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ABC MARTES 29 s 4 s 2008 LA TERCERA 3 APOCALIPSIS EN OREGÓN Las cualidades en que se cifra la personalidad del individuo se convierten en artículos prêt- à- porter y la libertad de apuntarse al perfil humano que a uno le apetezca, en un derecho, exigible en nombre del progreso y de la democracia. El desenlace inesperado es que la igualdad, así interpretada, no desemboca en la pesadilla orwelliana que los liberales temían cuando el comunismo arreciaba fuerte y duro. A lo que conduce es a Oregón por el momento, y quizá más adelante, a los restantes puntos del globo... EMOS ido conociendo, según terminaba marzo y empezaba a estirarse abril, el caso raro de Oregón. Resumirlo es tan difícil como copiar un grabado de Escher o recitar al revés un trabalenguas, pero haré de mon mieux, que dicen los franceses. Bien, ahí va: dos lesbianas se sujetan al yugo connubial o equivalente acogiéndose a una ley del estado que, sin autorizar en sentido estricto el matrimonio homosexual, lo homologa en la práctica. Por el instante, nada que pueda sorprender a los españoles incursos en las grandes novedades que por estos pagos ha traído Zapatero. Con una salvedad: una de las mujeres ha logrado convertirse en hombre. La transformación, a juzgar por las fotografías que reproduce la prensa, resulta convincente. Él ella, o ella mudada en él, luce barba y bigote, y, ¡oh sorpresa! la dulce convexidad abdominal de una señora en estado de buena esperanza. ¿Qué demonios ha ocurrido? La esposa, la que es mujer por el haz y por el envés, había sufrido años atrás una histerectomía, y no podía, por tanto, engendrar hijos. Pero el esposo- -acudo a una elipsis funcional- -conserva, por precaución o movido de una oscura reticencia, sus órganos reproductores intactos. De manera que releva a su media naranja, reactiva sus capacidades latentes, y se queda embarazado embarazada. Fin de la primera instantánea. a instantánea se difracta inmediatamente después en perfiles volubles y contradictorios. El hecho de que haya sido la esposa quien inseminara personalmente al esposo, revela una voluntad de amor: el acto carnal, o mejor, su metáfora, no se delega en un empleado de la Sanidad sino que se confía a la madre putativa. Pero se registra al tiempo, de modo inevitable, lo que los hegelianos denominan una negación de la negación el que insemina oficia de varón, no de hembra. La consecuencia es que la madre simbólica representa al padre, contraviniendo el reparto de papeles original. Al cabo, tenemos a un padre que es madre biológica, y a una madre que, a despecho de su empeño en ser eso, madre, inflige esperma al cuerpo del padre. El caso parece sacado de los bestiarios fantasiosos de Grandville. En los USA, no obstante, tiende a predominar, hasta en las circunstancias más adversas, el color rosa. La esposa había concebido de un matrimonio anterior dos hijas, las cuales han calificado de ejemplar a la nueva pareja. Según las hijas, forman todos, ellas y la madre y el hombre embarazado, una familia de lo más normal Ya podemos pegar, en el álbum de fotos que se guarda junto a la liga azul del día de la boda, la segunda instantánea. Al pie, escrito en redondillas esmeradas, se lee un mensaje risueño: felicidad conyugal Los años cincuenta reservaron este rótulo a las pa- H rejas encarnadas en el cine por Doris Day y Rock Hudson. A la vuelta del segundo milenio hemos abierto la mano en lo que se refiere a los contenidos, aunque mantenemos el envoltorio de papel satinado, y también el lazo coquetón que lo remata por arriba. bviemos el lado grotesco del episodio, y centrémonos en lo esencial. La aventura de Thomas Beatie y Nancy- -así se llaman los las protagonistas del drama- -reúne el mérito no baladí de reducir al absurdo una noción absolutamente respetable: la de que todos los seres humanos somos iguales. La noción ha propiciado el sufragio universal, la progresiva equiparación del hombre y la mujer en el mercado laboral, la extensión de los derechos civiles a las minorías étnicas, y otras cosas estupendas. Algo, sin embargo, está empezando a salirse de madre en esta ascensión al Monte Carmelo de la igualdad inmaculada. No parece sensato llegar, desde la premisa irreprochable de que todos somos iguales, a la conclusión lunática de que un hombre puede sublimarse en mujer, o viceversa. En la raíz de la confusión, opera una idea poderosa y tenaz: la de que la personalidad nuclear de un individuo es disociable de los atributos que efectivamente lo constituyen. La idea es poderosa en la medida en que permite introducir la igualdad por vía, por así decirlo, intravenosa: si cada uno es el que es con independencia de lo que parezca ser, todos seremos parejos por definición. Y es tenaz aparte de poderosa porque se halla incrustada en el DNA de la cultura occidental. Podría invocar, como textos de apoyo, cientos de libros de devoción, mística, poe- O L sía o derecho. Me contentaré aquí, sin embargo, con citar el evangelio apócrifo de Tomás. En él, las mujeres ingresan en el Reino de Dios en figura de hombre. Fue la solución que aportó una comunidad marginalmente cristiana que creía, a la vez, en la superioridad del hombre y la igualdad de todos los seres humanos. Si se quita el sesgo a favor del varón, la componenda apocalíptica no se aleja demasiado de lo intentado por Thomas Beatie y Nancy en su rincón americano. Agrego, especulativamente, que nuestras democracias están mucho más endeudadas con el Apocalipsis cristiano de lo que ellas sospechan. No hemos acabado. La idea de igualdad ha entrado en una simbiosis extraña con el concepto contemporáneo de libertad. Ser libre implica poder elegir una entre varias alternativas. ¿Quién realiza la elección? Forzosamente, un individuo concreto, afectado de limitaciones que contribuyen a definirlo como el individuo que es. A nadie en sus cabales se le pasaría por la cabeza digerir la hierba como un rumiante, o ganar los cien metros lisos siendo cojo, o ser un atleta del amor a los ochenta años. Pero en el caso de Oregón, se le ha dado al esquema de la libertad una vuelta de rosca: lo que en definitiva se nos está diciendo es que ser libre no consiste, meramente, en elegir esto o lo de más allá a partir de las capacidades que nos proyectan hacia fuera y simultáneamente nos dibujan por dentro, sino que entraña algo más. A saber, una franquía para optar por cualquier cosa, por extraordinaria que sea. Es aquí, justo aquí, donde interviene la idea de igualdad. i sucede que todos somos iguales por cuanto a un lado está la persona, y al otro y separado de ella, el conjunto de atributos que la conforman, tenderemos a pensar que todos los atributos, los propios y también los ajenos, representan bienes externos, que podemos escoger como se escoge una corbata. Se alarga la mano, se toma el atributo, y se enriquece con una nueva galanura la impedimenta con que cada cual estime oportuno pasearse por la vida. Todo resultará elegible, incluido el sexo. Las cualidades en que se cifra la personalidad del individuo se convierten en artículos prêt- à- porter, y la libertad de apuntarse al perfil humano que a uno le apetezca, en un derecho, exigible en nombre del progreso y de la democracia. El desenlace inesperado es que la igualdad, así interpretada, no desemboca en la pesadilla orwelliana que los liberales temían cuando el comunismo arreciaba fuerte y duro. A lo que conduce es a Oregón por el momento, y quizá más adelante, a los restantes puntos del globo. De los dos escenarios, el comunista y el libertario, no sé con cuál quedarme. Confío en que ninguno de los dos sea obligatorio. S ÁLVARO DELGADO- GAL