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ABC EN EL BICENTENARIO DEL DOS DE MAYO LA HISTORIA JUEVES 1- -5- -2008 MADRID 53 La fanega de trigo, que a comienzos de 1811 costaba entre los 57 y los 60 reales, en 1812 se acercaba a los 540 Largas colas se formaban diariamente a las puertas de los conventos donde se repartía aguachirle cie de bocadillos de cebolla con harina de almortas. Las castañas y las bellotas alzaban su cotización en la mísera dieta de los madrileños. Instituciones como la mencionada Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País habían convocado estudios e informes sobre alimentos sustitutivos. Hace años publicamos uno de los informes premiados, el presentado por Esteban Boutelou bajo el título Plantas alimenticias que pueden reemplazar a la semilla del trigo en la elaboración del pan Una de ellas era la patata, de la que panificada se apuntaban sus virtudes: El pan de patatas es generalmente esponjado, de buen gusto, correoso, se mantiene tierno por muchos días, es ligero, poco nutritivo y alimenta menos que el de trigo pero el que se fabrica con patatas crudas, ralladas o machacadas, sale mejor y satisface tanto como el de trigo La lista de otros vegetales panificables era copiosísima en propuestas que iban desde el centeno al salvado, el alforfón, las semillas oleaginosas o la algarroba, cuyo pan es pesado, agrio, de difícil digestión, da dolores de tripas y causa cólicos Al lado de esta documentación se hallan en los archivos numerosos informes médicos advirtiendo de las sustancias perjudicialísimas para la salud que se habían encontrado en el pan El número de muertos causados directamente por el hambre en Madrid aumentaba día por día. A salvo de una mayor precisión estadística, se ha considerado la cifra de fallecidos por esta causa en veinte mil, entre septiembre de 1811 y julio de 1812. Cualificados testigos de aquella tragedia nos han legado relatos de un tremendo realismo. El conde de Toreno recordaba aquella ciudad hormigueante de pobres, en cuyos rostros representábase la muerte El relato de Ramón Mesonero Romanos, más prolijo, es una instantánea estremecedora de un Madrid cuyo espectáculo no se olvida jamás; espec- El hambre de Madrid de José Aparicio e Inglada (1818) A falta de mayor precisión estadística, se ha cuantificado la cifra de fallecidos en 20.000 entre 1811 y 1812 El problema no afectaba solo a la capital, donde la situación era un reflejo acentuado del entorno Esta serie de tintas y aguafuertes, algunas de conservación muy deficiente, lleva títulos como Cruel lástima (lám. 48) Caridad de una mujer (lám. 49) Gracias a la almorta (lám. 51) ¿De qué sirve una taza? (lám. 59) Las camas de la muerte (lám. 62) o Carretadas al cementerio (lám. 64) Tal situación de horror se creyó aliviada a mediados de agosto de 1812, cuando el ejército hispano- inglés, tras la victoria de Arapiles y la toma de Valladolid, pudo avanzar hacia Madrid. Pero el problema continuó, pues todavía un mes después se denunciaba el triste espectáculo de las calles de esta población donde tantos infelices víctimas de la miseria, tendidos en el suelo, se morían de hambre Porque el problema no estaba afectando solo a la capital, donde la situación no era sino un reflejo, ciertamente acentuado, de cuanto sucedía en el entorno. Vegetales panificables Taberna madrileña grabado del siglo XIX táculo de desesperación y de angustia; la vista de infinitos seres humanos expirando en medio de las calles y en pleno día; los lamentos de las mujeres y los niños al lado de los cadáveres de sus padres y hermanos tendidos en las aceras que eran recogidos dos veces al día por los carros de las parroquias Bastaráme decir con un simple recuerdo que en el corto trayecto de unos trescientos pasos que mediaban entre mi casa y la escuela de primeras letras, conté un día hasta siete personas entre cadáveres y moribundos, y que me volví llorando a mi casa a arrojarme en los brazos de mi angustiada ABC Viejos comiendo sopa de Francisco de Goya madre, que no me permitió en algunos meses volver a la escuela Pero ningún testimonio produce más honda impresión que la serie de 18 grabados salidos del genio de Francisco de Goya, agrupados en la colección de Los desastres de la guerra que había comenzado en 1810.