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ABC DOMINGO 27 s 4 s 2008 LA TERCERA 3 EL ESPÍRITU DE MAYO DEL 68 ¿Qué es Occidente sino esta capacidad para la autocrítica y una permanente reinvención de sí mismo? Mayo del 68 nos abrió las ventanas hacia nosotros mismos y hacia el mundo: está bien así... ue hace 40 años, pero para los que, como yo, participaron activamente en estos acontecimientos, el recuerdo sigue estando vivo, como una fotografía instantánea. Todo este proceso duró tres semanas, lo que equivale a un guiño en la gran escala de la Historia. ¿Cómo calificar este período? No se sabe todavía: no era una revolución, no fue un acontecimiento político, hubo poca violencia. Esta revolución, que cuando se produjo no tenía nombre, no tenía líderes y no tenía programa, continúa en búsqueda perenne de una designación: nos atendremos pues a lo que se acepta convencionalmente, los acontecimientos de Mayo del 68. En París, durante esas tres semanas, básicamente no pasó gran cosa, y fuera de París menos aún: los acontecimientos fueron un no acontecimiento considerable, pero el mundo entero seguía lo que pasaba en París a pesar de todo. Sin duda alguna, lo más singular de este período fueron las consignas pintadas en las paredes, una invasión de carteles con un estilo surrealista. Los más populares declaraban que estaba prohibido prohibir. Otros, crípticos, anunciaban bajo los adoquines, la playa Corre, el viejo mundo está detrás de ti se había tomado de la ideología maoísta, entonces de moda. Todas estas proclamas, que hacían las veces de programa para nosotros, llamaban a la libertad individual, a la anarquía, a la no violencia, al disfrute inmediato. La colocación de carteles no era espontánea, sino obra de grupúsculos de intelectuales que sacaban su inspiración de la poesía de André Breton, del anarquismo y del maoísmo revisado en Saint- Germain- des- Prés. Pero el éxito de estos eslóganes provenía de cómo reflejaban el espíritu de la época y las aspiraciones de una generación: Mayo del 68 fue ante todo la obra espontánea de los que tenían 20 años en mayo de 1968, una revolución generacional más que política. ¿Qué quería decir eso de tener 20 años en mayo de 1968? En primer lugar, una negación de la autoridad en cualquiera de sus formas. Se rechazaba la autoridad de los profesores, de los padres, de los gobernantes, de los ancianos, de los jefes. Esta reprobación, más allá de las alusiones personales, como las que se hacían a De Gaulle o al Papa, cuestionaba el principio de autoridad y todas las ideologías que legitimaban la autoridad. Así, se acusaba a los partidos políticos, al Estado (personificado entonces por la gran figura tutelar y paternalista del general De Gaulle) al Ejército, a los sindicatos, a la Iglesia y a la Universidad. ¿Era esto muy original? a revolución de 1789 en Francia fue obra de jóvenes de 20 años; el romanticismo de 1820, también; la revolución surrealista de los años veinte, otro tanto. El esquema de estos acontecimientos históricos es asombrosamente repetitivo: después de un largo período de dificultades sociales, militares y económicas, una nueva generación se subleva y dice basta ya no quieren vivir como sus padres, en 1789, en 1830 o en 1968. Estos acontecimientos de mayo de 1968 se extinguieron de manera tan inesperada como habían surgido: en el lapso de tres semanas, aparentemente todo volvió al orden anterior. Los estudiantes volvieron a la Universidad, los obreros a sus fábricas, los curas a sus parroquias y el general De Gaulle a la Presidencia. En realidad, todo había cambiado. F Y no solamente en Francia. En efecto, cada país vivió Mayo del 68 a su manera: en Estados Unidos, el pacifismo de los estudiantes contra la guerra de Vietnam tenía que desembocar, más tarde o más temprano, en la retirada estadounidense. En Varsovia y en Praga, los levantamientos estudiantiles contra la ocupación soviética ponían de manifiesto en qué medida el comunismo en Europa del Este era sólo un frágil barniz. En Hispanoamérica, veteranos del París del 68 volvieron a casa para impulsar las revoluciones sociales. Pero más allá de estas circunstancias locales, el balance de Mayo del 68 se traduce, sobre todo, en una transformación considerable de las costumbres en Occidente, de los valores y de las relaciones sociales: esencialmente, una sociedad individualista sustituyó a la sociedad jerárquica. ste individualismo se manifiesta en