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10 OPINIÓN MIÉRCOLES 30 s 4 s 2008 ABC AD LIBITUM LA FUGA DE ZAPLANA ACE apenas cuarenta días, incrustado como número cuatro en la lista electoral que el PP presentó en Madrid, Eduardo Zaplana solicitaba nuestro voto. Se supone que aspiraba a ser uno de nuestros representantes en el Congreso de los Diputados. Más de un millón setecientos mil vecinos de la Comunidad respaldaron con su papeleta la lista encabezada por Mariano Rajoy y se estableció así, a manera de un contrato vigente durante el tiempo de la legislatura, un vínculo tácito en el que se sustenta el principio de representatividad que, viciado en nuestro pintoresco sistema electoral, fundaM. MARTÍN menta la práctica demoFERRAND crática. Poco le han durado a Zaplana su vocación y su afán representativos y ha decidido, unilateralmente, dar por zanjado el contrato. César Alierta le ha reclamado a su vera para, se supone, mejor defender los intereses de los accionistas de Telefónica y atender con mayor diligencia la demanda de sus clientes y el cartagenero, capaz de resistirse a cualquier cosa menos a una tentación, se ha dado a la fuga. El personaje, protagonista de una peculiar carrera política, deja huérfanos a unos cuantos conmilitones y desamparados a bastantes seguidores mediáticos, razón de su fuerza y escasez de su razón; pero, ¿puede un hombre renunciar a su deber? No, nunca si éste coincide con su deseo y sus intereses. La decisión que ahora toma el ex dirigente del PP hubiera tenido sentido, y hasta grandeza, hace dos o tres meses. Al concluir el compromiso representativo al que se obligó en 2004. Ahora, recién perdidas unas elecciones, en plena crisis interna de su partido, su marcha tiene mucho de deserción y bastante de gesto hostil contra quien ha sido- -el sabrá por qué- -su gran valedor. Es, al tiempo, sintomática de un estado de cosas que, muñidas por la supuesta astucia de Rajoy, están descomponiendo un partido que, sin ser una maravilla y mientras no engorde la UPyD de Rosa Díez, es uno de los dos que nos quedan con el nombre y la idea de España por delante. Consta la intención de otros notables del PP a quienes Zaplana ha ganado por la mano en su previsible, pero no previsto, mutis con portazo. Son las víctimas de Rajoy. Gente notable y valiosa, con oficio y beneficio, que ha sido utilizada por el todavía presidente popular con la despreocupación con la que la gente común usamos un kleenex. Gente postergada en beneficio de protagonistas menores que, en gran confusión entre la obediencia y el talento, son considerados leales por el jibarizado y mínimo grupito que ocupa, sin mandar, los despachos principales de Génova, 13. En ese sentido, la precipitada fuga de Zaplana es un servicio a Rajoy. Ha taponado, aunque sea momentáneamente, una fuga colectiva. Puede criticárseles por no cumplir su papel de oposición; pero, a cambio, hay que agradecerles el espectáculo. Permanente y grandioso. H HAY MOTIVO MÜNZENBERG Y GOEBBELS UANDO alguien oye hablar de propaganda, echa mano, aún hoy, del pistolón de Goebbels. El altavoz de Hitler, sin embargo, no fue el principal propagandista que alumbró el ominoso siglo XX. Ni el más determinante, desde luego. Otra cosa es que fuera el más siniestro. Su legado, a la postre, son cuatro frases hechas una mentira, mil veces repetida, se convierte en verdad etcétera, etcétera) además del corsé grandilocuente y milimétrico que caracterizaba sus mises en scène Y el horror, por supuesto, el horror metafísico que describía Conrad en El corazón de las tinieblas En cualquier caso, Goebbels era un sacamantecas, pero no se le puede considerar un genio. A Willi Münzenberg, en cambio, sólo cabría presentarle en esos términos y, aunque ya no se estile, quitándose el sombrero: -Aquí Willi Münzenberg, un genio. Willi Münzenberg, el millonario rojo hizo el papel de Goebbels en la ribera opuesta. Pero la historia oficial del comunismo (escrita por Stalin y sus corifeos) le arrumbó en la trastienda del silencio y pocos son ahora los que le recuerdan. La derecha no sabe quién fue Münzenberg porque desprecia cuanto ignora con resTOMÁS pecto a la izquierda (y así le luce el pelo) CUESTA La izquierda, por su parte, ídem de lienzo. Bien sea por indigencia intelectiva, bien porque le es más cómodo desconocer de dónde viene, también está a por uvas al respecto. Prosigamos, pues, por el principio, a la manera de los cuentos. Érase una vez un joven alemán que, refugiado en Suiza para escapar dela Gran Guerra, tuvo la suerte (o la desgracia) de encandilar a Lenin. El líder bolchevique captó sobre la marcha el potencial que atesoraba aquel cachorro inquieto y, tras el triunfo de la Revolución de Octubre, le encomendó una misión delicadísima: ser la carcoma de la sociedad burguesa. Münzenberg, con el dinero de Moscú y el multiplicador de su talento, transformó el agit- prop en una implacable ciencia. Logró llevarse al huerto a los artistas más señeros (novelistas, pintores, cineastas, músicos, poetas: la crème de la crème de C los modernos de la época) y encasquetarles el papel de compañeros de viaje de la causa soviética. Recubrir la barbarie con un barniz de alta cultura, a la vez glamuroso e indeleble, fue uno de los pilares sobre los que Willi Münzenberg construyó el decorado de la superioridad moral por la que el progresismo sigue cobrando rentas. Su otro gran hallazgo fue utilizar el pacifismo- la infinita ansia de paz en la retórica pompier del presidente Zapatero- -ora como aguijón ideológico, ora como anestésico. Ni que decir tiene que el susodicho pacifismo nunca llegó a arraigar entre los habitantes de Siberia. Tampoco hacía falta: el señor Emanuel Kant, al escribir La paz perpetua tomó prestado el título de la inscripción de un cementerio. Después de la caída del muro de Berlín, el socialismo real se ahogó en la podredumbre de una realidad indecente. La fantasía de Münzenberg, empero, no sólo salvó los muebles, sino quetodavía permanece incardinadaen elangelical imaginario de Occidente. Ahora, los compañeros de viaje son restos de serie (incluso admitiendo que las comparaciones son odiosas, entre un Picasso y un Bardem hay cierta diferencia) y las oenegés han suplantado a la estructura que encauzaba el torrente de la solidaridad obrera. Por contra, el pacifismo es un valor refugio que sigue cotizando en el parqué del pensamiento débil. Willi Münzenberg, un soñador impenitente, nunca habría soñado con que una pacifista acabaría estando al frente de un ministerio de Defensa. Doña Carme Chacón, en carne y sueño, es la culminación de la inmensa tarea que un joven alemán- -híbrido del Gran Gatsby y de un mago circense- -se propuso cumplir con el apoyo del camarada Lenin. Seguro que a la ministra- mande- firmes, el personaje de herr Münzenberg ni siquiera le suena. Mas el señor Barroso, su marido, amén de conocerle, le frecuenta. Un verdadero profesional del agit- prop -y don Miguel Barroso es uno de ellos- -ni se atasca en los tópicos, ni se unce a la noria de las apariencias. ¿Goebbels, pregunta usted? Un fantasmón sanguinolento. ¿Münzenberg? Un precursor, un genio. (Pero chitón, a ver si va a coscarse algún aprendiz de brujo de la calle Génova)