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4- 5 S 6 LOS SÁBADOS DE tos y segundos, así como la salida y la puesta del sol en la mayor parte del mundo. Y en la fachada cuarta se ve la salida y la puesta de las estrellas fijas, los grados de frío y de calor que también marca un pequeño pájaro, un índice de ecuación para la regulación del reloj y un índice para conocer los días de reserva de cuerda. Además, en cada uno de los cuatro pilares hay una pequeña ampolla de vidrio, que indican el flujo y reflujo de las mareas en Calais, Dunkerque, Dieppe y Texel, y en la cúpula, una esfera de vidrio muestra el sistema del universo Ante tal profusión de magnitudes nos podemos hacer una idea del vértigo que debió sentir Santolaya cuando vio aquel ingenio desarmado completamente, tanto la maquinaria como el mueble. Hoy, compuesto con éxito total, confiesa la osadía del reto. Poder tener entre las manos una pieza de tal categoría, única en su género, de tal complejidad y perfección, ha sido apasionante Lo de Santolaya, como lo de cualquier otro maestro relojero, es puro oficio. Y como él dice el trabajo de buenas manos para manejar pinzas, buena cabeza para comprender e interiorizar los mecanismos- -no en vano los padres de la relojería fueron matemáticos y astrónomos- -y buen oído para nivelar. Cada reloj- -apostilla- -tiene su propio sonido Y él es capaz de distinguir cada pieza de la colección solo escuchando su tic- tac. Luego, hace falta una paciencia infinita y no darse jamás por vencido cuando siente que se consumen las horas que el reloj que tiene entre manos no da, allí, bajo la lamparilla que alumbra la solución. Se da fe que nunca los Santolaya dejaron una sola Los conoce por su sonido maquinaria sin reparar. Ahora en su taller del Palacio Real los relojes para revivir se amontonan. Yendo por los pasillos del Alcazar se sabe que su laboratorio no anda lejos por las fotografías de relojes únicos que aventuran lo que está por venir. En su puerta luce en una chapa un 9 y acaban de atravesar su umbral unos operarios con otras dos piezas de Aranjuez. Son dos relojes de Godon, el francés de quien mayor número de relojes se conservan en los palacios reales. Françoise Lonis Godon, relojero y asesor de Luis XVI, trabajó como marchante para Carlos III después de terminado el Palacio Real de Madrid, razón por la que recibió el encargo de buscar las mejores piezas por Europa para su decoración, misión en la que se asoció con Furet, otro relojero francés. No cabe duda de que trajo lo mejor. De esta época es el Reloj del Elefante, situado en el dormitorio del Monarca, un autómata que mueve la cola, los ojos, la trompa y las orejas, y dos jarrones- relojes La fragua de Vulcano y La barca de Caronte que fueron robados por los franceses y recuperados en la batalla de Vitoria. Pero más que por los quebrantos de los robos, las guerras o el simple uso, las mayores pérdidas las causaron los incendios que asolaron los palacios- -en 1604, el de El Pardo; en 1671 el de El Escorial y el de la Nochebuena de 1734 del alcázar madrileño- De no haberse producido estos siniestros estaríamos hablando de un conjunto único en el mundo Aunque tanto la Casa de Austria como la de Borbón muestran un gran interés por los relojes, y en general por todo tipo de ingenios mecánicos, e incluso vemos cómo Carlos III aprueba en 1788 la creación de la Real Fábrica de Relojería- -que estuvo funcionando en la madrileña calle de Fuencarral hasta 1793- ninguno mostró tanta pasión y especial afición como Carlos IV que tenía hasta su propio taller donde armaba y desarmaba relojes. Poseía millares de relojes de pequeño tamaño y centenares de sobremesa. De eso saben mucho los franceses que se los llevaron todos cuando el Rey abandonó el Palacio. Su Majestad Don Juan Carlos también es un grandísimo aficionado, y por todos es conocida su elección por los relojes cuando tiene que hacer algún obsequio, algo que nos sucede a todos los que amamos la relojería. El Rey ha venido en numerosas ocasiones por el taller de Palacio y aunque la discreción le amordaza se sabe que a Don Juan Carlos le gusta consultarle, hacer- A los Clinton no les gusta el tic- tac de las horas Qué no habrán visto y oído cinco generaciones de santolayas desde aquel primer relojero, Bonifacio (1839- 1912) que componía maquinarias por La Rioja, y que legó sabiduría y oficio al primer Pablo, que a su vez enseñó los misterios de las máquinas del tiempo a su vástago Florentino, el que abrió local en la plaza de San Pedro, en Almazán. Luego éste le pasaría el testigo de la maestría a su hijo Pablo, el que puso su pica en Madrid, a orillas de la plaza de Olavide, hasta que le tocó a Manuel, el relojero real, y único superviviente de la saga, y que mantiene la casa fundada en 1867. Para ellos, como para tantos otros, la sonería de un reloj es el ritmo natural de la propia vida, pero que no todos la pueden soportar: Atendí en Mallorca a los Clinton- -cuenta Manuel- -y por la noche el matrimonio mandó sacar todos los relojes que había en la habitación, y que al día siguiente aparecieron en el pasillo. A los Clinton, evidentemente, no les gustaba dormir con el tic- tac de las horas Carlos IV, un manitas Pablo Santolaya (1868- 1928) el bisabuelo relojero le observaciones y pedirle consejo. Todo eso es muy privado me dice sentado a la mesa de su taller, donde junto al ordenador, en que se puede escuchar la sonería de los relojes que guarda como música celestial, tiene desde hace años un reloj de viaje, regalo de boda a Isabel II. Y es desde esta atalaya desde donde controla cinco talleres y urde la creación de una escuela, de las que ya hubo otras siete en Palacio, porque- -reprocha- -no hay maestros relojeros. Se sacan plazas, y no se presenta nadie. Una vez vino uno, entró y después de mirar las piezas que estaban sobre las mesas farfulló esto no es lo que yo creía y con las mismas se largó; y luego están los que prefieren formarse fuera, en Inglaterra, algo in (Pasa a la página siguiente) José Antonio Gismera, ayudante de Santolaya, ajusta el viejo reloj de la torre del Palacio del Buen Retiro, hoy sin destino. Arriba, El Candil de Felipe II