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96 CULTURAyESPECTÁCULOS www. abc. es culturayespectaculos DOMINGO 4- -5- -2008 ABC Madre no hay más que una Hoy se celebra el Día de la Madre. Lo que es para la mayoría de las familias un día festivo no lo es para otras. Que se lo pregunten a Michel Houellebecq, a quien su madre vapulea en un libro. ABC repasa otras relaciones maternofiliales en la literatura POR JESÚS MARCHAMALO MADRID. Michel Houellebecq, el polémico, excéntrico y controvertido escritor francés, ha tenido que ver esta semana cómo su madre, Lucie Ceccaldi, una venerable anciana de 83 años, que vive en isla francesa de La Reunión, arremetía contra él, tachándole de mentiroso, impostor y parásito. Es un pequeño gilipollas acabó resumiendo ante los periodistas, tras amenazar con partirle los dientes de un bastonazo si volvía a hablar de ella en alguno de sus libros. Houellebecq, quien en una entrevista en los años noventa afirmó que su madre había muerto, hizo un retrato de ella, poco caritativo, en su novela Las partículas elementales Una historia en la que los protagonistas, dos hermanos, son abandonados por su madre, una hippy viajera y despreocupada, que delega su crianza en la abuela paterna, tal y como ocurrió con el propio Michel. El porqué la señora Ceccaldi ha decidido responder ahora, y en público, tal vez tenga que ver con la inminente aparición en Francia, el próximo miércoles, de un libro titulado L innocente en el que se dedica a ajustar cuentas con su hijo. El mundo cultural parisino ha sufrido una auténtica conmoción y espera impaciente la publicación del libro, que promete ser polémico, para poder crucificar a una de sus glorias literarias. En el caso de los escritores y sus madres, hay tal variedad de relaciones distintas- -desde la sumisión al amor edípico pasando por el odio- -que no se puede generalizar en absoluto señala el escritor y crítico Blas Matamoro. En todo caso, la madre es importante en la medida en que es quien transmite la lengua, y la lengua aporta una manera de mirar. El mundo está hecho de palabras, y es clave para el escritor el cómo aprende a designar las cosas. A partir de ahí, las relaciones madre- hijo son en cada caso diferentes, desde Baudelaire, que acabó odiando a su madre, hasta Proust, o Borges, que tuvieron una relación casi simbiótica con las suyas ras y los manuscritos, y lo acompañaba en sus viajes. Había quien, viéndolos del brazo- -doña Leonor siempre altiva y aparentando muchos menos años de los que tenía- pensaba que eran, en realidad, marido y mujer. Cuando Borges se casó con Elsa Astete, la misma noche de bodas, y ante los disturbios que amenazaban con convertir Buenos Aires en un caos, doña Leonor les invitó a quedarse con ella. Borges aceptó, pero Elsa se marchó, tras una breve discusión, al apartamento que ambos compartían, y durmió sola. La relación entre madre e hijo llegó a ser tan absorbente que Borges siempre la llamaba para decir dónde estaba, o con quién, y a qué hora pensaba regresar a casa. Y, a la muerte de su madre, hablaba con ella a menudo, parado ante la puerta de su habitación. También Proust tuvo una relación de absoluta dependencia respecto de su progenitora, quien le organizaba todas las actividades cotidianas, desde un corte de pelo hasta la dieta. Y, a su muerte, siempre tuvo una foto suya sobre el escritorio. Lo curioso, en ambos casos, Borges y Proust, es que trabajaban con la madre es de nuevo Matamoro. La mayoría de las traducciones que firmaron las hicieron juntos, y en el caso de Borges le dictó parte de su obra cuando se fue quedando ciego. El de Proust es especial en la medida en que escribe En busca del tiempo perdido su gran libro, justo cuan- La noche de bodas Borges vivió durante años en un pequeño piso de 70 metros, con su madre, Leonor Acevedo; un ama de llaves y, a temporadas, la hija de ésta. La madre colaboraba con él en las traducciones y, según se fue quedando ciego, también con las lectu- Lucie Ceccaldi, madre de Michel Houellebecq, en París do su madre muere, un libro que dictó a Celeste, la doncella, que durante años hizo un poco de madre también De Proust y su madre se conserva una cuantiosa correspondencia que ambos cruzaban, a menudo deslizando las cartas bajo las puertas de sus respectivas habitaciones, ya que el caos horario de Marcel hacía que no coincidieran a veces durante días. Sin embargo, las relaciones entre los escritores y sus madres no han sido siempre tan estrechas. Balzac, criado por una nodriza, y después educado en diversos internados, lejos de su familia, nunca se llevó bien con su madre, a quien veía como a una extraña. Como Baudelaire, que jamás le perdonó a la suya que se casara en segundas nupcias con el coronel Aupick, un vecino, al que el escritor profesó un desprecio profundo. Y tampoco Galdós tuvo buenas relaciones con su madre, una mujer autoritaria a la que prácticamente no volvió a ver tras salir de su casa camino de Madrid. No es sino a finales del siglo XVIII y principios del XIX, con el romanticismo, cuando aparece en las novelas la constelación familiar comenta Nora Catelli, crítica literaria y ensayista. Nadie se ha pregun- Baudelaire acabó odiando a su madre; Proust y Borges tuvieron una relación casi simbiótica con las suyas Antonio Machado murió tres días después que su madre. Parece que sus últimas palabras fueron Adiós, madre ¿Mi hijo... Un cabrón con pintas JUAN PEDRO QUIÑONERO CORRESPONSAL PARÍS. Lucie Ceccaldi, la madre de Michel Houellebecq, se considera difamada, humillada, traicionada y vejada por un hijo que la ha descrito, con su nombre, en alguno de sus libros, como una señora a la deriva, adepta de una secta partidaria de la libertad sexual sin ningún freno Cosas de un cabroncete presumido comenta Lucie Ceccaldi, en un libro autobiográfico, L innocente en el que cuenta a su manera su historia personal y familiar, diciendo de su hijo: Con Michel solo hablaré si se presenta ante mí, con su libro, diciendo: soy un embustero, un impostor, un parásito, no he dado un puto golpe en mi vida, sólo he hecho el mal a quienes me querían. Pido perdón A sus 83 años, Lucie Ceccaldi se fotografía con el pelo teñido de colores chillones y es presentada por su editor como una aventura Ella prefiere considerarse como una pobre víctima, que sólo ha recibido palos en la vida No oculta una larguísima serie de amantes ocasionales, duraderos, nocturnos, en Argelia, Francia, la India, China, el Tíbet, La Reunión. Antes de ser abandonado, Houellebecq fue encomendado a dos abuelas sucesivas. Lucie Ceccaldi insulta con todo tipo de adjetivos coloristas y obscenos a su hijo, acusándole de mentir incluso sobre su fecha de nacimiento. Houellebecq no ha respondido. Pero su madre desvela con irónica alegría, real o fingida, un largo rosario de mentiras y fabulaciones del escritor. A juicio de Lucie Ceccaldi, todo sería aceptable si hubiese utilizado nombres imaginarios... ¡pero me ha convertido en una puta callejera, un pendejo caprichoso, utilizando mi propio nombre, el nombre de su madre. ¿Por qué razón un hijo denuncia a su madre de ese modo? La madre de Houellebecq tiene una respuesta muy simple: Por dinero. Michel es un cabroncete, soberbio. Pero le gusta mucho el dinero. Y esas cosas de la sexualidad venden mucho. Y, si se humilla a una madre, pues fíjese usted