gasset comenta una supuesta exclamación de Nietzsche que viene de perillas con la que está cayendo: ¡Los españoles! ¡Los españoles! ¡Querer ser demasiado ha sido su tragedia! Hace doscientos años, en efecto, los españoles se empeñaron en no dejar de serlo y pagaron con sangre tamaño atrevimiento. ¿Querían demasiado? En opinión de Zapatero, el sucesor de George Pérec, probablemente.