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6- 7 S 6 LOS SÁBADOS DE DÍAS DE JÚBILO Dos mensajes rédulo en el cine, como casi toda la gente de mi jubilosa edad, añorando los tiempos en que aprendí a ver el mundo dentro de una sala oscura, sigo hurgando en las carteleras, cada vez más estrechas ¿estrictas? de la ciudad. Me he quedado con dos mensajes emitidos por películas que continúan interesando a las gentes de estos días. La más reciente obra de los hermanos Cohen- -no la mejor, lo digo como admirador- -proclama que este país no es para viejos Descuento lo que pueda hacer en ella Javier Bardem. Es un prestidigitador de las caracterizaciones capaz de sacar con minucia a la entera humanidad de una manga. Si en el mismo filme hiciera de Caperucita Roja y de Lobo Feroz, se lo creeríamos. En cambio, en la película de Isabel Coixet Elegía Ben Kingsley, un madurito y entusiasta profesor, le echa los tejos a Penélope Cruz, una alumna muy Penélope Cruz. Si me lee algún enseñante sabrá a lo que me refiero. Al Eros pedagógico, naturalmente. Mi contemporáneo suelta aquello de que la vejez no es para los cobardes Un mundo sin viejos es una arcaica aspiración de muchas culturas. Los esquimales los abandonaban en un témpano, los japoneses en un monte, nuestros antrepasados norteños- -astures, los míos- en solitarios bosques. Y bueno, que los dioses se ocuparan de ellos. El avispado maestro propone lo contrario. Que los viejos se atrevan a vivir y ya se enterarán las Penélopes. En su ciudad y, acaso, en su país, sí hay lugar para los viejos. El despectivo viejo se vuelve, aquí, cariñoso viejo Lo va a atestiguar la alumnita. La cosa es más amplia. Quiero decir, con una pregunta de fácil respuesta: ¿la juventud no es para los cobardes? O, si no basta este pequeño acecho: ¿es, acaso, la vida para los cobardes? Imagino que el personaje de Kingsley ha sido valiente en sus verdes años y, por lo mismo, afirma la vida en cualquier edad. La vida misma, como un momento donde nos instalamos de manera irrenunciable es siempre una incitación a la valentía. Para los que alguna vez tendrán un monumento de bronce y para los que- -repito: valientemente- -lo tendremos hecho de ceniza y olvido. Ahí queda eso. C Blas Matamoro Colette, entre orientalista y Mata- Hari th Thurman en Secretos de la carne. Vida de Colette (Siruela) El escritor norteamericano pretendía que Maurice Goudeket, su tercer marido, seleccionara los pensamientos de Colette, algo parecido a los Pensées de Pascal, para pasmo de Colette: Yo no tengo pensées. En realidad, gracias a Dios, tal vez lo más meritorio que tengo es que he sabido escribir como una mujer, sin moralizar ni teorizar, sin sermonear Pero no es cierto que no los tenga. Sólo de Gigi El aburrimiento favorece las decisiones Los pesimistas suelen tener buen apetito o El aseo de los bajos del cuerpo es la misma dignidad de la mujer Hay en la novela una lección de la tía Alice sobre joyas. ¿Y esto? Un topacio ¡Un topacio! He sufrido muchas humillaciones, pero esta excede a todas. ¡Un topacio entre mis joyas! ¿Y por qué no un aguamarina o un peridoto? Es un brillante junquillo, tontísima. ¡Y no verás muchos como este! ¿Y esto? Esto ya era una gran esmeralda cuadrada ¿Ves? Sólo las esmeraldas más hermosas encierran ese milagro de imperceptible luz Una joya sin mácula, perfecta, sin aderezos inútiles. Como la prosa y el estilo literario de la vieja Colette. Si su persona era excesiva (y ese pelo de muñeca repollo) su estilo era exacto y conciso. Sin moralizar ni teorizar, sin sermonear. Leslie Caron, con su uniforme colegial, durante el rodaje de Gigi en París