la vida privada: Mayo del 68 fue una liberación sexual que coincidió con la píldora anticonceptiva. Recordaremos como anécdota que los acontecimientos de París fueron inicialmente causados por un altercado contra la prohibición de quedarse durante la noche en los dormitorios femeninos de las universidades, entre un líder estudiantil, Daniel Cohn Bendit, y el ministro de Educación. Esta liberación sexual, a su vez, llevó a relativizar el matrimonio: se constituyeron otras formas de pareja y el divorcio perdió importancia. El autoritarismo también se vino abajo en las empresas, en las que métodos de gestión más participativos sustituyeron a la jerarquía empresarial. Obviamente, contribuyó a esta transformación de la dirección el hecho de que muchos de los jefes actuales salieran de la generación del 68. Las iglesias cristianas evolucionaron en el mismo sentido, ampliando la liberalización que había esbozado el Concilio Vaticano II. Las universidades francesas, pero también las de otros lugares, en distintos grados y en las sociedades occidentales, nunca restablecieron la jerarquía del mandarinato; en todas partes hubo que hacer sitio a una enseñanza más participativa y consultar a los estudiantes. Finalmente, la vida políti- E ca registró el seísmo, adoptando un estilo más relajado, más cercano a las preocupaciones diarias: el gaullismo, herencia de la tradición monárquica francesa, no sobrevivió al trauma de Mayo del 68, ya que el propio De Gaulle decidió dimitir un año más tarde. En el mundo ideológico, la víctima más evidente de Mayo del 68 fue el marxismo: los líderes de Mayo del 68 eran anarquistas y en consecuencia anticomunistas. Los que apelaban al maoísmo, sin conocer demasiado su verdadera naturaleza, eran sobre todo antiestalinistas; de la misma manera, la resurrección del trotskismo fue una transformación de este antiestalinismo. Las revueltas en Europa del Este, más significativas que este debate teórico, anunciaban también el obsoleto letargo del marxismo como ideología y a la vez como ejercicio del poder. De hecho, serían necesarios 20 años para que los partidos comunistas desaparecieran realmente; pero la semilla de su muerte anunciada se había sembrado en el 68. La traducción a la realidad de este mensaje político antitotalitario de Mayo del 68 fue lenta y progresiva porque el movimiento, exceptuando contadas desviaciones (las Brigadas Rojas en Italia, la Fracción del Ejército Rojo en Alemania y las guerrillas en Hispanoamérica) era esencialmente no violento, un cruce de los hippies y del Mahatma Gandhi. Fue relevante que en París no hubiera que deplorar ninguna víctima a pesar de las tres semanas de enfrentamientos entre la policía y los estudiantes: una teatralización de la revolución, como dijo entonces Raymond Aron, muy hostil con los estudiantes, porque afectaba a su dignidad de profesor. n general, 40 años después de estos acontecimientos, los protagonistas de Mayo del 68 experimentan un sentimiento de satisfacción: en las sociedades occidentales los objetivos se alcanzaron en general. Muchos líderes del movimiento se reciclaron en actividades prósperas, seguramente porque tenían alguna cualidad de líderes. Pero los enemigos de Mayo del 68 no ceden; de ahí que se considere que la civilización occidental se desmoronó durante estas tres semanas fatídicas. Así pues, en su reciente campaña electoral, el presidente Nicolas Sarkozy atacó violentamente la herencia de Mayo del 68 como origen del relativismo moral que acabaría apoderándose de Occidente. ¿Cómo interpretar semejante salida de tono? ¿Está justificada? Por mi parte, veo en ella una nostalgia del autoritarismo político: Sarkozy no podrá ser Napoleón, cuando cualquier dirigente político francés sueña con serlo. Y Sarkozy tiene razón: la sociedad francesa no tolera ya a Napoleón. ¿Relativismo moral? Ciertamente, Occidente no se reconoce ya en su majestad imperial de potencia colonial que se dedica a imponer su civilización superior en todo el mundo. Esa idea de Occidente no se ha recuperado desde 1968; pero, ¿hay que lamentarlo? Occidente está ahora más preocupado por sus propios valores y es más respetuoso con su diversidad y con la de los demás. ¿Pero qué es Occidente sino esta capacidad para la autocrítica y una permanente reinvención de sí mismo? Mayo del 68 nos abrió las ventanas hacia nosotros mismos y hacia el mundo: está bien así y, sobre todo, es irreversible. E L GUY SORMAN